En los últimos
días, un puñado de mis contactos en las redes sociales se ha deshecho en
superlativos para describir el cúmulo de sensaciones que le ha producido el
doblete de actuaciones de Robert Plant en Buenos Aires. Y, a juzgar por
material de vídeo disponible de shows apenas unos días anteriores, los
comentarios exultantes tendrían justificación plena. Me alegro por ellos.
Nunca he sido
fan de Led Zeppelin. En los días en que John Bonham se tragó su último vómito
yo recién estaba empezando a buscar música en la radio y la guitarra era un
instrumento en el que funcionaban muy bien las zambas, las chacareras y las
canciones de iglesia. Unos años más tarde, cuando descubrí el gusto por el
hard-rock, Zeppelin ya me sonaba viejo (*la palabra “clásico” todavía no se
usaba como coartada) y nunca terminé de subirme a su tren. La carrera solista
de Plant la seguí de reojo en una época en que ESA era música que TAMBIÉN pasaban en la radio. Y, si
bien me enganchaba a menudo con algunos de sus temas, nunca sentí la curiosidad por profundizar la
“veta Plant”.
