Me vi
confrontado con la primera review de un disco de Nick Cave & The Bad Seeds
(“The good son”) en la bisagra entre enero y febrero de 1991, a través de la
desaparecida revista Rock&Pop. No recuerdo exactamente (aunque tengo una
fuerte sospecha) quién fue el crítico responsable del artículo, pero del tono
dominantemente positivo del mismo me quedó grabada una descripción según la
cual, la música de NC&TBS podía ser imaginada como -palabras más, palabras
menos- una especie de “blues sin guitarras”.
Una puesta
en contexto se hace indispensable. En 1990 las discográficas argentinas habían
vuelto a publicar (si bien tímidamente) más discos tras la depresión del año
anterior; el formato CD pedía pista pero, tal vez por el aire enrarecido de la
inestabilidad económica, estaría dando vueltas por lo menos unos meses más en
el aire. En mi caso, el disco de vinilo seguía siendo EL medio válido, mientras
el cassette era lo más parecido a lo que hoy ofrecen los servicios de
streaming: un vehículo para acceder (a través de insondables meandros de
amigos/conocidos) a la música que la radio no pasaba, conservando un carácter
provisorio, como paso previo a decidir la compra (o la no-compra) del álbum.
