domingo, 10 de febrero de 2013

J. Mascis, de profesión: dinosaurio.


En los 80s, la Costa Este de EE.UU. parió una tríada de bandas -Sonic Youth, Pixies y Dinosaur Jr.- cuya estética, tanto musical como visual, explotó (en términos de masividad) recién en los 90s, pero en la Costa Oeste, haciendo foco en la escena de Seattle y sus hijos dilectos: Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam y todos los otros que no eran nativos de ahí pero igual instalaron sus carpas tratando de cristalizar una ilusión que decaería en menos tiempo que los gruesos acordes que sostenían su música.

Dejé la Argentina en el momento en que esa variopinta movida musical apodada “grunge” había alcanzado su cenit, y mi primer domicilio fuera del país estaba ubicado en medio de un paisaje muy verde: el propietario de la casa había llenado el jardín de árboles y a menos de cien metros reinaba la espesura del bosque. Lamentablemente, lo que tenía de bucólico ese lugar también lo tenía de aburrido; al menos para un matrimonio joven sin conocidos en el lugar. Sin embargo, atravesando el límite (*sólo una calle) hacia el pueblito vecino había algo similar a una chispa para encender la llama de la diversión (o, al menos, lo que yo entiendo como tal): el videoclub con alquiler de CDs que ya describí en otra entrada.

lunes, 4 de febrero de 2013

Gerontología



Ayer me levanté con el firme propósito de escribir una nueva entrada en el blog, pero sin la más mínima idea sobre cuál de los discos (*que se acumulan por docenas en la lista de espera) aterrizaría en el escritorio para ser objeto de disección. Mientras preparaba el almuerzo dominical, la función “random” de mi reproductor de música me premió con “Ir a más”, de Los Abuelos de la Nada, y, cual acto reflejo, me obligó a atar cabos: fue a principios de febrero de 1983 que, en medio de las vacaciones de verano, fui con mi familia a Rosario; mis padres seguramente tenían que hacer algunas compras o liquidar algún trámite. Mis objetivos, en cambio, eran dos y bien claros: comprar mi “cassette de vacaciones” y buscar a mi amigo José Luis para pasar unos días en mi casa en el pueblo, inaugurando con él una tradición de estancias/visitas veraniegas que, casi sin interrupciones, se prolongaría por más de veinte años.