jueves, 29 de noviembre de 2012

Yo también estaba verde (2)



Como había observado en la entrada anterior, es poco lo que se puede agregar sobre “Pubis angelical/Yendo de la cama al living” 30 años después de su edición original, excepto por los aspectos subjetivos que deben ser tantos como ejemplares se hayan vendido del disco. A propósito: no fue sino hasta hace unos pocos años (10 como máximo) que saldé mi deuda con la obra, haciéndola formar parte de mi colección de CDs a través de uno de esos espantos que el fenicio de turno a cargo del sello Interdisc lanzó al mercado cuando el formato llegó a la Argentina. Aún así, cada vez que coloco el disco en la compactera mi memoria visual proyecta indefectiblemente la imagen del cassette National Panasonic negro/blanco/rojo donde lo escuché hasta el cansancio durante media primavera, un verano completo y ... 

“Pubis...” tiene tantas cosas para descubrir como para volver a constatar. Se vuelve imperioso escucharlo con auriculares y entregarse al amor de García por el detalle, en una etapa de su carrera en la que el barroquismo era sinónimo de belleza y no ese disfraz andrajoso y pintarrajeado con spray con el que supo adornar sus composiciones enclenques de los 90s. 

Escucho “Despertar de mambo” y pienso que en aquellos años García y Vangelis tenían los mismos sintetizadores y algunas de sus ideas se encontraban en un punto común. Pero al colega griego le faltaba haber escuchado a Piazzolla. “Pubis angelical” (el tema), en sus diferentes versiones, es una miniatura melódica de un encanto pasmoso; por el dramatismo que le aporta la guitarra de David Lebón, pica en punta la versión eléctrica.


Después del overkill que sufrieron aquellos temas de “Yendo de...” que se convirtieron en clásicos instantáneos, mi mejor conexión hoy día es con dos canciones: “Vos también estabas verde” y “Canción de dos por tres”. ¿Por qué? No sabría explicarlo. Las letras son tan ricas en imágenes y reflexiones como las del resto del disco; con las músicas sucede exactamente lo mismo, aunque no se podría decir que reclaman ser pasadas en la radio como es el caso de “Yo no quiero volverme tan loco” o la canción que da título al álbum. Que el propio Charly haya incluído “2 x 3” en su reciente selección definitiva de 60 temas de su carrera reafirma el peso específico de esa gema por sobre la volatilidad de mucho de lo que vino después. De algún modo, se agradece.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Yo también estaba verde (1)



Desde que comencé a escribir este blog he tratado de lograr un equilibrio entre lo que es la reseña sobre un disco y lo que me une a él desde una perspectiva personal. Hay veces que tal propósito se vuelve irrealizable porque sobre el disco en cuestión está todo dicho o porque los recuerdos tienen un peso específico tal que no pueden sino ocupar inevitablemente el centro de la escena.

Hoy es uno de esos casos: “Pubis angelical/Yendo de la cama al living” es -a no dudarlo- un mojón alto en la historia del rock argentino, pero la presentación en vivo de ese combo en Rosario el 26 de noviembre de 1982 (*a propósito: el inicio oficial de la carrera solista de Charly García) fue mi primer recital de rock. Punto.

La edición del álbum doble había caído como un balde de agua fría, no solamente para los ingenuos que nos habíamos tragado el rumor de que, tras la partida de Pedro Aznar, Seru Giran seguiría à la Genesis (=sin un bajista estable), sino porque para el magro presupuesto de un pre-adolescente de clase media se volvía casi inaccesible (en un tiempo en el que un disco doble tenía el precio de... dos discos). La ayuda vino a travéslos buenos oficios de un compañero de curso que había invertido una parte importante (o no) de su mensualidad en el paquete y se ofreció a comprimirlo para mí en el espacio de un cassette virgen de 60’.


Apenas semanas después de la edición de YDLCAL se anunció a “Charly García y Los Abuelos de la Nada” (SIC) en el predio de la Sociedad Rural de Rosario. Lo de “...Los Abuelos dela Nada” en el miserable ticketcito de cartulina celeste (*¿cuántas decenas de miles podrían haberse falsificado con un mínimo de energía criminal?) posteriormente se revelaría como una forma de simplificar el hecho de que la banda de acompañamiento estaba formada por tres Abuelos, además de Willy Iturri en la batería. Por alguna razón se me ocurrió que TENÍA que ir, empresa cuyo primer paso era pedirle permiso a mis padres. Y lo que en los papeles aparecía como una formalidad con destino de “no”, terminó con una respuesta afirmativa y –creo- la pregunta “¿tenés con quién ir?”. Acompañantes tenía, así que la misión “Primer Recital” sólo estuvo a punto de naufragar por un arresto domiciliario impuesto por reiterados problemas de conducta, del cual finalmente me zafé gracias a la oportuna intervención de mi tía Josefina (*se supone que eventualidades como esta también conforman el área de competencia de las madrinas).

