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viernes, 29 de mayo de 2015

Comprando Inglaterra por 15 euros

Después de mucho tiempo una entrada que -sin ambages- le hace honor al nombre del blog.                                 
En la noche del miércoles, durante la tanda publicitaria en TV, me enteré (de eso se trata la publicidad) que a partir de ayer una de las cadenas de tiendas de electrodomésticos y electrónica más grandes de por acá iniciaba otra de sus (cada vez más frecuentes) campañas de oferta de CDs y/o DVD/BluRay; esta vez bajo el lema “500 CDs a € 5 c/u”. O sea: un claro llamado a las armas. Así, organicé mis trámites para la mañana de ayer de modo tal que fuera posible estar apenas pasadas las 10 h. (horario de apertura) parado sobre la escalera mecánica que me depositaría frente a las bateas.

Ya en el lugar, la búsqueda estaba acotada a un par de títulos que había pispado la noche anterior en la página web de la tienda. Comencé a buscar entonces con avidez en las cajas de cartón (*¡las bateas son para los artículos full price, nene!), luchando contra la potente iluminación del local reflejada sobre el lomo de los cientos y cientos de cajitas de plástico y el celofán, que las recubre y potencia ese brillo tan desagradable a la vista. Cuando finalmente encontré LOW (David Bowie) y THE SOUND OF THE SMITHS me dirigí CASI sin titubear a la caja repitiéndome como mantra “para mayo, ya está bien”. Pero resulta que... ay, esos imponderables... sobre una isla de ofertas ubicada justo al bajar de la escalera mecánica y acceder a las cajas, había una pila de ejemplares de PARKLIVE (Blur), que también formaba parte de la selección de 500 cedés rebajados y en mi pesquisa doméstica se me había pasado por alto. Y, si la duda es realmente una jactancia de los intelectuales, en el acto me asumí como un cabeza, decreté la necesidad y urgencia súbitas y manoteé sin miramientos.

Hábito objetable el de los empleados de comercio que resuelven cuestiones laborales internas en los puntos de atención al cliente. Por eso, a pesar de ser el primero en la cola de la única caja habilitada a esa hora de la mañana, me armé de paciencia pensando en la panzada de música que me daría al llegar a casa. En eso, caí en la cuenta de que tenía en la mano los álbumes de tres artistas que no sólo eran ingleses, sino que -a juzgar por su modo particular de hacer propia esta cosa del rock- tampoco podrían haber surgido de otro lugar que no fuera Inglaterra. La de los 60s, la de los 80s y la de los 90s. Entonces, mientras metía el botín en la mochila y a mí, que no soy fan ni del “Genesis con Gabriel” ni del “Genesis de Phil Collins”, se me ocurrió que acababa no de vender Inglaterra por una libra, sino de -en cierto modo- comprarla por 15 euros.

En vísperas de las últimas Pascuas me escapé con mi esposa en una visita relámpago a Londres, que implicó para mí poner un pie por primera vez fuera del lujo estandarizado del gigantesco aeropuerto de Heathrow... entre otras cosas porque esta vez hicimos el viaje en tren. Si bien en tres intensos días de estadía la impresión más fuerte fue la del carácter apabullante de la mayor metrópoli europea, los recorridos incesantes de A hasta B (*y de ahí hasta C, pasando antes por H y J), sirvieron para captar mucho de la atmósfera de la ciudad, incluso haciendo (o intentando, al menos) el ejercico mental de trasladarse hacia atrás en el tiempo para entender momentos y movimientos, con la ayuda de esas esquinas y coordenadas sobre las que uno ha leído durante años, siguiendo la trayectoria de The Fulanos, The Menganos y demás. En ese sentido fue fundamental disponer de la compañía e inconmensurable paciencia de mi esposa, baqueana experimentada en estas lides de mostrarles a los demás los edificios soberbios y también los callejones mal iluminados de la capital imperial.

Una escucha (por primera vez el álbum completo; nunca es tarde...) a LOW confirma mi idea de que las trilladas loas a la trilogía berlinesa de Bowie rayan la exageración. Nunca voy a terminar de amigarme con esos pasajes puramente instrumentales, que derrochan más pretensión que horizonte y probablemente estarían más a gusto en el contexto de una banda de sonido que en el de un disco de música pop. Todavía estoy dudando si se queda o se va.

Bowie en los 70s tardíos: un londinense errante re-formateando su dandismo en la ambivalencia de la Berlín dividida.




