domingo, 30 de diciembre de 2012

Otra lista que nadie necesita



Estoy de vacaciones (muy) lejos de mi estante de discos, lo cual no sería tan grave (*tengo material de reserva) si no fuera por la laxitud-entre-Fiestas y el calor agobiante de la Pampa Húmeda, que atentan contra la mejor voluntad bloggerística. Por eso, para que este espacio tenga continuidad, me decidí por la misma salida a la que recurren TODAS las redacciones periodísticas para maquillar su propia languidez en esta época del año: una lista con lo mejor de los últimos doce meses. 


Hace años ya que no leo las listas de „lo (supuestamente) mejor del año”. Bah, sí lo hago, pero con  desdén. Por más que uno haya levantado por décadas las banderas de una pretendida curiosidad (*en términos de no conformarse con lo que aprueba el consenso de las masas y seguir buscando música nueva y excitante en las grietas), la sensación de que en el rock y el pop todo lo nuevo viene con una fecha de vencimiento cada vez más cercana, es algo decepcionante. Como bien decía el estribillo de uno de mis temas favoritos de una de mis bandas favoritas: “Hip today, you’ll be gone tomorrow...”. ¿Reaccionario? Y sí… tal vez… un poquito… obligado por las circunstancias, la dictadura de los hipsters y eso…

martes, 18 de diciembre de 2012

Justo lo que necesitaba


Debe haber sido durante uno de los recreos de aquel viernes. José Luis me dijo que tenía dinero para comprarse “un par de discos” el sábado y me preguntó si podía recomendarle algunos. Yo nunca había escuchado hasta ese momento a The Cars, pero 1)sabía que eran una banda new-wave con trayectoria y 2)su disco “Heartbeat City” llevaba semanas bien arriba en la fotocopia del ranking de Billboard que pegaban en la vidriera de nuestras disquerías preferidas... a los 15 años algunos solíamos pensar que esos eran indicadores de algo bueno. Al reencontrarnos el lunes siguiente lo primero que hizo fue agradecerme eufóricamente por sugerirle justamente ese disco; en cambio, creo que se le desfiguró el rostro para reprocharme el haberle recomendado también “Undercover” de los Rolling Stones, un álbum que -según él- era tan horrible que yo tendría que hacerme cargo de lo que le había costado.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Yo también estaba verde (2)



Como había observado en la entrada anterior, es poco lo que se puede agregar sobre “Pubis angelical/Yendo de la cama al living” 30 años después de su edición original, excepto por los aspectos subjetivos que deben ser tantos como ejemplares se hayan vendido del disco. A propósito: no fue sino hasta hace unos pocos años (10 como máximo) que saldé mi deuda con la obra, haciéndola formar parte de mi colección de CDs a través de uno de esos espantos que el fenicio de turno a cargo del sello Interdisc lanzó al mercado cuando el formato llegó a la Argentina. Aún así, cada vez que coloco el disco en la compactera mi memoria visual proyecta indefectiblemente la imagen del cassette National Panasonic negro/blanco/rojo donde lo escuché hasta el cansancio durante media primavera, un verano completo y ... 

“Pubis...” tiene tantas cosas para descubrir como para volver a constatar. Se vuelve imperioso escucharlo con auriculares y entregarse al amor de García por el detalle, en una etapa de su carrera en la que el barroquismo era sinónimo de belleza y no ese disfraz andrajoso y pintarrajeado con spray con el que supo adornar sus composiciones enclenques de los 90s. 

Escucho “Despertar de mambo” y pienso que en aquellos años García y Vangelis tenían los mismos sintetizadores y algunas de sus ideas se encontraban en un punto común. Pero al colega griego le faltaba haber escuchado a Piazzolla. “Pubis angelical” (el tema), en sus diferentes versiones, es una miniatura melódica de un encanto pasmoso; por el dramatismo que le aporta la guitarra de David Lebón, pica en punta la versión eléctrica.


Después del overkill que sufrieron aquellos temas de “Yendo de...” que se convirtieron en clásicos instantáneos, mi mejor conexión hoy día es con dos canciones: “Vos también estabas verde” y “Canción de dos por tres”. ¿Por qué? No sabría explicarlo. Las letras son tan ricas en imágenes y reflexiones como las del resto del disco; con las músicas sucede exactamente lo mismo, aunque no se podría decir que reclaman ser pasadas en la radio como es el caso de “Yo no quiero volverme tan loco” o la canción que da título al álbum. Que el propio Charly haya incluído “2 x 3” en su reciente selección definitiva de 60 temas de su carrera reafirma el peso específico de esa gema por sobre la volatilidad de mucho de lo que vino después. De algún modo, se agradece.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Yo también estaba verde (1)



Desde que comencé a escribir este blog he tratado de lograr un equilibrio entre lo que es la reseña sobre un disco y lo que me une a él desde una perspectiva personal. Hay veces que tal propósito se vuelve irrealizable porque sobre el disco en cuestión está todo dicho o porque los recuerdos tienen un peso específico tal que no pueden sino ocupar inevitablemente el centro de la escena.

