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domingo, 30 de diciembre de 2012

Otra lista que nadie necesita



Estoy de vacaciones (muy) lejos de mi estante de discos, lo cual no sería tan grave (*tengo material de reserva) si no fuera por la laxitud-entre-Fiestas y el calor agobiante de la Pampa Húmeda, que atentan contra la mejor voluntad bloggerística. Por eso, para que este espacio tenga continuidad, me decidí por la misma salida a la que recurren TODAS las redacciones periodísticas para maquillar su propia languidez en esta época del año: una lista con lo mejor de los últimos doce meses. 


Hace años ya que no leo las listas de „lo (supuestamente) mejor del año”. Bah, sí lo hago, pero con  desdén. Por más que uno haya levantado por décadas las banderas de una pretendida curiosidad (*en términos de no conformarse con lo que aprueba el consenso de las masas y seguir buscando música nueva y excitante en las grietas), la sensación de que en el rock y el pop todo lo nuevo viene con una fecha de vencimiento cada vez más cercana, es algo decepcionante. Como bien decía el estribillo de uno de mis temas favoritos de una de mis bandas favoritas: “Hip today, you’ll be gone tomorrow...”. ¿Reaccionario? Y sí… tal vez… un poquito… obligado por las circunstancias, la dictadura de los hipsters y eso…

viernes, 12 de octubre de 2012

Tom Waits y los héroes locales



Un jovencísimo Richard Coleman eligió “Raindogs” como uno de sus tres discos preferidos en la encuesta de fin de año de 1985 de la revista Pelo. Ahí leí por primera vez el nombre “Tom Waits”. Como el carácter transitivo suele estar a sus anchas en el esquema de pensamiento de los adolescentes, a mí se me ocurrió que si la música de este Waits le gustaba tanto a Coleman debía ser por su cuño post-punk de guitarras envolventes y atmósferas sombrías. Error. Veintisiete años más tarde sé que los gustos musicales de Richard Coleman son tan amplios como la variedad de paisajes de la Argentina (algo que celebro), pero mi contacto inicial con un disco de Tom Waits me dejó más interrogantes que certezas y, de éstas últimas, la más patente fue “esto no es para mí”.

El romance con géneros musicales que precedían al rock. La presencia sólo eventual de la guitarra y -encima- en un plano subordinado al de otros instrumentos tan... tan... como las marimbas. El sonido rústico, como de sótano lleno de trastos viejos y construído en falsa escuadra. Y esa voz, gutural hasta el dolor (incluso ajeno: como un acto reflejo atenía a agarrarme de mi propia garganta, como si ese canto gruñón saliera de ahí). Claramente, nada de eso tenía que ver con las preferencias de un jovencito musicalmente socializado en los 80s.

Pero no fueron esas sino otras las razones por las cuales la incorporación del bueno de Tom en mi discoteca es muy reciente (*tan reciente como ayer mismo). Hasta hace unos años, cada vez que en una charla o en un encuentro social, de esos en los que el esnobismo suele ser la bebida más solicitada, la sola mención de su nombre generaba oleadas de veneración tan minimalista como hueca, del tipo “uuuy, claaaaro: Tom Waits...¡maestro!“. Quiero decir, cada una de esas situaciones me hacía retroceder un paso o dos en mis intenciones de volver a intentarlo con Waits por las mías. En un momento finalmente lo logré. Ahora sé que no me gusta toda su obra (tampoco la he escuchado completa ni por asomo), pero sí el terreno que ara como el artista singular que es.