En
los 80s, la Costa Este de EE.UU. parió una tríada de bandas -Sonic Youth,
Pixies y Dinosaur Jr.- cuya estética, tanto musical como visual, explotó (en
términos de masividad) recién en los 90s, pero en la Costa Oeste, haciendo foco
en la escena de Seattle y sus hijos dilectos: Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam y
todos los otros que no eran nativos de ahí pero igual instalaron sus carpas
tratando de cristalizar una ilusión que decaería en menos tiempo que los
gruesos acordes que sostenían su música.
Dejé la
Argentina en el momento en que esa variopinta movida musical apodada “grunge” había
alcanzado su cenit, y mi primer domicilio fuera del país estaba ubicado en
medio de un paisaje muy verde: el propietario de la casa había llenado el
jardín de árboles y a menos de cien metros reinaba la espesura del bosque.
Lamentablemente, lo que tenía de bucólico ese lugar también lo tenía de
aburrido; al menos para un matrimonio joven sin conocidos en el lugar. Sin
embargo, atravesando el límite (*sólo una calle) hacia el pueblito vecino había
algo similar a una chispa para encender la llama de la diversión (o, al menos,
lo que yo entiendo como tal): el videoclub con alquiler de CDs que ya describí en otra entrada.

