Me vi
confrontado con la primera review de un disco de Nick Cave & The Bad Seeds
(“The good son”) en la bisagra entre enero y febrero de 1991, a través de la
desaparecida revista Rock&Pop. No recuerdo exactamente (aunque tengo una
fuerte sospecha) quién fue el crítico responsable del artículo, pero del tono
dominantemente positivo del mismo me quedó grabada una descripción según la
cual, la música de NC&TBS podía ser imaginada como -palabras más, palabras
menos- una especie de “blues sin guitarras”.
Una puesta
en contexto se hace indispensable. En 1990 las discográficas argentinas habían
vuelto a publicar (si bien tímidamente) más discos tras la depresión del año
anterior; el formato CD pedía pista pero, tal vez por el aire enrarecido de la
inestabilidad económica, estaría dando vueltas por lo menos unos meses más en
el aire. En mi caso, el disco de vinilo seguía siendo EL medio válido, mientras
el cassette era lo más parecido a lo que hoy ofrecen los servicios de
streaming: un vehículo para acceder (a través de insondables meandros de
amigos/conocidos) a la música que la radio no pasaba, conservando un carácter
provisorio, como paso previo a decidir la compra (o la no-compra) del álbum.
En mi círculo de amigos/conocidos no había fans de Nick Cave que pudieran desasnarme; bah, sí: el novio de la amiga de una compañera de trabajo, al que había conocido en una reunión social, pero algún viso medio chantún en la actitud del muchacho me hizo desistir de profundizar mi interés por Cave a través de él. Así las cosas, y teniendo en cuenta que en aquel momento “blues” eran para mí las dosis homeopáticas de Stevie Ray Vaughan en un cassette TDK (cortesía de un compañero del curso de alemán), imaginar eso sin guitarras no me resultaba lo suficientemente atractivo como para ponerme a buscar el disco en bateas.
Un par de
años más tarde, aterricé en estas tierras, donde enseguida me enteré de que
Cave era una figura fraterno-filio-paternal de la escena de
entendidos-que-escuchan-lo-que-hay-que-escuchar (= esos que suelen levantar una
nube de pedantería alrededor de los músicos que ponderan, volviéndolos
inaccesibles para gente como uno). Algo similar a lo que ocurre con Bowie:
tanto Cave como el Duque Blanco instalaron en Berlín Occidental sus bases de
operaciones en momentos clave de sus respectivas carreras y los alemanes
premian esas actitudes con un abono de cariño vitalicio…
Cuando
finalmente tuve acceso a la música del bueno de Nick pude constatar que aquello
de “blues sin guitarras” había sido un despropósito de alguien que se había
quedado corto de etiquetas (*algún tiempo atrás leí el nombre de Cave dentro de
una nube estilística apodada “rock noir”, que –humildemente creo- le hace un
poquitín más de justicia al asunto).
Pero no fue
sino hasta febrero de 2011 que compré mis primeros dos CDs de NC&TBS como
parte de un fecundo raíd por bateas de ofertas. En la sección “Entretenimiento
y Electrónica” de su filial local la otrora prestigiosa cadena de tiendas
Karstadt había instalado media docena de mesas de saldos, dos (o tres) de las
cuales estaban repletas de CDs a precios absolutamente irrisorios y, pensándolo
bien, indignos en términos de la valoración de la música como producto
artístico, o sea: poniendo el énfasis en “producto”, en detrimento de lo
“artístico”. Es obvio que, ante semejante festín servido, mi espíritu melómano
censuró ese tipo de elucubraciones filosóficas y me dediqué ipso facto a separar manualmente aquello
que no merecía quedarse ahí. Después de una hora de revolver y sopesar, me
dirigí a la caja sosteniendo cuidadosamente una pila de una docena (o un
poquito más) de CDs, tres de los cuales eran: “Nocturama” y “Dig, Lazarus, dig” (x 2, porque mi amigo
Oliver cumplía años unas semanas más tarde). Cada uno de ellos por menos de €
2,50, un importe que lleva implícita la certeza de no poder equivocarse
demasiado. Y, en el caso de los discos de Cave, no lo ha sido bajo ningún
aspecto.
La verdad es que toda la saga de bólido autodestructivo a través del cual se forjó la leyenda de Nick Cave siempre me interesó muy poco, más allá de que esas circunstancias sean inseparables del perfil de su obra. Tampoco voy a ponerme en un viaje arqueológico que me deposite en los primeros escarceos de The Birthday Party, la patada post-punk con la que Cave inició su derrotero desde su Melbourne natal.
Tal vez por
ese interés casi marginal, “Nocturama” (2003; obra que la crítica en su momento
trató con respeto pero sin entusiasmo) me haya resultado una escucha
placentera. El tono crepuscular del álbum es absolutamente coherente con el
título, así como también lo es la foto de portada. Es fácil ceder al encanto de
baladas como “Wonderful life”, “He wants you” y –especialmente- “There is a
town” (sobre todo para aquellos cuyos sentimientos pendulan entre el aquí y el
allá). Un paseo taciturno que sólo es interrumpido por el vértigo de “Dead man
in my bed” y los 15’ de grito urgente de “Babe, I’m on fire”.
En la tapa
del librillo de “Dig, Lazarus dig!!!” Cave aparece con sus nuevos bigotes de
cafiolo y una guitarra eléctrica contra su cuerpo (que en el disco
prácticamente no toca, aunque sí lo hace en vivo desde entonces) y no son los
únicos rastros que ha dejado en él el intermezzo oxigenador del proyecto
Grinderman (que espera por su aparición en este blog). El groove que mece la
apertura con el título homónimo y el cierre con “More news from nowhere” parece
apadrinado por la sociedad Bill Wyman/Charlie Watts y, aún en los momentos más
calmos del disco, no hay rastros de las baladas criminales con las que Nick
Cave se ha granjeado la admiración de los degustadores de tímpano negro. La
distorsión y los bordes asperos son una presencia habitual a lo largo de todo
el álbum. Pareciera que Warren Ellis, compatriota-compinche de Cave, ha tomado definitivamente
el timón eléctrico en la banda, ya sea a través del violín o la viola,
instrumentos que -en sus manos y tras recorrer un puñado de efectos al borde de
un ataque de nervios- suenan mucho menos diáfanos que lo que sus nombres harían
suponer.
Después de
haber visto en televisión algunas presentaciones en vivo del álbum en cuestión,
éste me parece todavía mejor, más en términos de justificar un lugar en mi
colección que de sorprenderme en oleadas de entusiasmo.
Tanto
“Nocturama” como “Dig...” han sido objeto de opulentas reediciones aumentadas
en las últimas semanas. Si todo ese lujo podrá superar la performance de
calidad/precio que yo hice con apenas € 5 es una pregunta que, por el momento,
no tengo interés en dilucidar. Aunque nunca se sabe...

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