Estoy escuchando un
disco que, además de un enorme placer sensitivo, me está dando miedo. Miedos.
Hace tres días que lo
tengo, después de un golpecito de suerte en eBay, porque –como se verá luego- ya
no se consigue por las vías habituales; mejor dicho: hay disquerías con surtido
gourmet que muy probablemente lo tengan, pero a precios que... Cómo sea: tengo
que retroceder bastante para que se entienda lo de los miedos que mencioné
arriba.
En la primavera de
1994, mientras me adaptaba a mi nueva vida de casado-emigrado (¡los dos estatus
adquiridos en el término de una semana!), descubría (sí: descubría) tardíamente
al David Bowie que en 1994 valía la pena, o sea el de 15 o 20 años antes.
En
aquellos días en que millones de fans de Nirvana se enteraban que no es tan
cool andar cantando todo el tiempo que uno es un miserable y flirtear con armas
de fuego, en el Reino Unido un puñado de bandas empezaban a gestar una movida
que tenía más de novedoso que de nuevo, como una puesta al día de un pasado
fundacional: el de fines de los 60s a mediados de los 70s. De pronto el
clasicismo de los Beatles o los Small Faces y el britanismo de los Kinks se
volvían una enciclopedia de consulta imprescindible, del mismo modo que el tridente con
lentejuelas del glam rock (T.Rex-Roxy Music-Bowie, el de hace cinco renglones).
Al paquete lo llamaron “brit pop” e inevitablemente terminó siendo algo
bastante parecido a una bolsa de gatos, aún cuando hubiera denominadores
comunes entre esas bandas, por momentos tan disímiles.
Pronto quedó claro (con
la ayuda de un exagerado tamborileo mediático de por medio) que Oasis y Blur se
disputarían la simpatía de las masas. En términos competitivos, detrás de ellos
y a una distancia considerable, el tercer puesto estaba ocupado por un pelotón
de notables que cultivaban una saludable alternancia en ese espejo mezquino que
suelen ser los rankings. Una de las bandas que solía habitar ese espacio
inestable era Suede: cuatro muchachitos de Londres que -nada inusual en las
jóvenes bandas británicas- seguramente tenían la conquista del Universo como
objetivo de mínima. Hay que reconocer que algún motivo tenían para soñar a lo
grande: su debut homónimo (1993) había vendido 100.000 copias en su primera
semana en el mercado y probablemente hayan tenido en aquella época más prensa
que la insufrible familia real.
Para la época en que
Suede empezó a moverse bajo mi radar era todo turbulencias: a punto de editar
su segundo álbum, “Dog man star” (octubre de 1994), un choque de egos entre
Brett Anderson (voz) y Bernard Butler (guitarra y composición) terminó con este
último eyectado de la banda. La única revista especializada que yo compraba en
aquella época premió a “Dog man...” con una crítica tan lapidaria, que hizo que
ni siquiera se encendiera en mí un atisbo de curiosidad por estos chicos.
En 1996, con MTV como
hijo adoptivo en mi living (*en una época en que MTV Europe era una entidad
relevante para el devenir de la escena musical), llegó “Trash”, canción pop con
pedigrí y punta de lanza del tercer trabajo de Suede, que -debo reconocer- me
sorprendió con la guardia baja. Pero el entusiasmo duró lo que el encanto de un
chicle en la boca y, a partir de ahí, cada vez que pispeaba en sus nuevos
discos (o la tele mechaba sus vídeos en prime
time), terminaba aburriéndome y con el tiempo fui modelando un perfil de
Suede como “la banda cuyas pretensiones superan largamente sus capacidades”.
En la estética de la
banda, mezcla de androginia light y decadencia acicalada, no solía encontrar
atractivo alguno. La recurrente temática de
amantes-jóvenes-ad-infinitum-incomprendidos-en-este-ay-mundo-hostil y el vicio
de echar mano a menudo a los “sha la la” para cerrar sus canciones, me
producían aversión. El hecho de que hubieran desairado a un talento
todo-terreno como Butler (*cuyos álbumes solistas están en la lista de espera
de este blog), los había degradado a peso pluma. Hoy tengo una percepción más
generosa hacia estos aspectos pero, cuando en 2003 anunciaron su separación, la
noticia no me alteró en lo más mínimo.
En 2010 Suede ingresó
al superpoblado panteón de grupos que, habiendo dejado pasar el tiempo y limado
sus diferencias artísticas, intentan un regreso. Ese regreso hasta ahora sólo
ha consistido en shows, que -si se le da crédito suficiente a la media del
periodismo musical de aquí y allá- los han mostrado con buena salud musical,
tirando por borda los temores de que sólo presentaran un mero remedo de glorias
pasadas. ¿Temores? Cierto: yo tenía que hablar de eso. Falta poco.
Un par de semanas
atrás su periplo trotamundos los depositó en un teatro de Buenos Aires para un
show que, en términos de intensidad y calidad, no desentonó con lo que venía
pasando en otras latitudes; esto a decir de gente de mi más absoluta confianza,
la prensa y los cotilleos en las redes sociales. Me pregunté entonces si no era
hora de revisar (como ya lo he hecho con mucha otra música a priori descartada) mis preconceptos sobre Suede; aunque más no
fuera para tratar de entender el entusiasmo jubiloso que despertaron en mis
compatriotas el mes pasado. Tal vez sea justo agregar que esta repentina
atención sobre una banda que ninguneé durante muchos años se vio alentada por
el hecho de que una de mis tiendas de provisión de música tenía el CD doble
“Best of Suede” a un precio sin dudas tentador.
