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jueves, 21 de enero de 2016

Negro sobre negro... casi

Amanecer veraniego de calor santafesino: impiadoso. Apenas unos minutos para chequear novedades en Internet antes de ponerme en camino para cumplir con un compromiso familiar. 

En la página de inicio de mi proveedor de webmail una foto en blanco y negro y un titular lacónico. Con una naturalidad pasmosa, mi primera reacción fue “¿suicidio?”. La pregunta se contestó sola en cuestión de segundos y no me produjo estupor alguno, sólo la percepción de una triste coincidencia. 

Y si bien de “Blackstar” hasta ese momento sólo había registrado el vídeo del título homónimo, con su lobreguez desenfrenada, me niego a visitar ese lugar común y cómodo de repetir -palabras más, palabras menos- que David Bowie preparó hasta su muerte como una obra de arte. Si se tiene en cuenta el dato filtrado días más tarde, según el cual habría estado haciendo demos de material nuevo hasta último momento, parecía estar -aún en la certeza de un desenlace irreversible y próximo- más aferrado que nunca a la vida.

Mientras tanto, en mi casilla de e-mails me esperaba uno de mi esposa desde su trabajo (*un océano de por medio separándonos), quien me enviaba algo parecido a unas condolencias, poseída aún por la incredulidad y -a su decir- con lágrimas en los ojos. En mi cuenta de Facebook también el mensaje de un amigo de ultramar que, al leer la noticia con el desayuno, no pudo evitar pensar en mí y ponerse en contacto. Ah, él tampoco podía creerlo.  

Ya antes de estas pésimas nuevas me había propuesto no escuchar “Blackstar” completo hasta no tenerlo en la mano; una manía de melómano, más que otra cosa. De regreso en Alemania, el CD formaba parte de una pequeña pila de regalos de Navidad arribados durante mis semanas de ausencia. Blanco y negro el sobre, negro sobre negro el librillo interno: uno todavía no ha logrado poner el disco en el reproductor para escuchar los primeros sonidos y la gráfica ya les ha abierto la puerta a las interpretaciones. Yo tengo una muy modesta: los textos (letras, informaciones, etc.) están impresos en un negro satinado que, para “despegarse” del negro mate del fondo, obliga a orientar el librillo hacia la fuente de luz más próxima; como si la intención del artista fuera “en esta obra puse hasta lo último de mí; eso sí: la luz la tienen que poner Uds., porque por acá...”. 

Pero la música es otra cosa, porque “Blackstar”, aún con la oscuridad que trasunta el título, está lejos de ser una mera colección de ejercicios funerarios. Está claro que el tema homónimo (difícil de separar del material visual junto al que fue dado a conocer originalmente) no ayuda a despejar esa impresión: Bowie no canta las primeras estrofas; más bien las gime sobre el fondo de una armonía orientaloide, instrumentada con austeridad. A medida que la canción avanza (*y bien vale la pena detenerse en ella, en tanto dura unos 10 minutos), va cambiando su atmósfera y la voz de Bowie... ¡bueno, al cabo lo de “camaleón” tampoco ha sido un mote caprichoso!. Ya en el tema siguiente (“'Tis a Pity She Was a Whore”) se hace presente el vigor vocal de los momentos más up de “The next day” y su performance le hace absoluta justicia al ritmo hipercinético de “Sue (or in a season in crime)”. La paleta de colores es la del crepúsculo, definitivamente no la del luto.

A partir del anuncio mismo de la publicación de “Blackstar” mucho se ha dicho y escrito respecto a su supuesto carácter de disco de jazz. También en este punto me permito disentir, haciendo una pequeña disquisición: por contradictorio que suene, que un disco se grabe mayormente con instrumentos propios del jazz, ejecutados por músicos de jazz, no implica que el resultado sea lo que habitualmente se conoce como un “disco de jazz”, ni siquiera cuando el saxofón invade a menudo territorios que pertenecen a la guitarra eléctrica. Además, revisando un poco el catálogo de David Bowie, es posible comprobar que, por ejemplo, en “A small plot of land” (*de “Outside”, 1995) hay muchos más elementos de jazz que en todo “Blackstar”. Las simplificaciones suelen ser odiosas.

Desde hace cinco días tengo “Blackstar” en casa y crece un poquito más con cada escucha. Desde hace diez días el mundo sigue girando. Sin Bowie, no sin su arte.


sábado, 8 de agosto de 2015

Nessuna linea sull’orizzonte


No tengo licencia de conducir. Tampoco SÉ conducir. Es por eso que por lo menos intento ser un copiloto competente. En los viajes largos, entre otras cosas, me hago cargo de escudriñar el paisaje; no sólo para solaz de mi propia vista, sino para eventualmente arrebatarle a la geografía algún detalle que, a su vez, inspire un comentario interesante que -¡uf!- acompañe la atención del conductor.
El miércoles pasado emprendimos con mi familia uno de esos viajes largos: el regreso de nuestras vacaciones en Italia; una travesía que no suele tomar menos de trece horas de autopista, en sus sabores “italiana”, “suiza” y “alemana”. La región de Le Marche, que es la que visitamos habitualmente, es pródiga en postales inabarcables, de montaña hacia un lado y de mar (el Adriático) hacia el otro. Así las cosas, nos pusimos en marcha después de haber llenado el tanque con el combustible probablemente más caro de toda la UE. 