Hoy es uno de esos casos: “Pubis angelical/Yendo de la cama al living” es -a no dudarlo- un mojón alto en la historia del rock argentino, pero la presentación en vivo de ese combo en Rosario el 26 de noviembre de 1982 (*a propósito: el inicio oficial de la carrera solista de Charly García) fue mi primer recital de rock. Punto.

La edición del álbum doble había caído como un balde de agua fría, no solamente para los ingenuos que nos habíamos tragado el rumor de que, tras la partida de Pedro Aznar, Seru Giran seguiría à la Genesis (=sin un bajista estable), sino porque para el magro presupuesto de un pre-adolescente de clase media se volvía casi inaccesible (en un tiempo en el que un disco doble tenía el precio de... dos discos). La ayuda vino a travéslos buenos oficios de un compañero de curso que había invertido una parte importante (o no) de su mensualidad en el paquete y se ofreció a comprimirlo para mí en el espacio de un cassette virgen de 60’.


Apenas semanas después de la edición de YDLCAL se anunció a “Charly García y Los Abuelos de la Nada” (SIC) en el predio de la Sociedad Rural de Rosario. Lo de “...Los Abuelos dela Nada” en el miserable ticketcito de cartulina celeste (*¿cuántas decenas de miles podrían haberse falsificado con un mínimo de energía criminal?) posteriormente se revelaría como una forma de simplificar el hecho de que la banda de acompañamiento estaba formada por tres Abuelos, además de Willy Iturri en la batería. Por alguna razón se me ocurrió que TENÍA que ir, empresa cuyo primer paso era pedirle permiso a mis padres. Y lo que en los papeles aparecía como una formalidad con destino de “no”, terminó con una respuesta afirmativa y –creo- la pregunta “¿tenés con quién ir?”. Acompañantes tenía, así que la misión “Primer Recital” sólo estuvo a punto de naufragar por un arresto domiciliario impuesto por reiterados problemas de conducta, del cual finalmente me zafé gracias a la oportuna intervención de mi tía Josefina (*se supone que eventualidades como esta también conforman el área de competencia de las madrinas).

jueves, 22 de noviembre de 2012

Tautología



Entre las ca. 45.679 novedades que la prensa musical publica a diario,  hubo una a principios de año que me llamó la atención: Public Image Ltd. anunciaban la edición de su primer álbum después de 20 años, presentando como adelanto el clip del tema “One drop”.
Consignando la ecuación de PIL = John Lydon + músicos de turno, debo decir que nunca me interesó demasiado ni su oferta artística ni las andanzas de Lydon con los SexPistols. Hace unos años mi vecino Oliver me prestó “The Greatest Hits, So Far”, el “grandes éxitos” de 1990 y, en lugar de escucharlo con atención, terminé apurando el trámite, a ver si me pasaba algo que no fuera sopor. En vano.

Tiempo después, en una tienda de “todo x € 1” en la que solían tener una mesa con CDs al lado de una de medias para mujer de vaya-uno-a-saber-qué-origen, me topé con “Psycho’s path”, el álbum solista de John Lydon, y lo llevé sabiendo que podría hacer buen negocio en una subasta online. Pero estoy 98,9 % seguro que nunca pasó por mi compactera. 

viernes, 16 de noviembre de 2012

El teatro solitario del viejo Jeff



Este disco lo he comprado hasta ahora dos veces: en vinilo y en CD. Entre las dos veces deben haber mediado poco más de diez años. Las dos veces fueron un negocio espectacular, en términos de precio/beneficio. Lo que pasa es que, aún cuando hubiera que pagar una pequeña fortuna por él,  “Armchair theatre”, debut solista de Jeff Lynne, siempre tiene una recompensa amable para el oído dispuesto.