Ya definitivamente
inoculado de curiosidad recordé la existencia de otra compilación, muy
anterior, a la que tal vez valdría la pena pegarle una oída. La compilación en
cuestión se llama “Sci-fi lullabies” (Canciones
de cuna de ciencia ficción) y conforma una movida difícil de superar: en 2
discos llenos de punta a punta (¡27 temas!), se concentran los lados B de los
singles que Suede extrajo SÓLO de sus tres primeros álbumes, en el período
1992-97. Como apareció en 1997 me puse a buscarla suponiendo que estaría
disponible a un precio razonable (en realidad: solamente por mi necesidad
caprichosa de que estuviera a un precio razonable); para mi sorpresa,
“Sci-fi...” está descatalogado y, para tenerlo, hay dos caminos: pagar una
pequeña fortuna en una disquería que conserve un ejemplar acopiado o probar
suerte en el mercado de usados.
Generalmente los
álbumes dedicados a lados B son un caso que concierne casi exclusivamente a
fans asumidos y completistas indulgentes (o al revés), teniendo en cuenta que
-por definición- los lados B en algún momento fueron separados del material que
terminaría formando parte de la obra principal. Una visita a mi servicio de
streaming habitual puso negro sobre blanco que “Sci-fi...” es en ese sentido
una honrosa excepción. Y ahora vienen los temores: con Disco 1 (a mi gusto, el
más sustancioso) el miedo a que mi olfato musical me haya dejado de a pie por
mucho tiempo, privándome de disfrutar este disco, al cual he llegado casi por
accidente. Finalizada la escucha de Disco 2 (o sea, la obra completa) pienso a
quién hay que venderle el alma para generar en sólo un par de años tantas TANTAS
canciones TAN buenas -ejem- “de descarte”. Artistas que han dejado una impronta
mucho mayor en la historia de la música contemporánea que la que alguna vez
dejará Suede publican sus lados B y los resultados se balancean entre el descaro
y la autoindulgencia. Ni hablar de otros que, habiendo consumado lo que
conocemos como “una carrera”, no logran, ni en cantidad ni en peso específico,
lo que Suede en estas dos docenas de canciones que -reitero- originalmente fueron
utilizadas como complemento de aquellas pensadas como posibles hits. Verlo
(oírlo) en perspectiva no produce estrictamente miedo, pero sí una admiración
contaminada por el vértigo.
Ahí está todo aquello
que hace 15, 10 años (¿2 meses?) me resultaba indiferente, brillando bajo otra
luz. No importa si los sentimientos y las relaciones que pueblan las letras de
Brett Anderson son profundos o banales: la puesta en escena de su voz sugiere
que en ellas se debe estar decidiendo el destino del mundo o algo así (*bueno, algunas
rimas no son más que resbalones prescindibles, pero...) y no se anda con chiquitas,
partiendo desde el acervo londinense más genuino (¿rancio?) hasta un internacionalismo que
eventualmente ponga en su camino a una chica “de Argentina, con sus ojos de
cementerio”. En lo estrictamente
musical, Suede hicieron suyo el legado del Bowie veinteañero (ese que yo me
encontraba descubriendo), exagerando algunos manierismos hasta la hipérbole a
la vez que aportaban una buena porción de astucia pop, con un refinamiento y
amor al detalle cuyo correlato visual se encarna en el opulento librillo de 32
páginas que completa la entrega.
El romanticismo de
sonidos ocre y colores estridentes de “Sci-fi lullabies” llegó a mi colección con
las primeras lluvias frías de otoño, como si no hubiera margen para la
casualidad. Quince años después, usado pero por € 3,55 + gastos de envío.
Mientras tanto el „Best of…“ ya ha sido pedido. ¿Estará “lo mejor” a la altura de
esta colección? Todo bien: el miedo es
otra cosa.


Que alguien que expone de manera tan determinante sus prejuicios para con Suede, recomiende este disco, es un envión a escucharlo de nuevo, cosa que (completo) no hago hace rato. Sabes que me saqué el gusto de verlos y sonaron dos temas de aquí : "Killing of a Flash Boy" y "My Dark Star", dos temas completamente diferentes. Los tres primeros discos son gloriosos, a mi gusto. Y todo lo que te molesta de Anderson, a mí me gusta. Hasta me banqué los discos solistas, bellos, pero a los que con justicia se podría calificar de aburridos. Voy a hacer la prueba de oir este doble sin interrupciones (y no tanto greatest hits), a ver qué produce.
ResponderBorrarNo debería ser para vos una sorpresa saber que te cabe una parte de responsabilidad en todo esto... Creo que también ha quedado claro que aquello que supuestamente me molesta de BA evidentemente está dejando de molestarme.
BorrarLos otros días escuché "Black rainbows" y me gustó. Ahora espero verlo en oferta.
Más allá de eso, tengo todavía un par de cosas del "plantea Suede" en la parte de la "B" y la "T" del estante sobre las cuales escribir...
"Black rainbows" está bien, y fueron los primeros síntomas de que estaba empezando a extrañar Suede.
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