Una de mis bandas favoritas de los 80s siempre falta
en:
- las compilaciones de los 80s;
- las ominosamente llamadas “fiestas ochentosas”;
- la memoria de los programadores de radio de este y
otros lados del mundo; un déficit más escandalosamente notorio en aquellos cuyo
empleador se ufana de ofrecer “lo mejor de los 80s”. Es muy simple: si 1 de
cada 175 temas irradiados no es de Lone Justice (de ellos se trata) esa premisa
es un engaño.
Debo admitir -aunque suene reprochable y elitista- que
me alegra que hasta cierto punto Lone Justice sean consecuentemente relegados
de esos ámbitos donde se bastardea la música en formatos caprichosos.
Cuando salió su debut homónimo, en 1985, los dejé
pasar: en aquel momento alguna que otra estación de radio SÍ se dignaba
pasar “Sweet, sweet baby”, su carta de presentación en los charts, o “Ways to
be wicked”. Un aporte de cierto peso para el curriculum de la joven banda era -según
publicaba la prensa de aquel momento- que Bob Dylan y los integrantes de U2
(bah, probablemente sólo Bono) hubieran descubierto en ellos a un nuevo artista
favorito y los hubieran llevado de gira consigo, o algo así... Cómo fuera, lo
que pude escuchar me había sonado demasiado cercano a John Mellencamp o Bruce
Springsteen, dos íconos del (norte)americanismo (tanto en su discurso como en
la tradición artística en la cual abrevan) con cuya música probablemente nunca
logre sentirme del todo cómodo. En aquel momento tampoco se me ocurría pensar en Tom Petty & The Heartbreakers (con quienes Lone Justice compartía su tecladista, Benmont Tench), porque para el radar rockero argentino eran casi inexistentes.