Fijo un límite temporal arbitrario: a partir de 1982 estaba tácitamente prohibido reconocerse públicamente como fan de la Electric Light Orchestra. No significaba un problema para mí, que en ese momento estaba ocupado con otras músicas, además de no entender cómo los ingleses en el último minuto nos robaron el partido si los locutores de Galtieri se habían pasado dos meses diciendo “vamos ganando”. Pero en la escuela conocí a un tipo (dos cursos por encima) que en un recreo me contó, que no sólo le encantaba ELO, sino también Journey, una banda cuyos discos -en Argentina- han sido puntualmente editados tanto como consecuentemente ignorados. En tren de confesiones, para aquella época yo también había deportado mis cassettes y vinilos de ABBA al fondo de la caja y la pila, respectivamente, donde los guardaba.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Suede, las canciones de cuna y los miedos



Estoy escuchando un disco que, además de un enorme placer sensitivo, me está dando miedo. Miedos.

Hace tres días que lo tengo, después de un golpecito de suerte en eBay, porque –como se verá luego- ya no se consigue por las vías habituales; mejor dicho: hay disquerías con surtido gourmet que muy probablemente lo tengan, pero a precios que... Cómo sea: tengo que retroceder bastante para que se entienda lo de los miedos que mencioné arriba. 

En la primavera de 1994, mientras me adaptaba a mi nueva vida de casado-emigrado (¡los dos estatus adquiridos en el término de una semana!), descubría (sí: descubría) tardíamente al David Bowie que en 1994 valía la pena, o sea el de 15 o 20 años antes. 

sábado, 3 de noviembre de 2012

Robert Plant, el que ya hacía discos buenísimos en 1993



En los últimos días, un puñado de mis contactos en las redes sociales se ha deshecho en superlativos para describir el cúmulo de sensaciones que le ha producido el doblete de actuaciones de Robert Plant en Buenos Aires. Y, a juzgar por material de vídeo disponible de shows apenas unos días anteriores, los comentarios exultantes tendrían justificación plena. Me alegro por ellos.

Nunca he sido fan de Led Zeppelin. En los días en que John Bonham se tragó su último vómito yo recién estaba empezando a buscar música en la radio y la guitarra era un instrumento en el que funcionaban muy bien las zambas, las chacareras y las canciones de iglesia. Unos años más tarde, cuando descubrí el gusto por el hard-rock, Zeppelin ya me sonaba viejo (*la palabra “clásico” todavía no se usaba como coartada) y nunca terminé de subirme a su tren. La carrera solista de Plant la seguí de reojo en una época en que ESA era música que TAMBIÉN pasaban en la radio. Y, si bien me enganchaba a menudo con algunos de sus temas, nunca sentí la curiosidad por profundizar la “veta Plant”.

domingo, 28 de octubre de 2012

El riesgo del trio dynámico



No es mi culpa que discos decisivos en la historia del rock argentino estén cumpliendo aniversarios redondos en la última parte de este 2012; yo sólo doy cuenta del hecho, porque la ocasión amerita y porque hay un grado considerable de afecto personal en eso. Si  hace unas semanas me detuve en “El tiempo es veloz”, hoy le toca inexorablemente a “Dynamo”, obra cumbre y rupturista de Soda Stereo que está cumpliendo 20 años (*si al oráculo contemporáneo de Wikipedia le cabe un margen de crédito, habrá que consignar que la fecha en cuestión fue el 01.10.1992).

Me resulta particularmente arduo ordenar pensamientos respecto a una obra que desde hace tanto, tanto tiempo ocupa un lugar de privilegio en mi colección y en mi estima, pero... nadie dijo que sería fácil. Precisamente el latiguillo “nadie dijo que sería fácil” podría servir también para condensar el perfil del álbum propiamente dicho y el impacto inusualmente tibio que produjo en términos de masividad.


A partir de la edición de “Nada personal” (1985) recuerdo bandas que solían llegar al año siguiente intentando sonar como Soda Stereo, calcando patrones compositivos y de producción... y quedaban en offside porque Soda, como parte de su inquietud natural, a esa altura ya se había desmarcado y mudado la piel de su disco anterior.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El payaso que sonreía mientras se comía a sus ex-compañeros.



Cada año que se inicia trae consigo una serie de expectativas e interrogantes, algunos más sustanciosos que otros: “¿estaré yo o los que me rodean hoy dentro de 12 meses celebrando lo mismo?”, por caso. Otros, como “¿cuál será el disco que más veces escucharé este año?“, son definitivamente más ligeros y le van de perillas al perfil de este modesto espacio. 

