En noviembre de 1986 nos aprestábamos a
terminar la escuela secundaria y, con ese trámite casi resuelto, nos
encontramos un atardecer de sábado en el departamento de Javier, el único de mi
clique con canal de música en su TV por cable, como paso previo a una salida
nocturna. En un momento apareció un vídeo que mostraba a un grupo desconocido
para todos. Sin embargo Javier ya lo conocía y me recomendó prestarle atención.
Era colorido (¿qué vídeo musical de mediados de los 80s no lo era...?) e incorporaba ingeniosos elementos de
animación sobre la imagen de los músicos tocando. La canción tenía un tono
optimista y trasuntaba un aire de sinceridad, de falta de impostación. Raro en
mí, ni se me ocurrió anotarme el nombre.
Cuando tres meses más tarde terminó el verano,
y con él la garantía de adolescencia protegida en un colegio privado, me enteré
que esa banda se llamaba Crowded House (Neil Finn, guitarra y voz, Paul Hester,
batería y voz, y Nick Seymour, bajo y voz), eran neocelandeces, tenían un
simple de alta rotación en la radio (“Don’t dream it’s over”) y un álbum
homónimo que valía la pena escuchar de punta a punta... y que yo no estaba en
condiciones de comprar porque lo antecedía una lista de prioridades imposible
de financiar.
No pasó mucho tiempo hasta que mi amigo José Luis (que con su
pyme como DJ no sólo empezaba a hacer buen dinero, sino que TENÍA QUE comprarse
discos como material de trabajo) accedió a grabármelo. En un cassette virgen
Grundig, cajita color marrón traslúcido, etiqueta amarilla cuadriculada... no es un
acto prodigioso de memoria: el cassette todavía anda dando vueltas en una pila
que me ha acompañado hasta acá y me niego a eliminar.
