En los últimos
días, un puñado de mis contactos en las redes sociales se ha deshecho en
superlativos para describir el cúmulo de sensaciones que le ha producido el
doblete de actuaciones de Robert Plant en Buenos Aires. Y, a juzgar por
material de vídeo disponible de shows apenas unos días anteriores, los
comentarios exultantes tendrían justificación plena. Me alegro por ellos.
Nunca he sido
fan de Led Zeppelin. En los días en que John Bonham se tragó su último vómito
yo recién estaba empezando a buscar música en la radio y la guitarra era un
instrumento en el que funcionaban muy bien las zambas, las chacareras y las
canciones de iglesia. Unos años más tarde, cuando descubrí el gusto por el
hard-rock, Zeppelin ya me sonaba viejo (*la palabra “clásico” todavía no se
usaba como coartada) y nunca terminé de subirme a su tren. La carrera solista
de Plant la seguí de reojo en una época en que ESA era música que TAMBIÉN pasaban en la radio. Y, si
bien me enganchaba a menudo con algunos de sus temas, nunca sentí la curiosidad por profundizar la
“veta Plant”.
Como buena parte
de los amigos y familiares de mi esposa no habían podido participar de nuestra
boda en Argentina, cuando finalmente me instalé aquí, organizamos una fiesta
mucho más modesta para poder compensar -en parte- aquel déficit. Una
celebración que tuvo un desarrollo por demás inusual (*¿desde cuando es el novio
el que se pone al frente de la parrila y termina siendo requerido por sus
invitados con un chasquido de dedos, cual camarero, para que vaya a servirlos a
sus mesas?) y en la cual recibimos también un par de regalos inusuales; entre
ellos “Fate of nations”, en aquel momento flamante álbum de... Robert Plant. Un
nativo de estas tierras, de quien me hice amigo durante su estadía laboral de
tres años en Argentina (experiencia de la que no salió ileso, ya que regresó
convertido en ferviente hincha de Boca Juniors), adorador irredento de todo lo
que suceda en la “galaxia Who” (*la foto suya con John Entwistle no me la contó
nadie: la tuve en mis manos) y Free y Van Morrison y Stones y Dylan y... apareció
con el inconfundible paquetito cuadrado-semichato y me lo dio directamente a
mí: “La verdad es que no tenía ni idea de qué comprarles, pero me parece que
con esto fui a lo seguro”.
¡Y vaya si lo
fue! Bah, eso es algo que digo ahora; en aquel momento, el pensamiento hacia
adentro fue -palabras más, palabras menos- “tarde o temprano me iba tener que
poner a escuchar un disco suyo entero”. Recuerdo que fue enamoramiento a
primera oída. Y la segunda y la tercera no tardaron en venir. Terminó siendo
uno de los discos que más escuché en el tramo final de aquel primer invierno
europeo plagado de nostalgias nuevas.
Esta mañana,
después del desayuno y justamente porque es uno de los (muchos) discos de Plant
de los cuales ya no se habla aunque se hable mucho de Plant, lo he vuelto a
escuchar. También para comprobar si no lo he ido idealizando demasiado a través
de los años. Ahí está: doce temas enmarcados en un sonido ampuloso que, para
los patrones de producción de los tiempos que corren, ha juntado un poquito de
pátina. Pero un poquito nomás. Y por eso, poner el acento en la fecha de
vencimiento de la producción, sería una injusticia a todas luces, teniendo en
cuenta cuánto hay para escuchar, cuántas dimensiones para descubrir.
Cuando se trata
de un artista con la trayectoria y el magnetismo de Plant, suele caerse en la
tentación de pensar que todo tiene que ser una puesta en escena alrededor suyo,
brillante pero como de cartón (bien) pintado, que no ponga en peligro el lucimiento de su voz. Bien,
de todos los discos solistas de Plant que he escuchado (*a esta altura ya tengo
otros en mi colección), generalmente termina quedándome la sensación de que se trata
de genuinos trabajos de equipo, donde el cantante es una especie de crack
humilde. Y, en ese sentido, “Fate of nations” no es la excepción.
Mientras escribo
esto suena en mis auriculares “Colours of a shade”, un delicado ejercicio en el cual las guitarras acústicas, mandolinas
y flautas conjuran aires intensos de folk inglés. Unos minutos después “The
gratest gift” se vuelve a revelar como lo que es: una balada soul pasada por el
gigantismo percusivo de Zeppelin y la guitarra del ya fallecido Kevin Scott
MacMichael que juega a ser la Strato negra de David Gilmour... ¡y
qué bien le sale!