2012 aún no ha terminado pero ya sé cuáles son los discos que más a menudo habré escuchado hasta el 31 de diciembre: “Eat’em and smile” y “Skyscraper”, los dos primeros álbumes solistas de David Lee Roth. ¿Por qué precisamente dos trabajos aparecidos entre 1986-88, que ni siquiera suelen tener gravitación a la hora de los balances (“lo mejor del año X“, “discos fundamentales del género X”, etc.) y que suelen ser valorados solamente por los respectivos fans de los músicos involucrados? Si lo supiera, a principios de año no habría interrogantes sino una to-do list

Pero la gracia del blog está en contar una historia alrededor de la música y supongo que, aunque sea rascando la olla, algo debe haber. Cuando a principios de año se anunció la salida del nuevo álbum de Van Halen, el primero después de 28 años (!!!) con David Lee Roth (DLR) al micrófono, se me entreveraron el escepticismo y la ilusión, pero igualmente empecé a hacer la entrada en calor volviendo a escuchar discos de rock inoxidable como “Van Halen 1” o “1984”.  El regreso efectivo finalmente se produjo semanas más tarde, bajo el nombre “A different kind of truth”. El material, que dio por tierra con los pronósticos agoreros y renovó la alegría de saberse fan desde “aquella época”, me dejó con ganas de más. Entonces me zambullí a escuchar -vía streaming- los dos discos que son objeto de este artículo. En un momento me di cuenta que se había transformado en un acto casi diario conectarme a Spotify, buscar una o dos novedades hip recomendadas en Pitchfork o Rolling Stone y terminar tipeando “David Lee Ro...” para volver a escuchar esos álbumes. Siempre de a dos. O de a tres, como se verá luego (*).

jueves, 18 de octubre de 2012

Tu arsenal es mi arsenal



“Your arsenal” es MI disco de Morrissey. Y no lo digo porque esté cumpliendo 20 años, lo cual ameritaría una reedición que mejore la oferta magra (en términos de obra de arte integral; la música está bien así, muchachos) de la original de 1992. 

Yo, que en la época en que era de rigor ponerse la camiseta de The Smiths para que el gusto musical de uno fuera tomado en serio en ciertos círculos, los consideraba una banda definitivamente sobrevalorada, tuve que llegar a la música de Morrissey gracias a la pluma exquisitamente antipática de Marcelo Montolivo, uno de los ¿periodistas de rock?¿más injustamente?¿ignorados? de la Argentina.
En aquel tiempo Montolivo escribía en la revista Rock&Pop y sus artículos/columnas/reseñas se habían convertido para mí en el material más interesante, aún cuando el porcentaje de coincidencia con sus recomendaciones y/o críticas lapidarias fuera relativamente bajo: sus escritos salpicados de giros corrosivos (¡y aquí nadie habla necesariamente de humor!) chuceaban la indiferencia del lector y -como en mi caso- prácticamente lo obligaban a acercarse a esa música para comprobar la veracidad (o no) de sus dichos. Así, en el anuario de 1992, en las clásicas listas de “Los 10 mejores discos del año“, Montolivo incluyó dos que uno no esperaría de un punk irredento como él, lo cual demostraba que lo de “punk irredento” era mero prejuicio o -en el mejor de los casos- sólo un matiz. Uno de esos dos discos era “Your arsenal” que pasó de su lista de “lo mejor del año“ a mi lista de „lo que me falta escuchar“. 

domingo, 14 de octubre de 2012

Doble aniversario ruso



Desde que eché a andar este blog vengo preguntándome cuál debería ser el primer disco de rock argentino en aparecer por acá. Y ha sido recién esta mañana que, sin forzar demasiado la memoria ni los hechos, he caído en la cuenta de que dos efemérides casi se superponen y tienen a un mismo protagonista: David Lebón. El pasado 5 de octubre el Ruso, lejos de todo tipo de alharaca mediática, cumplió 60 años. Y en algún momento, antes de de que termine también este mes de octubre, se habrán cumplido 30 años de la edición de “El tiempo es veloz” -apreciado a la distancia- tal vez el álbum más consistente de su carrera solista. En la historia del rock argentino sin dudas un mojón que se suele pasar de largo.

El cassette de "El tiempo es veloz": aún pasado a retiro, en algún momento se coló en el equipaje y llegó hasta acá...

viernes, 12 de octubre de 2012

Tom Waits y los héroes locales



Un jovencísimo Richard Coleman eligió “Raindogs” como uno de sus tres discos preferidos en la encuesta de fin de año de 1985 de la revista Pelo. Ahí leí por primera vez el nombre “Tom Waits”. Como el carácter transitivo suele estar a sus anchas en el esquema de pensamiento de los adolescentes, a mí se me ocurrió que si la música de este Waits le gustaba tanto a Coleman debía ser por su cuño post-punk de guitarras envolventes y atmósferas sombrías. Error. Veintisiete años más tarde sé que los gustos musicales de Richard Coleman son tan amplios como la variedad de paisajes de la Argentina (algo que celebro), pero mi contacto inicial con un disco de Tom Waits me dejó más interrogantes que certezas y, de éstas últimas, la más patente fue “esto no es para mí”.