jueves, 22 de noviembre de 2012

Tautología



Entre las ca. 45.679 novedades que la prensa musical publica a diario,  hubo una a principios de año que me llamó la atención: Public Image Ltd. anunciaban la edición de su primer álbum después de 20 años, presentando como adelanto el clip del tema “One drop”.
Consignando la ecuación de PIL = John Lydon + músicos de turno, debo decir que nunca me interesó demasiado ni su oferta artística ni las andanzas de Lydon con los SexPistols. Hace unos años mi vecino Oliver me prestó “The Greatest Hits, So Far”, el “grandes éxitos” de 1990 y, en lugar de escucharlo con atención, terminé apurando el trámite, a ver si me pasaba algo que no fuera sopor. En vano.

Tiempo después, en una tienda de “todo x € 1” en la que solían tener una mesa con CDs al lado de una de medias para mujer de vaya-uno-a-saber-qué-origen, me topé con “Psycho’s path”, el álbum solista de John Lydon, y lo llevé sabiendo que podría hacer buen negocio en una subasta online. Pero estoy 98,9 % seguro que nunca pasó por mi compactera. 

viernes, 16 de noviembre de 2012

El teatro solitario del viejo Jeff



Este disco lo he comprado hasta ahora dos veces: en vinilo y en CD. Entre las dos veces deben haber mediado poco más de diez años. Las dos veces fueron un negocio espectacular, en términos de precio/beneficio. Lo que pasa es que, aún cuando hubiera que pagar una pequeña fortuna por él,  “Armchair theatre”, debut solista de Jeff Lynne, siempre tiene una recompensa amable para el oído dispuesto.

Fijo un límite temporal arbitrario: a partir de 1982 estaba tácitamente prohibido reconocerse públicamente como fan de la Electric Light Orchestra. No significaba un problema para mí, que en ese momento estaba ocupado con otras músicas, además de no entender cómo los ingleses en el último minuto nos robaron el partido si los locutores de Galtieri se habían pasado dos meses diciendo “vamos ganando”. Pero en la escuela conocí a un tipo (dos cursos por encima) que en un recreo me contó, que no sólo le encantaba ELO, sino también Journey, una banda cuyos discos -en Argentina- han sido puntualmente editados tanto como consecuentemente ignorados. En tren de confesiones, para aquella época yo también había deportado mis cassettes y vinilos de ABBA al fondo de la caja y la pila, respectivamente, donde los guardaba.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Suede, las canciones de cuna y los miedos



Estoy escuchando un disco que, además de un enorme placer sensitivo, me está dando miedo. Miedos.

Hace tres días que lo tengo, después de un golpecito de suerte en eBay, porque –como se verá luego- ya no se consigue por las vías habituales; mejor dicho: hay disquerías con surtido gourmet que muy probablemente lo tengan, pero a precios que... Cómo sea: tengo que retroceder bastante para que se entienda lo de los miedos que mencioné arriba. 

En la primavera de 1994, mientras me adaptaba a mi nueva vida de casado-emigrado (¡los dos estatus adquiridos en el término de una semana!), descubría (sí: descubría) tardíamente al David Bowie que en 1994 valía la pena, o sea el de 15 o 20 años antes. 

sábado, 3 de noviembre de 2012

Robert Plant, el que ya hacía discos buenísimos en 1993



En los últimos días, un puñado de mis contactos en las redes sociales se ha deshecho en superlativos para describir el cúmulo de sensaciones que le ha producido el doblete de actuaciones de Robert Plant en Buenos Aires. Y, a juzgar por material de vídeo disponible de shows apenas unos días anteriores, los comentarios exultantes tendrían justificación plena. Me alegro por ellos.

Nunca he sido fan de Led Zeppelin. En los días en que John Bonham se tragó su último vómito yo recién estaba empezando a buscar música en la radio y la guitarra era un instrumento en el que funcionaban muy bien las zambas, las chacareras y las canciones de iglesia. Unos años más tarde, cuando descubrí el gusto por el hard-rock, Zeppelin ya me sonaba viejo (*la palabra “clásico” todavía no se usaba como coartada) y nunca terminé de subirme a su tren. La carrera solista de Plant la seguí de reojo en una época en que ESA era música que TAMBIÉN pasaban en la radio. Y, si bien me enganchaba a menudo con algunos de sus temas, nunca sentí la curiosidad por profundizar la “veta Plant”.