Un jovencísimo Richard Coleman eligió “Raindogs” como
uno de sus tres discos preferidos en la encuesta de fin de año de 1985 de la
revista Pelo. Ahí leí por primera vez el nombre “Tom Waits”. Como el carácter
transitivo suele estar a sus anchas en el esquema de pensamiento de los
adolescentes, a mí se me ocurrió que si la música de este Waits le gustaba
tanto a Coleman debía ser por su cuño post-punk de guitarras envolventes y
atmósferas sombrías. Error. Veintisiete años más tarde sé que los gustos musicales
de Richard Coleman son tan amplios como la variedad de paisajes de la Argentina
(algo que celebro), pero mi contacto inicial con un disco de Tom Waits me dejó
más interrogantes que certezas y, de éstas últimas, la más patente fue “esto no
es para mí”.
El romance con géneros musicales que precedían al
rock. La presencia sólo eventual de la guitarra y -encima- en un plano
subordinado al de otros instrumentos tan... tan... como las marimbas. El sonido
rústico, como de sótano lleno de trastos viejos y construído en falsa escuadra.
Y esa voz, gutural hasta el dolor (incluso ajeno: como un acto reflejo atenía a
agarrarme de mi propia garganta, como si ese canto gruñón saliera de ahí).
Claramente, nada de eso tenía que ver con las preferencias de un jovencito
musicalmente socializado en los 80s.
Pero no fueron esas sino otras las razones por las
cuales la incorporación del bueno de Tom en mi discoteca es muy reciente (*tan
reciente como ayer mismo). Hasta hace unos años, cada vez que en una charla o en un encuentro social,
de esos en los que el esnobismo suele ser la bebida más solicitada, la sola
mención de su nombre generaba oleadas de veneración tan minimalista como hueca,
del tipo “uuuy, claaaaro: Tom Waits...¡maestro!“. Quiero decir, cada una de esas
situaciones me hacía retroceder un paso o dos en mis intenciones de volver a
intentarlo con Waits por las mías. En un momento finalmente lo logré. Ahora sé que no me
gusta toda su obra (tampoco la he escuchado completa ni por asomo), pero sí el
terreno que ara como el artista singular que es.
No me voy a extender en el anecdotario de las veces en
las que estuve cerca de comprar uno de sus álbumes y me quedé en el amago. Ayer
y por sólo € 4,99 finalmente me hice de “Blood money” (2002), que tiene todos
los condimentos que supuestamente hacen a un disco de Tom Waits pero, en mi
caso particular, con un plus. “Blood money” es el nombre que Waits eligió para
agrupar en ese formato las canciones que compusiera para la adaptación que Robert
Wilson (dramaturgo con el cual ya había colaborado antes) hizo de la obra
“Woyzeck” de Georg Büchner.
Georg Büchner fue un precoz escritor alemán a quien la
muerte sorprendió a los 24 años, con un opus breve pero deslumbrante en su haber, y a quien
el mundo de la literatura le atribuye unánimemente el potencial de un Goethe o
un Schiller... de no haber sido por el tifus. Y lo que es más importante: fue
un nativo de Darmstadt, la ciudad en la que llevo viviendo no sólo la mayor
parte de mi vida adulta, sino el lugar en el que más tiempo he tenido residencia
fija. Por eso (por Büchner, no por mi domicilio) es que el premio literario más
importante de Alemania se entrega anualmente aquí y no en ciudades de mayor
fama. Es así con la cuota de patriotismo local...
La historia de “Woyzeck” (basada en una figura real)
tiene puntos de contacto con “The wall”, el megalodrama en clave de pompa y
rock de Pink Floyd: la historia de un carácter vulnerable/vulnerado (Woyzeck,
un soldado) al cual el trato impiadoso de su entorno lo lleva a la locura. Sin
embargo, Tom Waits y su esposa Kathleen Brennan (desde hace años co-escribe las
letras) lejos están de haber creado una obra comprensible solamente a partir
de la lógica de un guión. Se trata más bien de una colección de típicas canciones
waitsianas, con espacio para el romanticismo, la melancolía y pinceladas de
causticidad.
En “Misery Is The River of the World” y “God's Away On Busines“
Tom vuelve a calibrar su garganta en la misma frecuencia que Lucas, el monstruo
comegalletas de Plaza Sésamo; “Coney Island Baby” y “The Part You Throw Away”
son el espacio para el baladista sentido de timbre áspero, mientras “A Good Man
Is Hard To Find” cierra el ciclo trayendo los ecos de Louis Armstrong al siglo
XXI. En síntesis: la receta con los probados ingredientes de siempre.
Del mismo modo, la música recorre los andariveles
estilísticos que Tom Waits conoce de memoria. En este caso, los elementos deudores
del vodevil alemán que hizo popular la dupla Kurt Weill/Bertolt Brecht dan
cuenta de una simpática coincidencia, en tanto Brecht era un confeso admirador
de... Georg Büchner.
Tampoco es casualidad que sea en una de las salas del Staatstheater (teatro municipal) de
Darmstadt donde desde 2011 se representa esta adaptación de “Woyzeck”, en una
puesta ambiciosa que incluye una banda en vivo interpretando la partitura de
Waits/Brennan con un instrumental como de casa de empeños similar al registrado
en “Blood money”.
A propósito: Fito Páez incluyó en “La la la”, su
colaboración con Spinetta de 1986, una pieza instrumental llamada “Woyzeck”. El
joven Páez ya era habilidoso en cuestiones de name-dropping. No recuerdo cómo sonaba su tema. Si quiero tengo “La
la la” al alcance de la mano, pero hoy prefiero volver a escuchar los gloriosos
gruñidos de Tom.

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