Hablando de
soul, cada vez que escucho „Great spirit“ (como ahora) pienso que podría haber
estado en cualquiera de los primeros dos discos de Simply Red... y es una
suerte que no la hubieran escrito ellos y esté acá.
Arriba aparece
la mención a Kevin Scott MacMichael: aunque no fue el único guitarrista en este
álbum (el único de Plant del que tomó parte), sí le tocó hacerse cargo de buena
parte de los entramados de guitarras que decoran los temas. No tengo mucha idea
de su trayectoria (excepto que fue el artífice de los otrora exitosos Cutting Crew), pero ya por su labor en “Fate of nations” merecería ser recordado: en la
variedad de timbres, en los planos, las capas meticulosamente ensambladas... su
guitarra emite ecos constantes de quien se vuelve (precisamente por acompañar a
Plant) referente inevitable, Jimmy Page, pero sin resignar por eso personalidad
y buen gusto. Su performance más destacada está en “Memory song” que, a su vez,
es para mí el clímax del álbum.
Curiosamente los
hits de “Fate of nations” fueron las dos canciones que preceden inmediatamente
a “Memory song”: “I believe” y “29 palms”, dos temas con atractivo pop,
dirigidos al corazón de la radio y en los cuales Plant no suena como si se
sintiera terriblemente a gusto.
A propósito: ¿qué
hacemos con el cantante en todo este asunto? ¡Disfrutarlo! Como ya conté al
principio, tengo una relación distante con Led Zeppelin, lo cual me permite
apreciar algunas cosas dejando las... mejor dicho, algunas comparaciones de lado.
Entonces, lo que escucho es una voz de 45 años vigorosa, llena de matices, piloteando
los climas de cada tema sin
engolosinarse con la posibilidad de mostrarse omnipresente. Como un instrumento
más dentro del ensamble, pero a cargo de un ejecutante exquisito.
En lo que va del
día estoy terminando la segunda pasada de “Fate of nations” y el veredicto es “no: no lo había
idealizado ni un poquito”; es más, sigo encontrando detalles, pinceladas
mínimas, de esas que capturan la atención y renuevan el gusto por un ¿simple? puñado
de canciones.
Eso sí: casi 20
años después, las ilustraciones de tapa y contratapa siguen siendo tan
horribles como el primer día. Nadie es perfecto.


Venía comentando por orden, pero dado la cercanía el show de Plant hice un salto con Dynamo. No es un disco de Plant que hay escuchado mucho. A diferencia de varios puristas, yo había disfrutado de "Pictures at Eleven" y "The Principle of Moments", aún en una época en la cual escuchaba mucha música pesada, y en la cual me descubrí disfrutando más de algunos discos de imitadores descarados de Zepp (el primero de Kingdom Come, por ejemplo) más que de lo que hacían sus miembros por separado(Excepto a JP Jones produciendo a The Mission, pero no viene al caso). En los primeros años de Rock and Pop, lso sábados a la tarde pasaban recitales en vivo, o extractos de recitales para ser más justo, y entre ellos uno de Plant. "Big log" era EL tema, me acuerdo. Y hasta "Dreamland" confieso que el disco que más escuché de él fue el que peor conceptuado está: "Manic nirvana". Esto se debió a que era la época que tenía el programa de radio, y era uno de los pocos discos "nuevos" que tenía original. Por momentos Plant parecía INXS. A este entonces (que fue el que lo trajo por 1ra vez a Argentina) le debo una escucha actual, a ver si me produce la misma sensación.
ResponderBorrarSí, mirá, aquí con "la gente de mi equipo" (*¿viste los políticos que dicen que no tienen un mango para infraestructura partidaria, pero siempre invocan a un supuesto "equipo de trabajo/expertos/colaboradores"?) veníamos barajando la posibilidad de sancionarte por la gambeta que le hiciste a "Dynamo", pero finalmente desistimos.
ResponderBorrarDe "Manic nirvana" recordaba "Hurting kind". Lo estoy escuchando vía Grooveshark. La comparación con INXS es perfecta, lamentablemente (no por INXS, sino por Plant usando tan descaradamente su receta). Pero "Liars dance" podría llamarse "Yo cantaba en Zeppelin".
¡Kingdome Come! Al tiempito de venirme a vivir acá me enteré que el tal Lenny Wolf (*cantante y único miembro fijo de KC; capaz que se llama Horst Blumenschneider...) era un alemán que se había ido a USA para tratar de pegarla en la escena hair-metal. Al final le salió otra cosa. Todavía existen, eh.