El romance con géneros musicales que precedían al rock. La presencia sólo eventual de la guitarra y -encima- en un plano subordinado al de otros instrumentos tan... tan... como las marimbas. El sonido rústico, como de sótano lleno de trastos viejos y construído en falsa escuadra. Y esa voz, gutural hasta el dolor (incluso ajeno: como un acto reflejo atenía a agarrarme de mi propia garganta, como si ese canto gruñón saliera de ahí). Claramente, nada de eso tenía que ver con las preferencias de un jovencito musicalmente socializado en los 80s.

Pero no fueron esas sino otras las razones por las cuales la incorporación del bueno de Tom en mi discoteca es muy reciente (*tan reciente como ayer mismo). Hasta hace unos años, cada vez que en una charla o en un encuentro social, de esos en los que el esnobismo suele ser la bebida más solicitada, la sola mención de su nombre generaba oleadas de veneración tan minimalista como hueca, del tipo “uuuy, claaaaro: Tom Waits...¡maestro!“. Quiero decir, cada una de esas situaciones me hacía retroceder un paso o dos en mis intenciones de volver a intentarlo con Waits por las mías. En un momento finalmente lo logré. Ahora sé que no me gusta toda su obra (tampoco la he escuchado completa ni por asomo), pero sí el terreno que ara como el artista singular que es.

miércoles, 10 de octubre de 2012

David Torn, pintor de viola fina



El acceder a un trabajo regular (y, con él, a un ingreso regular) en estas tierras me abrió la posibilidad, allá por 1995, de no tener que pensar y sopesar 45.000 riesgos posibles antes de encarar un acto tan banal como es el de comprar un disco. Lejanos todavía los tiempos del streaming como herramienta de prueba para evitar compras decepcionantes, había un puñado de disquerías en la zona que accedían gentilmente al pedido de escucha previa de este o aquel disco. Así, y con la ayuda de auriculares mayormente desvencijados, resultaba posible comprobar si las recomendaciones de la prensa especializada se correspondían con la realidad y/o los gustos del oyente (los míos, en este caso) o eran pura cháchara. 

Y en esa época yo era un ávido lector de críticas de discos. En una de ellas el objeto de análisis era un guitarrista estadounidense ignoto para mí, llamado David Torn. Dentro de un contexto descriptivo que recuerdo como favorablemente lírico, había en esa crítica una frase que actuó como disparador para que yo, antes de ir a mis clases, una tarde me tomara la molestia de pasar por la disquería WOM para probar con ESE disco y no con los más de 120 (*¡no es una cifra de fantasía, eh!) reseñados en aquella edición de ME/Sounds. La frase en cuestión (o parte de ella) consignaba que este tal Torn utilizaba los pedales de efecto de su guitarra como un instrumento más para crear bla-bla-blá...

 Debo reconocer que lo que pude escuchar de “Triping over God” (tal el título del álbum en cuestión) en fragmentos y a las apuradas, con un puñado de clientes detrás de mí esperando hacer uso de los mismos auriculares, no me satisfizo sobremanera, pero sí o sí invitaba a escucharlo con mayor dedicación. Entonces corté por lo sano y pagué los DM 34,99 (ca. € 17,50 al cambio de hoy), una suma que hoy me parece exorbitante, pero es la misma que en aquel tiempo en la Argentina la gente pagaba alegremente por un CD de Los Auténticos Decadentes, Las Sabrosas Zarigüellas o Emanuel Ortega.

Es dificil describir la música de David To... mejor dicho: es muy fácil describir la música de David Torn amparándose bajo la generosa sombrilla del concepto “experimental”; lo difícil es llenar de contenido esa coartada terminológica. Y más complicada se vuelve la tarea cuando se intenta diseccionarla evitando las menciones a la tecnología (de la cual Torn se sirve discrecionalmente) para no espantar a quienes llevan una existencia medianamente feliz lejos de la jerga de procesadores, técnicas de grabación y demás saberes parciales que conciernen a los músicos.

lunes, 8 de octubre de 2012

Una casa llena de música



En noviembre de 1986 nos aprestábamos a terminar la escuela secundaria y, con ese trámite casi resuelto, nos encontramos un atardecer de sábado en el departamento de Javier, el único de mi clique con canal de música en su TV por cable, como paso previo a una salida nocturna. En un momento apareció un vídeo que mostraba a un grupo desconocido para todos. Sin embargo Javier ya lo conocía y me recomendó prestarle atención. Era colorido (¿qué vídeo musical de mediados de los 80s no lo era...?)  e incorporaba ingeniosos elementos de animación sobre la imagen de los músicos tocando. La canción tenía un tono optimista y trasuntaba un aire de sinceridad, de falta de impostación. Raro en mí, ni se me ocurrió anotarme el nombre.