El amanecer todavía joven me (*no es “nos” porque mi esposa debía concentrarse en la zigzagueante ruta provincial y los chicos estaban en otra cosa) regaló una imagen de esas que inspiran contemplación a la vez que disparan asociaciones diversas en la cabeza. El cielo azul, el mar plateado y una bruma difuminando la línea del horizonte. “¡Esa foto la conozco, pero en blanco y negro!“, me dije y acto seguido le comenté a mi esposa que un paisaje similar adorna la tapa del penúltimo disco de U2, justamente titulado No line on the horizon. Uno a esta altura sabe leer entre líneas, entonces el “ah, mirá vos...” no debe ser interpretado como falta de interés, sino como “suerte la tuya que no tenés que concentrarte en el tráfico, ni te quedó la sangre en el ojo por haber pagado € 1,70 el litro de nafta por no haberte fijado en el cartel, mientras te espera medio día planchando el asfalto”. No tengo smartphone y muy pocas veces una cámara fotográfica presta para capturar instantáneas; de todos modos, la serena majestuosidad de esa foto viviente quedó en mi retina.

Después de tres horas y con el sol impiadoso del mediodía acompañando nuestra travesía, hicimos la primera parada, para comer de la vianda e ir al baño en el área de servicio, un templo rutero dedicado al consumo y diseñado cual laberinto, en cuya salida -entre montañas de golosinas y estantes con best-sellers, justo enfrente de la caja- se encontraba UNA BATEA DE CDs EN OFERTA. Tenía calor y quería llegar a casa cuanto antes, pero no pude evitar la tentación de ponerme a revolver. Incontables CDs de italo-pop, Aerosmith (puaj), Madonna (recontra-puaj), póstumos de Michael Jackson (¡tierra, trágame!)... y un puñado de ejemplares de -¡ta-táaa!- No line on the horizon. En este punto y antes de perder la compostura editorial, disertando sobre -por ejemplo- “nuestras vidas hechas de pequeñas-felices coincidencias en un mundito de piedra”, debo decir: ya lo tenía, desde la semana de su aparición, allá por febrero de 2009. Por inercia seguí revolviendo y tuve premio: un único ejemplar del susodicho No line on the horizon (NLOTH), PERO en edición limitada y al mismo precio que cualquiera de los otros. Fue un trámite breve y adrenalínico, y me dibujó una sonrisa que no pudo borrar ni un tedioso embotellamiento de una hora y media cruzando los Alpes con 34°C a la sombra.



Es lícito preguntarse por qué alguien habría de comprarse un disco que ya tiene y que además -en su valoración del contenido estrictamente musical- ni siquiera le resulta indispensable. Para empezar NLOTH es un álbum que en su momento me hizo ilusionar con la posibilidad de que U2 volviera a la senda de editar material no-mediocre. Lamentablemente, a esas ilusiones les puso un freno amargo Songs of innocence, edición sobre la cual ya me extendí en una entrada a fines del año pasado. Lo cierto es que NLOTH, sin ser un dechado de cohesión, tiene un puñado de canciones emotivas y hasta originales (para los parámetros de una banda con tres décadas sobre el lomo), dignas de volver a ser escuchadas de tanto en tanto. Contrariamente a la práctica habitual en las llamadas limited editions, la yapa de los bonus tracks brilla por su ausencia. ¿Y entonces, cuál es la gracia? A la hora de fustigar al formato-CD (*que hace 25 años primereaba en un podio tecnológico y hoy es abofeteado por no ser algo del pasado: un disco de vinilo), suele consignarse el hecho de que el aspecto del arte gráfico (*decisivo en el concepto de obra de arte total) sufre las limitaciones de un objeto que se llama justamente “disco compacto”. Muchas bandas y solistas se empeñan sin embargo en ofrecerles un plus a quienes aún cultivan el hábito (en apariencia anacrónico) de comprar discos; para eso hacen migas con diseñadores y artistas plásticos capaces de reforzar el mensaje estético de su música. En el caso de U2 ese comodín es desde hace una punta de años el fotógrafo y cineasta holandés Anton Corbijn.

Hace tiempo que Corbijn dejó de disparar su cámara para hacer meros retratos de los integrantes de la banda; ya la gráfica de Achtung baby (1991) estaba  mechada con fotos del entorno en el que las canciones y/o las sesiones de grabación vieron la luz. Las fotos entonces no ilustran solamente, sino que con la música, como en un mosaico, se complementan y se dan sentido recíprocamente. NLOTH fue compuesto y grabado en Marruecos, Nueva York y Londres; el grueso digipack revela entonces en abundancia los contrastes entre Occidente y la huella árabe en Noráfrica, alternando papel satinado para los colores vivos con otro de textura aspera para las fotos en sepia, con un detallado librillo para letras y créditos en el ala anterior y un poster despeglable de doble cara en el ala posterior. Una propuesta que invita a perderse en la música y las imágenes, en un ritual análogo al que practicaba en mi adolescencia con los discos de vinilo. Para una referencia más contemporánea: todos esos estímulos que iTunes, Spotify y el mejor FLAC jamás podrán ofrecer.


Justo hoy, que me he puesto a escribir sobre esto que pasó hace unos días, es el cumpleaños de The Edge: nuestras vidas hechas de pequeñas-felices coincidencias en un mundito de piedra. O, en la voz nasal de un ícono del italo-pop: “Son las cosas de laaaa vida...”

viernes, 29 de mayo de 2015

Comprando Inglaterra por 15 euros

Después de mucho tiempo una entrada que -sin ambages- le hace honor al nombre del blog.                                 
En la noche del miércoles, durante la tanda publicitaria en TV, me enteré (de eso se trata la publicidad) que a partir de ayer una de las cadenas de tiendas de electrodomésticos y electrónica más grandes de por acá iniciaba otra de sus (cada vez más frecuentes) campañas de oferta de CDs y/o DVD/BluRay; esta vez bajo el lema “500 CDs a € 5 c/u”. O sea: un claro llamado a las armas. Así, organicé mis trámites para la mañana de ayer de modo tal que fuera posible estar apenas pasadas las 10 h. (horario de apertura) parado sobre la escalera mecánica que me depositaría frente a las bateas.

