Durante la
semana hay una serie de actividades de rutina que tienen lugar en el
escritorio, frente a la computadora. Y si el dichoso aparato dispusiera de un
expendedor de café y tostadas ni siquiera existiría la necesidad de interrumpir
el flujo de actividades para ir a preparar el desayuno en la cocina. Como
complemento de un colación sustanciosa para arrancar el día resulta fundamental
la elección de la música que va a acompañar el proceso. En ese sentido podría
echar mano a un estante con algunos cientos de discos (*esto no es
exhibicionismo: este blog es consecuencia directa de esos cientos de discos;
así de simple), elegir un puñado y resolver el asunto libre de riesgos. Pero, a
su vez, de ese modo estaría poniéndole un cepo a dos de los aspectos más
apasionantes de este dulce incordio que implica la melomanía: la curiosidad y
el azar.
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miércoles, 26 de junio de 2013
lunes, 4 de febrero de 2013
Gerontología
Ayer me levanté
con el firme propósito de escribir una nueva entrada en el blog, pero sin la
más mínima idea sobre cuál de los discos (*que se acumulan por docenas en la
lista de espera) aterrizaría en el escritorio para ser objeto de disección.
Mientras preparaba el almuerzo dominical, la función “random” de mi reproductor
de música me premió con “Ir a más”, de Los Abuelos de la Nada, y, cual acto
reflejo, me obligó a atar cabos: fue a principios de febrero de 1983 que, en
medio de las vacaciones de verano, fui con mi familia a Rosario; mis padres
seguramente tenían que hacer algunas compras o liquidar algún trámite. Mis
objetivos, en cambio, eran dos y bien claros: comprar mi “cassette de
vacaciones” y buscar a mi amigo José Luis para pasar unos días en mi casa en el
pueblo, inaugurando con él una tradición de estancias/visitas veraniegas que,
casi sin interrupciones, se prolongaría por más de veinte años.
martes, 18 de diciembre de 2012
Justo lo que necesitaba
Debe haber sido
durante uno de los recreos de aquel viernes. José Luis me dijo que tenía dinero
para comprarse “un par de discos” el sábado y me preguntó si podía recomendarle
algunos. Yo nunca había escuchado hasta ese momento a The Cars, pero 1)sabía
que eran una banda new-wave con trayectoria y 2)su disco “Heartbeat City”
llevaba semanas bien arriba en la fotocopia del ranking de Billboard que
pegaban en la vidriera de nuestras disquerías preferidas... a los 15 años
algunos solíamos pensar que esos eran indicadores de algo bueno. Al
reencontrarnos el lunes siguiente lo primero que hizo fue agradecerme eufóricamente
por sugerirle justamente ese disco; en cambio, creo que se le desfiguró el
rostro para reprocharme el haberle recomendado también “Undercover” de los
Rolling Stones, un álbum que -según él- era tan horrible que yo tendría que
hacerme cargo de lo que le había costado.
viernes, 16 de noviembre de 2012
El teatro solitario del viejo Jeff
Este disco lo he
comprado hasta ahora dos veces: en vinilo y en CD. Entre las dos veces deben
haber mediado poco más de diez años. Las dos veces fueron un negocio
espectacular, en términos de precio/beneficio. Lo que pasa es que, aún cuando hubiera que pagar una pequeña fortuna por él, “Armchair theatre”, debut solista de Jeff Lynne, siempre tiene una recompensa
amable para el oído dispuesto.
Fijo un límite
temporal arbitrario: a partir de 1982 estaba tácitamente prohibido reconocerse
públicamente como fan de la Electric Light Orchestra. No significaba un
problema para mí, que en ese momento estaba ocupado con otras músicas, además
de no entender cómo los ingleses en el último minuto nos robaron el partido si
los locutores de Galtieri se habían pasado dos meses diciendo “vamos ganando”.
Pero en la escuela conocí a un tipo (dos cursos por encima) que en un recreo me
contó, que no sólo le encantaba ELO, sino también Journey, una banda cuyos
discos -en Argentina- han sido puntualmente editados tanto como consecuentemente
ignorados. En tren de
confesiones, para aquella época yo también había deportado mis cassettes y
vinilos de ABBA al fondo de la caja y la pila, respectivamente, donde los
guardaba.
sábado, 10 de noviembre de 2012
Suede, las canciones de cuna y los miedos
Estoy escuchando un
disco que, además de un enorme placer sensitivo, me está dando miedo. Miedos.
Hace tres días que lo
tengo, después de un golpecito de suerte en eBay, porque –como se verá luego- ya
no se consigue por las vías habituales; mejor dicho: hay disquerías con surtido
gourmet que muy probablemente lo tengan, pero a precios que... Cómo sea: tengo
que retroceder bastante para que se entienda lo de los miedos que mencioné
arriba.