Cuando tres meses más tarde terminó el verano, y con él la garantía de adolescencia protegida en un colegio privado, me enteré que esa banda se llamaba Crowded House (Neil Finn, guitarra y voz, Paul Hester, batería y voz, y Nick Seymour, bajo y voz), eran neocelandeces, tenían un simple de alta rotación en la radio (“Don’t dream it’s over”) y un álbum homónimo que valía la pena escuchar de punta a punta... y que yo no estaba en condiciones de comprar porque lo antecedía una lista de prioridades imposible de financiar. 

No pasó mucho tiempo hasta que mi amigo José Luis (que con su pyme como DJ no sólo empezaba a hacer buen dinero, sino que TENÍA QUE comprarse discos como material de trabajo) accedió a grabármelo. En un cassette virgen Grundig, cajita color marrón traslúcido, etiqueta amarilla cuadriculada... no es un acto prodigioso de memoria: el cassette todavía anda dando vueltas en una pila que me ha acompañado hasta acá y me niego a eliminar.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Nuno, solo y esquizofónico


Por cierto, no se trató de una oferta, pero fue el CD que me auto-regalé con motivo de mi reincidencia en la paternidad, allá por marzo de 1997. Curiosamente, unos pocos años después encontré un par de ejemplares en una batea de superofertas, con los cuales pude compensar de manera más que decorosa algunos favores recibidos de parte de amigos.


Tiene un sonido a todas luces mejorable. Algunas cositas relacionadas a la composición y los arreglos delatan el espíritu (técnico) de la época en que fue producido. Estoy escuchándolo por quinchigésima vez, sin embargo es la primera en por lo menos 6 años. Compruebo que -a pesar de las observaciones hechas arriba- me encanta.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Al principio fue un estornudo...

Venía publicando día por medio, con una disciplina de la cual yo mismo soy el primer sorprendido.
Pero un simpático pool de agentes patógenos plantó bandera, no sólo en mi aparato respiratorio, sino también en el humor y las ganas de escribir, obligándome a ocupar mi tiempo en banalidades tales como limpiarme la nariz en horario corrido.

Así que ahí va "Tori, la distante" con un título ad hoc y mis mejores auto-deseos de pronta recuperación.


Tori Amos - Caught A Lite Sneeze von ToriAmos-Official

martes, 25 de septiembre de 2012

Lone Justice: asilo e inspiración en los 80s



Una de mis bandas favoritas de los 80s siempre falta en:
-          las compilaciones de los 80s;
-          las ominosamente llamadas “fiestas ochentosas”;
-          la memoria de los programadores de radio de este y otros lados del mundo; un déficit  más escandalosamente notorio en aquellos cuyo empleador se ufana de ofrecer “lo mejor de los 80s”. Es muy simple: si 1 de cada 175 temas irradiados no es de Lone Justice (de ellos se trata) esa premisa es un engaño.
Debo admitir -aunque suene reprochable y elitista- que me alegra que hasta cierto punto Lone Justice sean consecuentemente relegados de esos ámbitos donde se bastardea la música en formatos caprichosos.

Cuando salió su debut homónimo, en 1985, los dejé pasar: en aquel momento alguna que otra estación de radio SÍ se dignaba pasar “Sweet, sweet baby”, su carta de presentación en los charts, o “Ways to be wicked”. Un aporte de cierto peso para el curriculum de la joven banda era -según publicaba la prensa de aquel momento- que Bob Dylan y los integrantes de U2 (bah, probablemente sólo Bono) hubieran descubierto en ellos a un nuevo artista favorito y los hubieran llevado de gira consigo, o algo así... Cómo fuera, lo que pude escuchar me había sonado demasiado cercano a John Mellencamp o Bruce Springsteen, dos íconos del (norte)americanismo (tanto en su discurso como en la tradición artística en la cual abrevan) con cuya música probablemente nunca logre sentirme del todo cómodo. En aquel momento tampoco se me ocurría pensar en Tom Petty & The Heartbreakers (con quienes Lone Justice compartía su tecladista, Benmont Tench), porque para el radar rockero argentino eran casi inexistentes.


domingo, 23 de septiembre de 2012

Una afición llamada Elbow



Primavera de 2011 > ELBOW “Build a rocket boys!” > si se otorgara algún tipo de premio al peor timing para editar discos, esa edición no habría tenido competidores. Justo en la estación del año en la que el verde furioso invita a dejar tras de sí todas las tribulaciones del gris-frío-sin-pausa, un disco nuevo de una banda que habitualmente le pone paños fríos a la euforia y que, aún en los momentos en que cae en arrebatos de exultación, no deja de poner eso mismo en suspenso.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Deme dos, pero que sean sombríos, por favor...