Ya en el lugar, la búsqueda estaba acotada a un par de títulos que había pispado la noche anterior en la página web de la tienda. Comencé a buscar entonces con avidez en las cajas de cartón (*¡las bateas son para los artículos full price, nene!), luchando contra la potente iluminación del local reflejada sobre el lomo de los cientos y cientos de cajitas de plástico y el celofán, que las recubre y potencia ese brillo tan desagradable a la vista. Cuando finalmente encontré LOW (David Bowie) y THE SOUND OF THE SMITHS me dirigí CASI sin titubear a la caja repitiéndome como mantra “para mayo, ya está bien”. Pero resulta que... ay, esos imponderables... sobre una isla de ofertas ubicada justo al bajar de la escalera mecánica y acceder a las cajas, había una pila de ejemplares de PARKLIVE (Blur), que también formaba parte de la selección de 500 cedés rebajados y en mi pesquisa doméstica se me había pasado por alto. Y, si la duda es realmente una jactancia de los intelectuales, en el acto me asumí como un cabeza, decreté la necesidad y urgencia súbitas y manoteé sin miramientos.

Hábito objetable el de los empleados de comercio que resuelven cuestiones laborales internas en los puntos de atención al cliente. Por eso, a pesar de ser el primero en la cola de la única caja habilitada a esa hora de la mañana, me armé de paciencia pensando en la panzada de música que me daría al llegar a casa. En eso, caí en la cuenta de que tenía en la mano los álbumes de tres artistas que no sólo eran ingleses, sino que -a juzgar por su modo particular de hacer propia esta cosa del rock- tampoco podrían haber surgido de otro lugar que no fuera Inglaterra. La de los 60s, la de los 80s y la de los 90s. Entonces, mientras metía el botín en la mochila y a mí, que no soy fan ni del “Genesis con Gabriel” ni del “Genesis de Phil Collins”, se me ocurrió que acababa no de vender Inglaterra por una libra, sino de -en cierto modo- comprarla por 15 euros.

En vísperas de las últimas Pascuas me escapé con mi esposa en una visita relámpago a Londres, que implicó para mí poner un pie por primera vez fuera del lujo estandarizado del gigantesco aeropuerto de Heathrow... entre otras cosas porque esta vez hicimos el viaje en tren. Si bien en tres intensos días de estadía la impresión más fuerte fue la del carácter apabullante de la mayor metrópoli europea, los recorridos incesantes de A hasta B (*y de ahí hasta C, pasando antes por H y J), sirvieron para captar mucho de la atmósfera de la ciudad, incluso haciendo (o intentando, al menos) el ejercico mental de trasladarse hacia atrás en el tiempo para entender momentos y movimientos, con la ayuda de esas esquinas y coordenadas sobre las que uno ha leído durante años, siguiendo la trayectoria de The Fulanos, The Menganos y demás. En ese sentido fue fundamental disponer de la compañía e inconmensurable paciencia de mi esposa, baqueana experimentada en estas lides de mostrarles a los demás los edificios soberbios y también los callejones mal iluminados de la capital imperial.

Una escucha (por primera vez el álbum completo; nunca es tarde...) a LOW confirma mi idea de que las trilladas loas a la trilogía berlinesa de Bowie rayan la exageración. Nunca voy a terminar de amigarme con esos pasajes puramente instrumentales, que derrochan más pretensión que horizonte y probablemente estarían más a gusto en el contexto de una banda de sonido que en el de un disco de música pop. Todavía estoy dudando si se queda o se va.

Bowie en los 70s tardíos: un londinense errante re-formateando su dandismo en la ambivalencia de la Berlín dividida.




THE SOUND OF THE SMITHS probablemente sea uno de los best of más completos  (y, por ende, menos mezquinos) que conozco, de esos que alivian el trámite cuando uno se halla ante el dilema de “mmmh... taaan fanático no soy, tengo problemas de espacio y no suficiente tiempo para dedicarle a la discografía completa”. Las canciones recontra-escuchadas y que siguen gustando, las menos conocidas para los legos pero dignas de ser descubiertas... y un puñadito de las otras. Veintitrés en total. Un triunfo.

The Smiths en los 80s: cuatro paisanos de Manchester cantando (¿conjurando?) sobre el pánico en las urbes del Reino Unido, renegando ácidamente del thatcherismo y esperando el día en que los miembros de la familia real se conviertan en homeless.





PARKLIVE, que documenta el apoteósico concierto que dio Blur dentro del programa de clausura de los juegos olímpicos de Londres 2012, todavía está sin abrir, si no es como cuando te regalan una caja de bombones y a las 7 de la tarde te das cuenta que te los comiste todos solo y en una siesta. Cuando salió sólo escuché un par de cosas en streaming, así que no sé exactamente qué me espera, más allá de las críticas entusiastas que el álbum cosechó cuando fue publicado.