THE SOUND OF THE SMITHS probablemente sea uno de los best of más completos  (y, por ende, menos mezquinos) que conozco, de esos que alivian el trámite cuando uno se halla ante el dilema de “mmmh... taaan fanático no soy, tengo problemas de espacio y no suficiente tiempo para dedicarle a la discografía completa”. Las canciones recontra-escuchadas y que siguen gustando, las menos conocidas para los legos pero dignas de ser descubiertas... y un puñadito de las otras. Veintitrés en total. Un triunfo.

The Smiths en los 80s: cuatro paisanos de Manchester cantando (¿conjurando?) sobre el pánico en las urbes del Reino Unido, renegando ácidamente del thatcherismo y esperando el día en que los miembros de la familia real se conviertan en homeless.





PARKLIVE, que documenta el apoteósico concierto que dio Blur dentro del programa de clausura de los juegos olímpicos de Londres 2012, todavía está sin abrir, si no es como cuando te regalan una caja de bombones y a las 7 de la tarde te das cuenta que te los comiste todos solo y en una siesta. Cuando salió sólo escuché un par de cosas en streaming, así que no sé exactamente qué me espera, más allá de las críticas entusiastas que el álbum cosechó cuando fue publicado.

El trip londinense de abril estuvo definitivamente marcado por Blur: un par de semanas antes de la edición de su primer álbum de estudio en más de una década, la máquina promocional había llegado a velocidad crucero y uno de mis souvenirs consistió en comprar el número de MOJO con la banda en la tapa y un informe hasta la médula (como es saludable costumbre en MOJO) en un kiosco de King’s Cross. El obligado paseo por Hyde Park tuvo lugar bajo la invocación del espíritu de Live 8 y -justamente- ParkLive, y no tanto la idea de estar gastando suela en un imponente espacio verde de más de 250 ha. de superficie.

Blur en los 90s “y en el 2000 también”: aguafuertes de la sociedad inglesa, a veces con el preciosismo de unos Kinks 2.0, otras veces tomando distancia para tratar de ver más claro y encontrar al individuo.





En el noticiero de la noche el premier británico David Cameron en la cumbre de ministros de hacienda de la Unión Europea en Dresden, haciendo declaraciones a la prensa como si sus interlocutores fueran pasantes de un periódico escolar. Y uno lo escucha y piensa que hay una forma de soberbia imperial que es como los restos de comida entre los dientes, que salen a la luz cada vez que la persona abre la boca. Ignora que en las tiendas de discos alemanas, lo que verdaderamente importa de su Inglaterra, se consigue por €15.

jueves, 30 de octubre de 2014

Johnny Marr, solista tardío

Me gusta Johnny Marr.                                                                                                     
Antes no me gustaba o, mejor dicho, no entendía qué era lo que le gustaba tanto de su arte a quienes ponderaban desde los 80s los discos de su banda madre, The Smiths. De su promiscuo deambular por grupos y colaboraciones varias desde que los Smiths se despidieran hace ya 27 años, tampoco tomé demasiada nota (repito: no me gustaba), más allá del dato en sí mismo y la pregunta “pero, ¿no estaba tocando en/con…?“.

Cuando a mediados de la década pasada puso su nombre y sus canciones al frente de una banda, The Healers, recuerdo que la prensa especializada hizo cola para pegarle por -entre otras cosas- no estar a la altura de las expectativas (*que la prensa misma tenía puestas en él) ni del legado de los Smiths. Trato injusto: cualquiera que haya estado a unos metros de este muchacho sabrá que sus hombros son demasiado estrechos para cargar semejante peso. Lo cierto es que aquel affaire discográfico terminó relativamente pronto en las bateas de ofertas de las tiendas y si no es objeto de disección en este espacio se debe al simple hecho de que una vez lo escuché en internet y no pude sino adherir a la decepción de la crítica, con una diferencia: yo no le había jugado tantas fichas.

Lockdown by Johnny Marr on Grooveshark

Hace un par de años Johnny fue a la MusikMesse en Frankfurt a presentar el modelo de guitarra que Fender le hizo a medida y puso al alcance de aquellos a quienes le alcanza. Ahí fue cuando, al pasar cerca del stand en el que firmaba autógrafos, comprobé el asunto de sus hombros y también que su atildado look brit tenía un punto flojo: el tono azabache profundo con el que tiñe su pelo. Sí me sorprendió un poco la cantidad de gente haciendo cola para obtener una firma sobre el librillo de un CD o sacarse una foto (o las dos cosas, ¡qué tanto!); supuestamente era un artista de culto...