Me vi confrontado con la primera review de un disco de Nick Cave & The Bad Seeds (“The good son”) en la bisagra entre enero y febrero de 1991, a través de la desaparecida revista Rock&Pop. No recuerdo exactamente (aunque tengo una fuerte sospecha) quién fue el crítico responsable del artículo, pero del tono dominantemente positivo del mismo me quedó grabada una descripción según la cual, la música de NC&TBS podía ser imaginada como -palabras más, palabras menos- una especie de “blues sin guitarras”.

Una puesta en contexto se hace indispensable. En 1990 las discográficas argentinas habían vuelto a publicar (si bien tímidamente) más discos tras la depresión del año anterior; el formato CD pedía pista pero, tal vez por el aire enrarecido de la inestabilidad económica, estaría dando vueltas por lo menos unos meses más en el aire. En mi caso, el disco de vinilo seguía siendo EL medio válido, mientras el cassette era lo más parecido a lo que hoy ofrecen los servicios de streaming: un vehículo para acceder (a través de insondables meandros de amigos/conocidos) a la música que la radio no pasaba, conservando un carácter provisorio, como paso previo a decidir la compra (o la no-compra) del álbum.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Los discos equivocados



La primera escucha del flamante “La futura” (*debe ser chicano pero parece alemán, donde “futuro” es un sustantivo femenino) finalmente despejó dudas y temores: no es que espere de ZZ Top una salida del laberinto de mediocridad que el rock viene recorriendo sin brújula desde hace años; pero resulta que venía embalado con esta banda, con la que empecé tarde y mal (como se verá enseguida, nomás) y la decisión de cederle el sillón de productor a Rick Rubin, conocido fetichista del sonido crudo, podía llevarlos de vuelta ahí donde yo no quise asomarme. No soy de los que creen que, en el arte, todo regreso a las raíces resulta per se una movida virtuosa. Sin embargo, el baño de ascetismo sonoro les sienta bien a los barbudos.


Cuando le comenté que, de los discos de ZZ Top que había escuchado hasta ahora, los que más me habían gustado habían sido los -hasta ese momento- tres últimos (“Rhythmeen”, “XXX” y “Mescalero”), un conocido periodista argentino de rock me respondió lacónicamente “empezaste por los discos equivocados”. Desde ese momento ya no quise solamente haberlos escuchado, sino que -en un acto de tozudez potenciada por el comentario de mi interlocutor- los hice subir significativamente en mi lista de prioridades apenas los viera en oferta en alguna parte del pool de tiendas donde suelo abastecerme. El pez tardó poco en picar y así , en cuestión de días conseguí “XXX” por modestos € 4,99 y “Rhythmeen” por apenas un euro más. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

Emily Haines: Todo el otoño en un sólo álbum


Hubo un tiempo, hasta no hace muchos años atrás (tres o cuatro, para ser más preciso), en que una de mis disquerías preferidas cultivaba este hábito insano y provocador:  el primer día hábil de cada mes, cerca del mediodía, ponía en su catálogo online una serie (léase:  algunos cientos) de CDs/DVDs/LPs a precios de liquidación absolutamente delirantes, pero se trataba de ejemplares únicos, por lo cual el margen de duda (“¿lo compro o no?“) debía reducirse a un mínimo imperceptible, porque en el e-commerce los clientes no se ven las caras pero, en un caso así, un click oportuno puede tener la contundencia de un cross de derecha en la lucha cuerpo a cuerpo por ESA joyita en peligro de extinción.

Así, en aquellos primeros días hábiles de mes, yo solía proveerme, para deleite propio y ajeno: algunas piezas eran regalos para amigos, otras tenían una performance atendible a través de la reventa.