El trip londinense de abril estuvo definitivamente marcado por Blur: un par de semanas antes de la edición de su primer álbum de estudio en más de una década, la máquina promocional había llegado a velocidad crucero y uno de mis souvenirs consistió en comprar el número de MOJO con la banda en la tapa y un informe hasta la médula (como es saludable costumbre en MOJO) en un kiosco de King’s Cross. El obligado paseo por Hyde Park tuvo lugar bajo la invocación del espíritu de Live 8 y -justamente- ParkLive, y no tanto la idea de estar gastando suela en un imponente espacio verde de más de 250 ha. de superficie.

Blur en los 90s “y en el 2000 también”: aguafuertes de la sociedad inglesa, a veces con el preciosismo de unos Kinks 2.0, otras veces tomando distancia para tratar de ver más claro y encontrar al individuo.





En el noticiero de la noche el premier británico David Cameron en la cumbre de ministros de hacienda de la Unión Europea en Dresden, haciendo declaraciones a la prensa como si sus interlocutores fueran pasantes de un periódico escolar. Y uno lo escucha y piensa que hay una forma de soberbia imperial que es como los restos de comida entre los dientes, que salen a la luz cada vez que la persona abre la boca. Ignora que en las tiendas de discos alemanas, lo que verdaderamente importa de su Inglaterra, se consigue por €15.

domingo, 16 de noviembre de 2014

¡Qué la inocencia me valga!

Esta vez, parafraseando los textos bíblicos, como tanto le gusta a Bono, U2 le dio un mordisco grande a la manzana y perdió la inocencia...

No, no es un buen comienzo ni tampoco un buen remate.

Hace dos semanas estaba haciendo tiempo en una tienda en la que antes solía comprar MUCHOS discos en oferta (y de los otros). No tenía intenciones firmes de hacer adquisición alguna, excepto que apareciera algo realmente tentador. Llegando al final de la batea de rock&pop me topé con Songs of innocence, el nuevo álbum de U2 -cuya edición en formato físico había ocurrido apenas días antes- y una curiosidad: la edición estándar costaba € 16, mientras que la versión deluxe (*un disco extra, digipack en lugar de plástico) se vendía por € 9,99 (!!!). Mi alter ego coleccionista-completista me sacó la billetera y fue directamente a la caja. Antes los discos de U2 se vendían como pan caliente; hoy las grandes cadenas tienen que venderlos a precio-dumping para aligerar las bateas.

A propósito de “antes”: una mañana de mayo de 1987 tenía en el bolsillo el dinero justo para comprarme The Joshua Tree, que había llegado ese día a Rosario. Así que, carcomido por la ansiedad, aproveché un hueco de media hora en la facultad y apuré el camino hacia la disquería-donde-se-compraban-esos-discos. Regresé al aula con una clase de sociología apenas comenzada y logré sentarme al lado de la persona a la que, de paso, quería impresionar (o, al menos, llamar brevemente su atención). Con el sobre interno en sus manos leyó unos versos de With or without you:

-“...’Me hace esperar en una cama de clavos / y yo espero sin vos’, ¡qué tipo exagerado!”-

-“Hmmm...”- le contesté yo, cuando en realidad debería haberle contestado “¡Estúpida, mirá enfrente tuyo!”. Cómo sea, cuando el fin de semana fui a la casa de mis padres, me aislé en el vestíbulo donde habitaba la bandeja giradiscos para escuchar The Joshua... unas 458 veces (o tal vez alguna más).

Cedarwood Road by U2 on Grooveshark

En cambio, a Songs of... lo tuve tres días (¡tres días!) en mi mochila hasta poder hacerme de un rato, total ya lo había escuchado un mes antes gracias a la súper innovadora (wow!) estrategia de lanzamiento y posicionamiento compulsivo a través de la red de dispositivos de Apple (torbellino de “wow!”). No poseo aparatos Apple, pero a las pocas horas un usuario había publicado el álbum completo en YouTube y aproveché. La primera escucha me hizo pensar que el efecto sorpresa pensado por los event managers de Apple le había ganado a la música. La segunda escucha me confirmó que estaba en lo cierto, con el agregado de una hipótesis sombría: la degradación de la música a un mero adicional para vender teléfonos. Ya con el CD sonando en el reproductor y el librillo a la vista, estoy intentando que, con cada escucha, esta colección de canciones se revelen como un grower, uno de esos discos que necesitan varias pasadas hasta echar raíces en las simpatías de uno. Al parecer será una empresa complicada...

A medida que la vista desanda la farragosa lista de créditos de producción -al tiempo que se escucha la música, obviamente- asoma su cabezota aquel proverbio español según el cual "muchas manos en la olla echan el guiso a perder". Históricamente, los tres nombres que, sea toqueteando botones o estimulando la creatividad de los músicos a fuerza de síes o noes o “probemos...”, modelaron el “sonido U2” son: Steve Lillywhite, BrianEno y Daniel Lanois (OK: agreguemos a Flood como aguatero criterioso). Cuando la banda, como en este caso, apostó a cambiar el equipo ganador para –hmmm- aggiornarse, logró sus momentos más flojos. Ahí es donde los apologistas de lo facilongo le suelen arrimar el sambenito a Pop(1997), que, comparado con Songs of... , aparece como un cuerno de la abundancia.

