El acceder a un trabajo regular (y, con él, a un ingreso
regular) en estas tierras me abrió la posibilidad, allá por 1995, de no tener
que pensar y sopesar 45.000 riesgos posibles antes de encarar un acto tan banal
como es el de comprar un disco. Lejanos todavía los tiempos del streaming como herramienta de prueba
para evitar compras decepcionantes, había un puñado de disquerías en la zona
que accedían gentilmente al pedido de escucha previa de este o aquel disco. Así,
y con la ayuda de auriculares mayormente desvencijados, resultaba posible
comprobar si las recomendaciones de la prensa especializada se correspondían
con la realidad y/o los gustos del oyente (los míos, en este caso) o eran pura
cháchara.
Y en esa época yo era un ávido lector de críticas de
discos. En una de ellas el objeto de análisis era un guitarrista estadounidense
ignoto para mí, llamado David Torn. Dentro de un contexto descriptivo que recuerdo
como favorablemente lírico, había en esa crítica una frase que actuó como
disparador para que yo, antes de ir a mis clases, una tarde me tomara la
molestia de pasar por la disquería WOM para probar con ESE disco y no con los
más de 120 (*¡no es una cifra de fantasía, eh!) reseñados en aquella edición de
ME/Sounds. La frase en cuestión (o parte de ella) consignaba que este tal Torn
utilizaba los pedales de efecto de su guitarra como un instrumento más para
crear bla-bla-blá...

Debo reconocer que lo que pude escuchar de “Triping
over God” (tal el título del álbum en cuestión) en fragmentos y a las apuradas,
con un puñado de clientes detrás de mí esperando hacer uso de los mismos
auriculares, no me satisfizo sobremanera, pero sí o sí invitaba a escucharlo
con mayor dedicación. Entonces corté por lo sano y pagué los DM 34,99 (ca. €
17,50 al cambio de hoy), una suma que hoy me parece exorbitante, pero es la
misma que en aquel tiempo en la Argentina la gente pagaba alegremente por un CD
de Los Auténticos Decadentes, Las Sabrosas Zarigüellas o Emanuel Ortega.
Es dificil describir la música de David To... mejor
dicho: es muy fácil describir la música de David Torn amparándose bajo la
generosa sombrilla del concepto “experimental”; lo difícil es llenar de
contenido esa coartada terminológica. Y más complicada se vuelve la tarea
cuando se intenta diseccionarla evitando las menciones a la tecnología (de la
cual Torn se sirve discrecionalmente) para no espantar a quienes llevan una
existencia medianamente feliz lejos de la jerga de procesadores, técnicas de
grabación y demás saberes parciales que conciernen a los músicos.