viernes, 21 de septiembre de 2012

Deme dos, pero que sean sombríos, por favor...



Me vi confrontado con la primera review de un disco de Nick Cave & The Bad Seeds (“The good son”) en la bisagra entre enero y febrero de 1991, a través de la desaparecida revista Rock&Pop. No recuerdo exactamente (aunque tengo una fuerte sospecha) quién fue el crítico responsable del artículo, pero del tono dominantemente positivo del mismo me quedó grabada una descripción según la cual, la música de NC&TBS podía ser imaginada como -palabras más, palabras menos- una especie de “blues sin guitarras”.

Una puesta en contexto se hace indispensable. En 1990 las discográficas argentinas habían vuelto a publicar (si bien tímidamente) más discos tras la depresión del año anterior; el formato CD pedía pista pero, tal vez por el aire enrarecido de la inestabilidad económica, estaría dando vueltas por lo menos unos meses más en el aire. En mi caso, el disco de vinilo seguía siendo EL medio válido, mientras el cassette era lo más parecido a lo que hoy ofrecen los servicios de streaming: un vehículo para acceder (a través de insondables meandros de amigos/conocidos) a la música que la radio no pasaba, conservando un carácter provisorio, como paso previo a decidir la compra (o la no-compra) del álbum.



En mi círculo de amigos/conocidos no había fans de Nick Cave que pudieran desasnarme; bah, sí: el novio de la amiga de una compañera de trabajo, al que había conocido en una reunión social, pero algún viso medio chantún en la actitud del muchacho me hizo desistir de profundizar mi interés por Cave a través de él. Así las cosas, y teniendo en cuenta que en aquel momento “blues” eran para mí  las dosis homeopáticas de Stevie Ray Vaughan en un cassette TDK (cortesía de un compañero del curso de alemán), imaginar eso sin guitarras no me resultaba lo suficientemente atractivo como para ponerme a buscar el disco en bateas.

Un par de años más tarde, aterricé en estas tierras, donde enseguida me enteré de que Cave era una figura fraterno-filio-paternal de la escena de entendidos-que-escuchan-lo-que-hay-que-escuchar (= esos que suelen levantar una nube de pedantería alrededor de los músicos que ponderan, volviéndolos inaccesibles para gente como uno). Algo similar a lo que ocurre con Bowie: tanto Cave como el Duque Blanco instalaron en Berlín Occidental sus bases de operaciones en momentos clave de sus respectivas carreras y los alemanes premian esas actitudes con un abono de cariño vitalicio…

Cuando finalmente tuve acceso a la música del bueno de Nick pude constatar que aquello de “blues sin guitarras” había sido un despropósito de alguien que se había quedado corto de etiquetas (*algún tiempo atrás leí el nombre de Cave dentro de una nube estilística apodada “rock noir”, que –humildemente creo- le hace un poquitín más de justicia al asunto). 

Pero no fue sino hasta febrero de 2011 que compré mis primeros dos CDs de NC&TBS como parte de un fecundo raíd por bateas de ofertas. En la sección “Entretenimiento y Electrónica” de su filial local la otrora prestigiosa cadena de tiendas Karstadt había instalado media docena de mesas de saldos, dos (o tres) de las cuales estaban repletas de CDs a precios absolutamente irrisorios y, pensándolo bien, indignos en términos de la valoración de la música como producto artístico, o sea: poniendo el énfasis en “producto”, en detrimento de lo “artístico”. Es obvio que, ante semejante festín servido, mi espíritu melómano censuró ese tipo de elucubraciones filosóficas y me dediqué ipso facto a separar manualmente aquello que no merecía quedarse ahí. Después de una hora de revolver y sopesar, me dirigí a la caja sosteniendo cuidadosamente una pila de una docena (o un poquito más) de CDs, tres de los cuales eran: “Nocturama” y  “Dig, Lazarus, dig” (x 2, porque mi amigo Oliver cumplía años unas semanas más tarde). Cada uno de ellos por menos de € 2,50, un importe que lleva implícita la certeza de no poder equivocarse demasiado. Y, en el caso de los discos de Cave, no lo ha sido bajo ningún aspecto.


La verdad es que toda la saga de bólido    autodestructivo a través del cual se forjó la leyenda de Nick Cave siempre me interesó muy poco, más allá de que esas circunstancias sean inseparables del perfil de su obra. Tampoco voy a ponerme en un viaje arqueológico que me deposite en los primeros escarceos de The Birthday Party, la patada post-punk con la que Cave inició su derrotero desde su Melbourne natal.
Tal vez por ese interés casi marginal, “Nocturama” (2003; obra que la crítica en su momento trató con respeto pero sin entusiasmo) me haya resultado una escucha placentera. El tono crepuscular del álbum es absolutamente coherente con el título, así como también lo es la foto de portada. Es fácil ceder al encanto de baladas como “Wonderful life”, “He wants you” y –especialmente- “There is a town” (sobre todo para aquellos cuyos sentimientos pendulan entre el aquí y el allá). Un paseo taciturno que sólo es interrumpido por el vértigo de “Dead man in my bed” y los 15’ de grito urgente de “Babe, I’m on fire”.

En la tapa del librillo de “Dig, Lazarus dig!!!” Cave aparece con sus nuevos bigotes de cafiolo y una guitarra eléctrica contra su cuerpo (que en el disco prácticamente no toca, aunque sí lo hace en vivo desde entonces) y no son los únicos rastros que ha dejado en él el intermezzo oxigenador del proyecto Grinderman (que espera por su aparición en este blog). El groove que mece la apertura con el título homónimo y el cierre con “More news from nowhere” parece apadrinado por la sociedad Bill Wyman/Charlie Watts y, aún en los momentos más calmos del disco, no hay rastros de las baladas criminales con las que Nick Cave se ha granjeado la admiración de los degustadores de tímpano negro. La distorsión y los bordes asperos son una presencia habitual a lo largo de todo el álbum. Pareciera que Warren Ellis, compatriota-compinche de Cave, ha tomado definitivamente el timón eléctrico en la banda, ya sea a través del violín o la viola, instrumentos que -en sus manos y tras recorrer un puñado de efectos al borde de un ataque de nervios- suenan mucho menos diáfanos que lo que sus nombres harían suponer.


Después de haber visto en televisión algunas presentaciones en vivo del álbum en cuestión, éste me parece todavía mejor, más en términos de justificar un lugar en mi colección que de sorprenderme en oleadas de entusiasmo.

Tanto “Nocturama” como “Dig...” han sido objeto de opulentas reediciones aumentadas en las últimas semanas. Si todo ese lujo podrá superar la performance de calidad/precio que yo hice con apenas € 5 es una pregunta que, por el momento, no tengo interés en dilucidar. Aunque nunca se sabe...

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