Iris (Hold Me Close) by U2 on Grooveshark

Ahí donde solían estar los crescendos emotivos de Bad o Please hay una profusión de oh-uoh-uohs que agotan más que lo que arengan. La batería de Larry Mullen, sin duda una de las más reconocibles y ásperas de la historia del rock, suena como filtrada con ansiolíticos. Y ya que estamos con la base rítmica: en estas semanas he leído un par de críticas que resaltan el rol directriz del bajo de Adam Clayton y me pregunto si nunca escucharon New Year’s Day (1983), Gloria (1981), o -por caso- la discografía completa. Probablemente algunas letras de Bono tengan algo para decir, pero para detenerme en ellas todavía me “desobliga” el sonido pulido e inofensivo que las sostiene, gentileza de jóvenes artesanos como Ryan Tedder, quien ha hecho fama y fortuna con el pop descaradamente radiable de su proyecto One Republic, amén de contribuir a las carreras de pesos pesado (*esto dicho en términos de tolerabilidad) como Jennifer López y One Direction.

Sin embargo, el material incluído en el disco extra hace lo suyo para compensar en parte el gusto a poco que deja la obra original. Ejemplo de ello son las llamadas Acoustic Sessions (seis temas del disco ordenados en un único track, como un mini-recital), donde una canción como Every breaking wave triunfa desde la desnudez del plan “piano y voz”, mientras en Songs of... queda inmóvil bajo el peso de un arreglo vacuo.

Después de la quinta escucha sigo sin entender del todo el entusiasmo desbordante con que medios confiables como MOJO y Rolling Stone recibieron y comentaron Songs of innocence. Y, aún así, en el futuro probablemente compre también el próximo. ¡Qué la inocencia me valga!

jueves, 30 de octubre de 2014

Johnny Marr, solista tardío

Me gusta Johnny Marr.                                                                                                     
Antes no me gustaba o, mejor dicho, no entendía qué era lo que le gustaba tanto de su arte a quienes ponderaban desde los 80s los discos de su banda madre, The Smiths. De su promiscuo deambular por grupos y colaboraciones varias desde que los Smiths se despidieran hace ya 27 años, tampoco tomé demasiada nota (repito: no me gustaba), más allá del dato en sí mismo y la pregunta “pero, ¿no estaba tocando en/con…?“.

Cuando a mediados de la década pasada puso su nombre y sus canciones al frente de una banda, The Healers, recuerdo que la prensa especializada hizo cola para pegarle por -entre otras cosas- no estar a la altura de las expectativas (*que la prensa misma tenía puestas en él) ni del legado de los Smiths. Trato injusto: cualquiera que haya estado a unos metros de este muchacho sabrá que sus hombros son demasiado estrechos para cargar semejante peso. Lo cierto es que aquel affaire discográfico terminó relativamente pronto en las bateas de ofertas de las tiendas y si no es objeto de disección en este espacio se debe al simple hecho de que una vez lo escuché en internet y no pude sino adherir a la decepción de la crítica, con una diferencia: yo no le había jugado tantas fichas.

Lockdown by Johnny Marr on Grooveshark

Hace un par de años Johnny fue a la MusikMesse en Frankfurt a presentar el modelo de guitarra que Fender le hizo a medida y puso al alcance de aquellos a quienes le alcanza. Ahí fue cuando, al pasar cerca del stand en el que firmaba autógrafos, comprobé el asunto de sus hombros y también que su atildado look brit tenía un punto flojo: el tono azabache profundo con el que tiñe su pelo. Sí me sorprendió un poco la cantidad de gente haciendo cola para obtener una firma sobre el librillo de un CD o sacarse una foto (o las dos cosas, ¡qué tanto!); supuestamente era un artista de culto...

En 2013, cuando aparecieron los primeros anuncios sobre “The messenger”, su debut solista (*se ve que el disco con The Healers resultó una especie de hijo negado), se confirmaron mis sospechas de que aquello de la guitarra con su nombre olía a “operativo retorno”. A esa altura, mis reservas respecto a su aporte al devenir del rock y al manual del guitarrista eléctrico habían quedado de lado: un poquito de análisis de la materia (en este caso: escuchar, ver y probar) puede tener resultados harto gratificantes.

Cuando “The messenger” finalmente salió lo escuché ansioso y, por esas cosas de las estrategias de ventas, lo conseguí a precio promocional. Debo reconocer que esta vez sí tenía expectativas puestas en el disco. Y Johnny cumplió.
Una docena de canciones de rock (*es la mejor definición que se me ocurre en este momento) enérgicas, en las que la sobriedad y la filigrana se reparten los puntos. El virtuosismo de hacer que todo sea luz en lugar de luces posándose sobre el ego de éste o aquel.

En la música de este Johnny Marr del siglo XXI hay pocos rastros de aquella que complementaba la poesía incómoda de Morrissey en los lejanos 80s. Su britanismo tampoco se recuesta -por ejemplo- en la glorificación del legado beatle. Las canciones son urgentes sin ser punk, la melancolía se abre pequeños espacios aquí y allá, y su guitarra tiene otros colores sonoros, pero sigue siendo elocuente y creativa.

Habiéndose puesto él mismo las ropas de cantautor, cabe preguntarse si Marr tiene algo para decir. Y sí, tiene. Modestamente -como el rango de su voz- sus letras cuentan sobre la vida urbana moderna, la amenaza de perder la esencia a manos de la máquina, la identidad a manos de la masa, Europa como refugio para propios y ajenos... El lenguaje no es (tan) explícito y el expresionismo light de las formas a veces no ayuda (al menos para quien no tiene al inglés como lengua materna), pero hay una conexión con el linaje “zurdito” de bandas inglesas como Heaven 17 o Scritti Politti, que en los 80s llevaron a los charts y las pistas baile sus lecturas de Marx y Gramsci.