En 2013, cuando aparecieron los primeros anuncios sobre “The messenger”, su debut solista (*se ve que el disco con The Healers resultó una especie de hijo negado), se confirmaron mis sospechas de que aquello de la guitarra con su nombre olía a “operativo retorno”. A esa altura, mis reservas respecto a su aporte al devenir del rock y al manual del guitarrista eléctrico habían quedado de lado: un poquito de análisis de la materia (en este caso: escuchar, ver y probar) puede tener resultados harto gratificantes.

Cuando “The messenger” finalmente salió lo escuché ansioso y, por esas cosas de las estrategias de ventas, lo conseguí a precio promocional. Debo reconocer que esta vez sí tenía expectativas puestas en el disco. Y Johnny cumplió.
Una docena de canciones de rock (*es la mejor definición que se me ocurre en este momento) enérgicas, en las que la sobriedad y la filigrana se reparten los puntos. El virtuosismo de hacer que todo sea luz en lugar de luces posándose sobre el ego de éste o aquel.

En la música de este Johnny Marr del siglo XXI hay pocos rastros de aquella que complementaba la poesía incómoda de Morrissey en los lejanos 80s. Su britanismo tampoco se recuesta -por ejemplo- en la glorificación del legado beatle. Las canciones son urgentes sin ser punk, la melancolía se abre pequeños espacios aquí y allá, y su guitarra tiene otros colores sonoros, pero sigue siendo elocuente y creativa.

Habiéndose puesto él mismo las ropas de cantautor, cabe preguntarse si Marr tiene algo para decir. Y sí, tiene. Modestamente -como el rango de su voz- sus letras cuentan sobre la vida urbana moderna, la amenaza de perder la esencia a manos de la máquina, la identidad a manos de la masa, Europa como refugio para propios y ajenos... El lenguaje no es (tan) explícito y el expresionismo light de las formas a veces no ayuda (al menos para quien no tiene al inglés como lengua materna), pero hay una conexión con el linaje “zurdito” de bandas inglesas como Heaven 17 o Scritti Politti, que en los 80s llevaron a los charts y las pistas baile sus lecturas de Marx y Gramsci.

Con la excusa de presentar “The messenger” Johnny Marr recorrió el mundo durante un año.Y se ve que le tomó el gusto a esto de ser solista y hacer canciones, porque cuando paró, se metió en el estudio con su banda super-aceitada, para grabar ”Playland”, que se ha editado hace pocas semanas, renovando las credenciales de su antecesor y sonando ya en escenarios europeos.

Johnny Marr se hizo solista a los 50. Nunca es tarde cuando la dicha es buena. Me gusta.

jueves, 18 de octubre de 2012

Tu arsenal es mi arsenal



“Your arsenal” es MI disco de Morrissey. Y no lo digo porque esté cumpliendo 20 años, lo cual ameritaría una reedición que mejore la oferta magra (en términos de obra de arte integral; la música está bien así, muchachos) de la original de 1992. 

Yo, que en la época en que era de rigor ponerse la camiseta de The Smiths para que el gusto musical de uno fuera tomado en serio en ciertos círculos, los consideraba una banda definitivamente sobrevalorada, tuve que llegar a la música de Morrissey gracias a la pluma exquisitamente antipática de Marcelo Montolivo, uno de los ¿periodistas de rock?¿más injustamente?¿ignorados? de la Argentina.
En aquel tiempo Montolivo escribía en la revista Rock&Pop y sus artículos/columnas/reseñas se habían convertido para mí en el material más interesante, aún cuando el porcentaje de coincidencia con sus recomendaciones y/o críticas lapidarias fuera relativamente bajo: sus escritos salpicados de giros corrosivos (¡y aquí nadie habla necesariamente de humor!) chuceaban la indiferencia del lector y -como en mi caso- prácticamente lo obligaban a acercarse a esa música para comprobar la veracidad (o no) de sus dichos. Así, en el anuario de 1992, en las clásicas listas de “Los 10 mejores discos del año“, Montolivo incluyó dos que uno no esperaría de un punk irredento como él, lo cual demostraba que lo de “punk irredento” era mero prejuicio o -en el mejor de los casos- sólo un matiz. Uno de esos dos discos era “Your arsenal” que pasó de su lista de “lo mejor del año“ a mi lista de „lo que me falta escuchar“.