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lunes, 8 de octubre de 2012

Una casa llena de música



En noviembre de 1986 nos aprestábamos a terminar la escuela secundaria y, con ese trámite casi resuelto, nos encontramos un atardecer de sábado en el departamento de Javier, el único de mi clique con canal de música en su TV por cable, como paso previo a una salida nocturna. En un momento apareció un vídeo que mostraba a un grupo desconocido para todos. Sin embargo Javier ya lo conocía y me recomendó prestarle atención. Era colorido (¿qué vídeo musical de mediados de los 80s no lo era...?)  e incorporaba ingeniosos elementos de animación sobre la imagen de los músicos tocando. La canción tenía un tono optimista y trasuntaba un aire de sinceridad, de falta de impostación. Raro en mí, ni se me ocurrió anotarme el nombre.

Cuando tres meses más tarde terminó el verano, y con él la garantía de adolescencia protegida en un colegio privado, me enteré que esa banda se llamaba Crowded House (Neil Finn, guitarra y voz, Paul Hester, batería y voz, y Nick Seymour, bajo y voz), eran neocelandeces, tenían un simple de alta rotación en la radio (“Don’t dream it’s over”) y un álbum homónimo que valía la pena escuchar de punta a punta... y que yo no estaba en condiciones de comprar porque lo antecedía una lista de prioridades imposible de financiar. 

No pasó mucho tiempo hasta que mi amigo José Luis (que con su pyme como DJ no sólo empezaba a hacer buen dinero, sino que TENÍA QUE comprarse discos como material de trabajo) accedió a grabármelo. En un cassette virgen Grundig, cajita color marrón traslúcido, etiqueta amarilla cuadriculada... no es un acto prodigioso de memoria: el cassette todavía anda dando vueltas en una pila que me ha acompañado hasta acá y me niego a eliminar.