Con la excusa de presentar “The messenger” Johnny Marr recorrió el mundo durante un año.Y se ve que le tomó el gusto a esto de ser solista y hacer canciones, porque cuando paró, se metió en el estudio con su banda super-aceitada, para grabar ”Playland”, que se ha editado hace pocas semanas, renovando las credenciales de su antecesor y sonando ya en escenarios europeos.

Johnny Marr se hizo solista a los 50. Nunca es tarde cuando la dicha es buena. Me gusta.

sábado, 22 de febrero de 2014

Volver a los 17

Uno se convirtió en un médico de vasta trayectoria, otro es un historietista consagrado, otro es representante de una multinacional maldita (o, por lo menos, altamente controvertida). Y yo estoy retomando este blog que desconoce el favor de las masas.

Con esas personas a las que acabo de enunciar según su derrotero profesional éramos compañeros de curso y -en mayor o menor medida- amigos. Y en ese formato de cuarteto (que no era una constelación muy habitual y de la que eventualmente podría haber tomado parte un quinto integrante que no recuerdo) fuimos una noche de noviembre de 1986 al cine a ver “The breakfast club”, película que había llegado a la Argentina con casi dos años de atraso, precedida por el dato de que la música original incluía “’Donchu’ de Simple Minds”. Que el film presentaba a nuestra coetánea Molly Ringwald no nos lo había dicho nadie, pero ese es otro tema.
Estábamos a semanas de terminar el secundario, era sábado y -por alguna razón que escapa a mi memoria- después de la película no quisimos aterrizar en una pizzería, así que nos metimos en el único supermercado rosarino que tenía abiertas las 24 horas (*en aquella época algo exótico y banalmente revolucionario), compramos Coca-panlactal-quesocortado-fiambrecortado-sachetdemayonesa y nos fuimos a los bancos de la paqueta Plaza Pringles a preparar nuestros sánguches y comentar la película.

miércoles, 26 de junio de 2013

Una cosa lleva a la otra

Durante la semana hay una serie de actividades de rutina que tienen lugar en el escritorio, frente a la computadora. Y si el dichoso aparato dispusiera de un expendedor de café y tostadas ni siquiera existiría la necesidad de interrumpir el flujo de actividades para ir a preparar el desayuno en la cocina. Como complemento de un colación sustanciosa para arrancar el día resulta fundamental la elección de la música que va a acompañar el proceso. En ese sentido podría echar mano a un estante con algunos cientos de discos (*esto no es exhibicionismo: este blog es consecuencia directa de esos cientos de discos; así de simple), elegir un puñado y resolver el asunto libre de riesgos. Pero, a su vez, de ese modo estaría poniéndole un cepo a dos de los aspectos más apasionantes de este dulce incordio que implica la melomanía: la curiosidad y el azar.

martes, 21 de mayo de 2013

Memorias de un gran país


El título suena grandilocuente, como de esas editoriales periodísticas (conservadoras o psico-progresistas, qué más da...) que mezclan la indignación con las lágrimas de cocodrilo, arriesgando teorías  sobre el destino de un país y ucronías sobre supuestas chances desperdiciadas. Entonces aviso: nada que ver, sólo un juego de palabras, casi un cazabobos. Es más, en el plan para hoy no figuraba escribir y la próxima entrada del blog debía tratar sobre otro artista. Pero, bien temprano y antes de desayunar, me encontré en internet con una salva de recordaciones y obituarios por el deceso de Ray Manzarek. Y en el medio de todo eso, una efeméride apenas visible para los ojos de todo el mundo pero imperdible para el corazón de los iniciados (entre los cuales me cuento, sin falsa modestia): hoy, hace 30 años, se editó como simple “In a big country”. Como sugerí un renglón más arriba, nada que las masas vayan a conmemorar alrededor del mundo, pero para un puñado generoso de fanáticos en la diáspora seguramente un dato simpático a recordar. Cada uno tendrá sus motivos; yo, los míos.

lunes, 8 de abril de 2013

Mañana es... hoy.


Uno de los pilares de este blog es el poder relacionar determinados discos de mi colección con retazos del anecdotario personal, amén de la característica particular de haberlos conseguido a precio de oferta. Desde ese puñado de condiciones previas, „The next day“ de David Bowie no debería tener lugar alguno en este espacio y sin embargo... Podría decir que, si bien no se ha tratado de una oferta en términos de “ganga”, la rebaja conocida como “oferta lanzamiento” ha sido generosa esta vez. Y es la edición limitada, con tres bonus tracks.

Respecto a una posible relación personal con el álbum en cuestión: no hace un mes que está en la calle y apenas una semana que está en mi casa... digamos que no ha habido tiempo para incubar sentimientos. Décadas atrás podría haber escrito un tratado de loas sobre “The game” horas después de haberlo recibido, pero resulta que lo pasaban todo el tiempo en la radio y yo había estado esperando durante semanas (¿meses?) tenerlo. De “The next day”, en cambio, ni siquiera esperaba que fuera a existir alguna vez. Bah, en lo más íntimo sí, pero como expresión de deseo con una cuota importante de resignación. El caso es que, tras el sorpresivo anuncio coincidente con su 66to cumpleaños, aquí están Mr. Bowie y su nuevo disco. Bien vale entonces una excepción a las reglas.

domingo, 3 de marzo de 2013

Fragmentos del universo


En las próximas semanas aparece un álbum de Depeche Mode. Desde hace algunas semanas anda girando un tema nuevo que suena familiar, como otros temas de la banda que, al momento de su publicación, eran nuevos y sonaban igualmente familiares. Se les podría endilgar estancamiento. Pero no: con más de 30 años de carrera son una banda clásica, no se les exige una revolución por disco sino que estos tengan en mayor o menor medida los ingredientes que abonaron precisamente sus credenciales para ingresar al Olimpo de la aristocracia del rock.