Y fue... mmmhhh... en febrero de 2008, posiblemente, que apareció en esa avalancha de ofertas “Live it out”, de Metric, una banda canadiense que hasta ese momento me resultaba ignota. Como el disco estaba realmente MUY barato me tomé unos minutos para buscar información y, como lo que encontré sonaba prometedor, compré. “Live...” finalmente resultó flojito (*Metric cumpliría la promesa más tarde, pero eso es tema para otra entrada) y sin embargo me condujo a un descubrimiento mucho más gratificante: “Knives don’t have your back”, el álbum solista de Emily Haines, a la sazón, frontwoman y compositora de Metric.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Veladas de gala, parte 2: Un clásico en la mesa de disección



Un encadenamiento de actos reflejo difícil de cronometrar de modo manual:
- la cajera pasa el CD por el escáner > el display de la caja muestra € 14,99 en lugar de los € 8,99 de la etiqueta > enarco las cejas como gesto de sorpresa y pienso “¡ni loco a ese precio!” > la cajera comienza a llamar a un supervisor para que le autorice el cambio de precio.
Todo en dos segundos y fracción, como máximo.

El CD finalmente durmió en mi mochila  una noche hasta que lo desempaqué y me dispuse a escucharlo. Con auriculares, política que si no pongo en práctica más a menudo es porque en esta casa/teléfono/casilla de correo electrónico constantemente hay alguien requiriendo mi atención... Reprimiendo todos los calificativos-cliché (“clásico”, “obra cumbre”, etc.) que se apilaban frente al hecho de no haber escuchado NUNCA AÚN este puñado de canciones tal como fueron ordenadas allá por 1975 y sosteniendo el sobre (booklet, en este caso) correspondiente.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Veladas de gala, parte 1: Saldando una deuda histórica



Sí, ya sé: 37 años. Cuando este disco salió yo estaba comenzando la escuela primaria y me lo compré recién hace algunas semanas, mientras mi hija mayor se aprestaba a cursar su último año de secundaria. Típico hueco de discoteca que uno va emparchando a lo largo del tiempo con la errónea convicción de que sí o sí ya tiene los temas más importantes repartidos entre algún “grandes éxitos” y la memoria musical colectiva. Entonces la compra puede esperar. Y la compra esperó tanto que ya se me ha pasado hasta la fiebre completista que durante un tiempo me llevó a querer tener hasta las versiones en crudo de los demos de bandas cuyos nombres hoy ni siquiera me animaría a tipear.

Manifesto (*también un disco de Roxy Music que me falta...)



Este es un blog de discos, pero no es igual a todos los otros blogs de discos porque lo escribo yo, que sí soy igual a todos los otros que escriben blogs de discos, pero pienso y hablo por mí mismo. Tampoco es un remedo de oráculo inapelable, ni siquiera un intento de separar la paja del trigo.

Originalmente iba a estar dedicado a aquellas perlas de batea de ofertas que han encontrado un lugar en mi discoteca (de ahí el nombre). Sin embargo, al comprobar que -parafraseando al poeta- “todo disco cuenta una historia" (siempre), me pareció que no aguantaría mi propia mezquindad por serle fiel a un esquema determinado. Así que aquí conviven (historias sobre) discos que me costaron menos que un cappucino de parado junto a otros que se consumieron mi presupuesto completo de un mes para "cultura&entretenimiento". Por eso -reitero- este no es un blog de “crítica de discos”; después de todo nunca he recibido hasta ahora discos gratis de parte de alguna compañía y/o artista para escribir sobre eso. Sí, en cambio, están presentes las vivencias (¡tono confesional incluído!) y recuerdos que no puedo evitar asociar con muchos discos de mi colección. Asociaciones ilícitas algunas de ellas, pero es lo que hay.

Para quien, tras haber leído el párrafo anterior, no le alcancen las manos para atajar los bostezos que salen de su boca, no tengo más que comprensión en dosis generosas y el deseo sincero de que pase un buen momento con el terabyte de MP3 totalmente libres de identidad y sustancia que almacena en su ordenador.


Justa advertencia: este no es un espacio pluralista porque lo realizo sólo yo, sin que me importen nimiedades tales como el hecho de tener razón o no. El mito de la objetividad periodística es pisoteado con ganas. No hay sumisión genuflexa frente a ninguna vaca sagrada de la historia del rock y sí loas a artistas cuya existencia no pasó totalmente desapercibida sólo porque tuvieron la suerte de que por lo menos yo comprara uno de sus discos alguna vez. El único que tiene un salvoconducto en su haber y goza de impunidad (casi) absoluta es el espíritu nerd, ese que lleva a algunas personas a comprar cuatro versiones de un mismo disco o pasarse una tarde entera toqueteando perillas de un amplificador tratando de emular “ese” sonido de guitarra (sin lograrlo finalmente).

(*Marilene: no sé si desde Burgos se ve, pero la muesca en la superficie de mi pereza es producto del goteo de tu perseverancia. A ver qué sucede…)