En la primavera de
1994, mientras me adaptaba a mi nueva vida de casado-emigrado (¡los dos estatus
adquiridos en el término de una semana!), descubría (sí: descubría) tardíamente
al David Bowie que en 1994 valía la pena, o sea el de 15 o 20 años antes.
viernes, 12 de octubre de 2012
Tom Waits y los héroes locales
Un jovencísimo Richard Coleman eligió “Raindogs” como
uno de sus tres discos preferidos en la encuesta de fin de año de 1985 de la
revista Pelo. Ahí leí por primera vez el nombre “Tom Waits”. Como el carácter
transitivo suele estar a sus anchas en el esquema de pensamiento de los
adolescentes, a mí se me ocurrió que si la música de este Waits le gustaba
tanto a Coleman debía ser por su cuño post-punk de guitarras envolventes y
atmósferas sombrías. Error. Veintisiete años más tarde sé que los gustos musicales
de Richard Coleman son tan amplios como la variedad de paisajes de la Argentina
(algo que celebro), pero mi contacto inicial con un disco de Tom Waits me dejó
más interrogantes que certezas y, de éstas últimas, la más patente fue “esto no
es para mí”.
El romance con géneros musicales que precedían al
rock. La presencia sólo eventual de la guitarra y -encima- en un plano
subordinado al de otros instrumentos tan... tan... como las marimbas. El sonido
rústico, como de sótano lleno de trastos viejos y construído en falsa escuadra.
Y esa voz, gutural hasta el dolor (incluso ajeno: como un acto reflejo atenía a
agarrarme de mi propia garganta, como si ese canto gruñón saliera de ahí).
Claramente, nada de eso tenía que ver con las preferencias de un jovencito
musicalmente socializado en los 80s.
Pero no fueron esas sino otras las razones por las
cuales la incorporación del bueno de Tom en mi discoteca es muy reciente (*tan
reciente como ayer mismo). Hasta hace unos años, cada vez que en una charla o en un encuentro social,
de esos en los que el esnobismo suele ser la bebida más solicitada, la sola
mención de su nombre generaba oleadas de veneración tan minimalista como hueca,
del tipo “uuuy, claaaaro: Tom Waits...¡maestro!“. Quiero decir, cada una de esas
situaciones me hacía retroceder un paso o dos en mis intenciones de volver a
intentarlo con Waits por las mías. En un momento finalmente lo logré. Ahora sé que no me
gusta toda su obra (tampoco la he escuchado completa ni por asomo), pero sí el
terreno que ara como el artista singular que es.
lunes, 8 de octubre de 2012
Una casa llena de música
En noviembre de 1986 nos aprestábamos a
terminar la escuela secundaria y, con ese trámite casi resuelto, nos
encontramos un atardecer de sábado en el departamento de Javier, el único de mi
clique con canal de música en su TV por cable, como paso previo a una salida
nocturna. En un momento apareció un vídeo que mostraba a un grupo desconocido
para todos. Sin embargo Javier ya lo conocía y me recomendó prestarle atención.
Era colorido (¿qué vídeo musical de mediados de los 80s no lo era...?) e incorporaba ingeniosos elementos de
animación sobre la imagen de los músicos tocando. La canción tenía un tono
optimista y trasuntaba un aire de sinceridad, de falta de impostación. Raro en
mí, ni se me ocurrió anotarme el nombre.
Cuando tres meses más tarde terminó el verano,
y con él la garantía de adolescencia protegida en un colegio privado, me enteré
que esa banda se llamaba Crowded House (Neil Finn, guitarra y voz, Paul Hester,
batería y voz, y Nick Seymour, bajo y voz), eran neocelandeces, tenían un
simple de alta rotación en la radio (“Don’t dream it’s over”) y un álbum
homónimo que valía la pena escuchar de punta a punta... y que yo no estaba en
condiciones de comprar porque lo antecedía una lista de prioridades imposible
de financiar.
No pasó mucho tiempo hasta que mi amigo José Luis (que con su
pyme como DJ no sólo empezaba a hacer buen dinero, sino que TENÍA QUE comprarse
discos como material de trabajo) accedió a grabármelo. En un cassette virgen
Grundig, cajita color marrón traslúcido, etiqueta amarilla cuadriculada... no es un
acto prodigioso de memoria: el cassette todavía anda dando vueltas en una pila
que me ha acompañado hasta acá y me niego a eliminar.
viernes, 21 de septiembre de 2012
Deme dos, pero que sean sombríos, por favor...
Me vi
confrontado con la primera review de un disco de Nick Cave & The Bad Seeds
(“The good son”) en la bisagra entre enero y febrero de 1991, a través de la
desaparecida revista Rock&Pop. No recuerdo exactamente (aunque tengo una
fuerte sospecha) quién fue el crítico responsable del artículo, pero del tono
dominantemente positivo del mismo me quedó grabada una descripción según la
cual, la música de NC&TBS podía ser imaginada como -palabras más, palabras
menos- una especie de “blues sin guitarras”.
Una puesta
en contexto se hace indispensable. En 1990 las discográficas argentinas habían
vuelto a publicar (si bien tímidamente) más discos tras la depresión del año
anterior; el formato CD pedía pista pero, tal vez por el aire enrarecido de la
inestabilidad económica, estaría dando vueltas por lo menos unos meses más en
el aire. En mi caso, el disco de vinilo seguía siendo EL medio válido, mientras
el cassette era lo más parecido a lo que hoy ofrecen los servicios de
streaming: un vehículo para acceder (a través de insondables meandros de
amigos/conocidos) a la música que la radio no pasaba, conservando un carácter
provisorio, como paso previo a decidir la compra (o la no-compra) del álbum.
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