Lo cierto es que “Heaven”, el tema nuevo, me gustó y me ha llevado a escuchar otra vez los últimos discos, entre ellos “Sounds of the universe”, que entra en la categoría de las ofertas no sólo porque lo recibí de mis hijos como regalo de Navidad en 2009, sino porque recuerdo que en aquel momento ya se había convertido en un ítem omnipresente en los estantes de rebajas de las disquerías.

lunes, 21 de enero de 2013

Nada de guitarras callejeras



No me pregunten cuál fue el cuarto, pero de cuáles fueron mis primeros 3 CDs me acuerdo perfectamente: el primero, “Jeff Beck’s Guitar Shop”, se lo encargué a una compañera de trabajo que viajaba a EE.UU.; los dos siguientes llegaron apenas unas semanas después dentro del equipaje de mi novia, que había hecho un viaje hasta Tierra del Fuego y aprovechado las ventajas de Ushuaia como zona franca, también a sabiendas que un portalápices hecho de piñas de araucaria con la inscripción “Recuerdo de Ushuaia” era el peor souvenir posible. Ah, los discos: “For Unlawful Carnal Knowledge” de Van Halen y “On every street” de Dire Straits.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Otra lista que nadie necesita



Estoy de vacaciones (muy) lejos de mi estante de discos, lo cual no sería tan grave (*tengo material de reserva) si no fuera por la laxitud-entre-Fiestas y el calor agobiante de la Pampa Húmeda, que atentan contra la mejor voluntad bloggerística. Por eso, para que este espacio tenga continuidad, me decidí por la misma salida a la que recurren TODAS las redacciones periodísticas para maquillar su propia languidez en esta época del año: una lista con lo mejor de los últimos doce meses. 


Hace años ya que no leo las listas de „lo (supuestamente) mejor del año”. Bah, sí lo hago, pero con  desdén. Por más que uno haya levantado por décadas las banderas de una pretendida curiosidad (*en términos de no conformarse con lo que aprueba el consenso de las masas y seguir buscando música nueva y excitante en las grietas), la sensación de que en el rock y el pop todo lo nuevo viene con una fecha de vencimiento cada vez más cercana, es algo decepcionante. Como bien decía el estribillo de uno de mis temas favoritos de una de mis bandas favoritas: “Hip today, you’ll be gone tomorrow...”. ¿Reaccionario? Y sí… tal vez… un poquito… obligado por las circunstancias, la dictadura de los hipsters y eso…

jueves, 22 de noviembre de 2012

Tautología



Entre las ca. 45.679 novedades que la prensa musical publica a diario,  hubo una a principios de año que me llamó la atención: Public Image Ltd. anunciaban la edición de su primer álbum después de 20 años, presentando como adelanto el clip del tema “One drop”.
Consignando la ecuación de PIL = John Lydon + músicos de turno, debo decir que nunca me interesó demasiado ni su oferta artística ni las andanzas de Lydon con los SexPistols. Hace unos años mi vecino Oliver me prestó “The Greatest Hits, So Far”, el “grandes éxitos” de 1990 y, en lugar de escucharlo con atención, terminé apurando el trámite, a ver si me pasaba algo que no fuera sopor. En vano.

Tiempo después, en una tienda de “todo x € 1” en la que solían tener una mesa con CDs al lado de una de medias para mujer de vaya-uno-a-saber-qué-origen, me topé con “Psycho’s path”, el álbum solista de John Lydon, y lo llevé sabiendo que podría hacer buen negocio en una subasta online. Pero estoy 98,9 % seguro que nunca pasó por mi compactera. 

viernes, 16 de noviembre de 2012

El teatro solitario del viejo Jeff



Este disco lo he comprado hasta ahora dos veces: en vinilo y en CD. Entre las dos veces deben haber mediado poco más de diez años. Las dos veces fueron un negocio espectacular, en términos de precio/beneficio. Lo que pasa es que, aún cuando hubiera que pagar una pequeña fortuna por él,  “Armchair theatre”, debut solista de Jeff Lynne, siempre tiene una recompensa amable para el oído dispuesto.

Fijo un límite temporal arbitrario: a partir de 1982 estaba tácitamente prohibido reconocerse públicamente como fan de la Electric Light Orchestra. No significaba un problema para mí, que en ese momento estaba ocupado con otras músicas, además de no entender cómo los ingleses en el último minuto nos robaron el partido si los locutores de Galtieri se habían pasado dos meses diciendo “vamos ganando”. Pero en la escuela conocí a un tipo (dos cursos por encima) que en un recreo me contó, que no sólo le encantaba ELO, sino también Journey, una banda cuyos discos -en Argentina- han sido puntualmente editados tanto como consecuentemente ignorados. En tren de confesiones, para aquella época yo también había deportado mis cassettes y vinilos de ABBA al fondo de la caja y la pila, respectivamente, donde los guardaba.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Suede, las canciones de cuna y los miedos



Estoy escuchando un disco que, además de un enorme placer sensitivo, me está dando miedo. Miedos.

Hace tres días que lo tengo, después de un golpecito de suerte en eBay, porque –como se verá luego- ya no se consigue por las vías habituales; mejor dicho: hay disquerías con surtido gourmet que muy probablemente lo tengan, pero a precios que... Cómo sea: tengo que retroceder bastante para que se entienda lo de los miedos que mencioné arriba. 

