Hubo un tiempo, hasta no hace muchos años atrás (tres
o cuatro, para ser más preciso), en que una de mis disquerías preferidas
cultivaba este hábito insano y provocador:
el primer día hábil de cada mes, cerca del mediodía, ponía en su
catálogo online una serie (léase: algunos cientos) de CDs/DVDs/LPs a precios de
liquidación absolutamente delirantes, pero se trataba de ejemplares únicos, por
lo cual el margen de duda (“¿lo compro o no?“) debía reducirse a un mínimo imperceptible,
porque en el e-commerce los clientes no se ven las caras pero, en un caso así,
un click oportuno puede tener la
contundencia de un cross de derecha en la lucha cuerpo a cuerpo por ESA joyita
en peligro de extinción.
Así, en aquellos primeros días hábiles de mes, yo
solía proveerme, para deleite propio y ajeno: algunas piezas eran regalos para
amigos, otras tenían una performance atendible a través de la reventa.
Y fue... mmmhhh... en febrero de 2008, posiblemente,
que apareció en esa avalancha de ofertas “Live it out”, de Metric, una banda canadiense
que hasta ese momento me resultaba ignota. Como el disco estaba realmente MUY
barato me tomé unos minutos para buscar información y, como lo que encontré
sonaba prometedor, compré. “Live...” finalmente resultó flojito (*Metric
cumpliría la promesa más tarde, pero eso es tema para otra entrada) y sin
embargo me condujo a un descubrimiento mucho más gratificante: “Knives don’t
have your back”, el álbum solista de Emily Haines, a la sazón, frontwoman y
compositora de Metric.
En la edad de piedra del streaming este disco independiente de una artista que no era una
estrella planetaria estaba curiosamente disponible en la red (*haciendo la
salvedad de que la regla es que TODO está disponible en la red, pero no todos
le hemos entregado el corazón a BitTorrent) para ser escuchado de principio a
fin. Y, tras la primera oída completa,
la decisión de comprarlo no fue nada comparado con la necesidad de tenerlo.
Habrá tardado unos 10 días en el camino postal desde EE.UU.: otra variante de
“dulce espera”.
Emily Haines podría haber llenado la gráfica de su
álbum con planos más o menos picantes de su belleza espartana y distante, algo
que siempre vende. Pero no: sólo una foto de medio cuerpo y mal iluminada en el
reverso del digipack. En este disco queda claro desde la tapa misma que la
intención no es la presencia prepotente en los charts sino tomar sensibilidades
por asalto. Y no simplemente la sensibilidad de uno, que es un blando, sino
también la de viejos sobrevivientes en el mar picado del rock business, tal el
caso de Robert Wyatt, quien en las notas de la contratapa apadrina a la Haines
al tiempo que proveé sugerencias para apreciar su arte:
“Haines no
toma una ruta predecible hacia el interior de tu cabeza. Sin
grandilocuencia. (...) Tranquilamente,
cerrando la puerta de la etapa detrás de sí, esquivando el deslumbramiento por
los primeros planos, por ahora. Se desliza por el borde del escenario, casi
desaparece, (...) y de repente la tenés justo al lado de tu oreja. Ella habla su idioma pero no estés tan seguro
de saber lo que ella está pensando: puede ser todo un código. (...) Quedaste
enganchado, pero no es su culpa; tal vez ella sólo estaba diciendo 'Hola'.”
O sea: destacar un puñado de canciones, analizar sus
letras liberándolas del énfasis de la interpretación... todos ejercicios
probablemente inútiles. Emily tiene las riendas e invita (¡no obliga!) a bajar
el tempo y entregarse.
Entonces, en el cielo que “Knives don’t...” pinta en
la cabeza del oyente las nubes son
grises pero no densas. El parque que “Knives don’t...” pinta en la cabeza del
oyente está cubierto de hojarasca pero permite ver el sendero que conduce a
casa.
En estos cuatro años no recuerdo haber escuchado este
disco en un día soleado, pero cada escucha ha sido un deleite sereno arropado
con la sobriedad de la melancolía.
Y así como en su excursión solista Emily Haines supo
-tal vez sin intención- conjurar la esencia del otoño sin estridencias, años
después buscó casi de incógnito inspiración en un lugar al sur de Sudamérica.
Otra historia, otra entrada...


A Emily la descubrí gracias a Broken Social Scene. Di con esa banda de casualidad y en esa búsqueda de cosas nuevas que van pasando sin dejar nada, me detuve en ellos. Y hurgué en sus derivados, con Feist como buen augurio. Así fue que como Amy Millan me dijo muy poco, la Haines fue una delicia. Es más, Metric llegó después y como consecuencia de este disco. El año pasado, en un festival que tenía a Beady Eye y The Strokes por estrellas (y a Goldfrapp entre otros), los BSS la invitaron para dos temas: “Anthems for a seventeen year old girl”, y “Almost crimes”. No puedo decir que haya saciado mi sed, pero al menos me saqué el gusto de verla sobre un escenario. Supongo que Metric va a venir en algún momento. Espero.
ResponderBorrarHasta ahora he probado poco con los BSS, entre otras cosas porque también me he detenido en Feist y esta chica/Metric.
ResponderBorrarNo me caben dudas de que en algún festival porteño, de estos entre octubre y diciembre (no necesariamente 2012...), los van a poner como parte de un paquete. Después queda a criterio de uno si disfruta más de la quinchigésima visita de The Wailers o de lo que sucede en el 2do escenario ;-)