En la primavera de 1994, mientras me adaptaba a mi nueva vida de casado-emigrado (¡los dos estatus adquiridos en el término de una semana!), descubría (sí: descubría) tardíamente al David Bowie que en 1994 valía la pena, o sea el de 15 o 20 años antes. 

sábado, 3 de noviembre de 2012

Robert Plant, el que ya hacía discos buenísimos en 1993



En los últimos días, un puñado de mis contactos en las redes sociales se ha deshecho en superlativos para describir el cúmulo de sensaciones que le ha producido el doblete de actuaciones de Robert Plant en Buenos Aires. Y, a juzgar por material de vídeo disponible de shows apenas unos días anteriores, los comentarios exultantes tendrían justificación plena. Me alegro por ellos.

Nunca he sido fan de Led Zeppelin. En los días en que John Bonham se tragó su último vómito yo recién estaba empezando a buscar música en la radio y la guitarra era un instrumento en el que funcionaban muy bien las zambas, las chacareras y las canciones de iglesia. Unos años más tarde, cuando descubrí el gusto por el hard-rock, Zeppelin ya me sonaba viejo (*la palabra “clásico” todavía no se usaba como coartada) y nunca terminé de subirme a su tren. La carrera solista de Plant la seguí de reojo en una época en que ESA era música que TAMBIÉN pasaban en la radio. Y, si bien me enganchaba a menudo con algunos de sus temas, nunca sentí la curiosidad por profundizar la “veta Plant”.

jueves, 18 de octubre de 2012

Tu arsenal es mi arsenal



“Your arsenal” es MI disco de Morrissey. Y no lo digo porque esté cumpliendo 20 años, lo cual ameritaría una reedición que mejore la oferta magra (en términos de obra de arte integral; la música está bien así, muchachos) de la original de 1992. 

Yo, que en la época en que era de rigor ponerse la camiseta de The Smiths para que el gusto musical de uno fuera tomado en serio en ciertos círculos, los consideraba una banda definitivamente sobrevalorada, tuve que llegar a la música de Morrissey gracias a la pluma exquisitamente antipática de Marcelo Montolivo, uno de los ¿periodistas de rock?¿más injustamente?¿ignorados? de la Argentina.
En aquel tiempo Montolivo escribía en la revista Rock&Pop y sus artículos/columnas/reseñas se habían convertido para mí en el material más interesante, aún cuando el porcentaje de coincidencia con sus recomendaciones y/o críticas lapidarias fuera relativamente bajo: sus escritos salpicados de giros corrosivos (¡y aquí nadie habla necesariamente de humor!) chuceaban la indiferencia del lector y -como en mi caso- prácticamente lo obligaban a acercarse a esa música para comprobar la veracidad (o no) de sus dichos. Así, en el anuario de 1992, en las clásicas listas de “Los 10 mejores discos del año“, Montolivo incluyó dos que uno no esperaría de un punk irredento como él, lo cual demostraba que lo de “punk irredento” era mero prejuicio o -en el mejor de los casos- sólo un matiz. Uno de esos dos discos era “Your arsenal” que pasó de su lista de “lo mejor del año“ a mi lista de „lo que me falta escuchar“. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Una afición llamada Elbow



Primavera de 2011 > ELBOW “Build a rocket boys!” > si se otorgara algún tipo de premio al peor timing para editar discos, esa edición no habría tenido competidores. Justo en la estación del año en la que el verde furioso invita a dejar tras de sí todas las tribulaciones del gris-frío-sin-pausa, un disco nuevo de una banda que habitualmente le pone paños fríos a la euforia y que, aún en los momentos en que cae en arrebatos de exultación, no deja de poner eso mismo en suspenso.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Veladas de gala, parte 2: Un clásico en la mesa de disección



Un encadenamiento de actos reflejo difícil de cronometrar de modo manual:
- la cajera pasa el CD por el escáner > el display de la caja muestra € 14,99 en lugar de los € 8,99 de la etiqueta > enarco las cejas como gesto de sorpresa y pienso “¡ni loco a ese precio!” > la cajera comienza a llamar a un supervisor para que le autorice el cambio de precio.
Todo en dos segundos y fracción, como máximo.

El CD finalmente durmió en mi mochila  una noche hasta que lo desempaqué y me dispuse a escucharlo. Con auriculares, política que si no pongo en práctica más a menudo es porque en esta casa/teléfono/casilla de correo electrónico constantemente hay alguien requiriendo mi atención... Reprimiendo todos los calificativos-cliché (“clásico”, “obra cumbre”, etc.) que se apilaban frente al hecho de no haber escuchado NUNCA AÚN este puñado de canciones tal como fueron ordenadas allá por 1975 y sosteniendo el sobre (booklet, en este caso) correspondiente.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Veladas de gala, parte 1: Saldando una deuda histórica



Sí, ya sé: 37 años. Cuando este disco salió yo estaba comenzando la escuela primaria y me lo compré recién hace algunas semanas, mientras mi hija mayor se aprestaba a cursar su último año de secundaria. Típico hueco de discoteca que uno va emparchando a lo largo del tiempo con la errónea convicción de que sí o sí ya tiene los temas más importantes repartidos entre algún “grandes éxitos” y la memoria musical colectiva. Entonces la compra puede esperar. Y la compra esperó tanto que ya se me ha pasado hasta la fiebre completista que durante un tiempo me llevó a querer tener hasta las versiones en crudo de los demos de bandas cuyos nombres hoy ni siquiera me animaría a tipear.