viernes, 12 de octubre de 2012

Tom Waits y los héroes locales



Un jovencísimo Richard Coleman eligió “Raindogs” como uno de sus tres discos preferidos en la encuesta de fin de año de 1985 de la revista Pelo. Ahí leí por primera vez el nombre “Tom Waits”. Como el carácter transitivo suele estar a sus anchas en el esquema de pensamiento de los adolescentes, a mí se me ocurrió que si la música de este Waits le gustaba tanto a Coleman debía ser por su cuño post-punk de guitarras envolventes y atmósferas sombrías. Error. Veintisiete años más tarde sé que los gustos musicales de Richard Coleman son tan amplios como la variedad de paisajes de la Argentina (algo que celebro), pero mi contacto inicial con un disco de Tom Waits me dejó más interrogantes que certezas y, de éstas últimas, la más patente fue “esto no es para mí”.

El romance con géneros musicales que precedían al rock. La presencia sólo eventual de la guitarra y -encima- en un plano subordinado al de otros instrumentos tan... tan... como las marimbas. El sonido rústico, como de sótano lleno de trastos viejos y construído en falsa escuadra. Y esa voz, gutural hasta el dolor (incluso ajeno: como un acto reflejo atenía a agarrarme de mi propia garganta, como si ese canto gruñón saliera de ahí). Claramente, nada de eso tenía que ver con las preferencias de un jovencito musicalmente socializado en los 80s.

Pero no fueron esas sino otras las razones por las cuales la incorporación del bueno de Tom en mi discoteca es muy reciente (*tan reciente como ayer mismo). Hasta hace unos años, cada vez que en una charla o en un encuentro social, de esos en los que el esnobismo suele ser la bebida más solicitada, la sola mención de su nombre generaba oleadas de veneración tan minimalista como hueca, del tipo “uuuy, claaaaro: Tom Waits...¡maestro!“. Quiero decir, cada una de esas situaciones me hacía retroceder un paso o dos en mis intenciones de volver a intentarlo con Waits por las mías. En un momento finalmente lo logré. Ahora sé que no me gusta toda su obra (tampoco la he escuchado completa ni por asomo), pero sí el terreno que ara como el artista singular que es.


No me voy a extender en el anecdotario de las veces en las que estuve cerca de comprar uno de sus álbumes y me quedé en el amago. Ayer y por sólo € 4,99 finalmente me hice de “Blood money” (2002), que tiene todos los condimentos que supuestamente hacen a un disco de Tom Waits pero, en mi caso particular, con un plus. “Blood money” es el nombre que Waits eligió para agrupar en ese formato las canciones que compusiera para la adaptación que Robert Wilson (dramaturgo con el cual ya había colaborado antes) hizo de la obra “Woyzeck” de Georg Büchner.

Georg Büchner fue un precoz escritor alemán a quien la muerte sorprendió a los 24 años, con un opus breve pero deslumbrante en su haber, y a quien el mundo de la literatura le atribuye unánimemente el potencial de un Goethe o un Schiller... de no haber sido por el tifus. Y lo que es más importante: fue un nativo de Darmstadt, la ciudad en la que llevo viviendo no sólo la mayor parte de mi vida adulta, sino el lugar en el que más tiempo he tenido residencia fija. Por eso (por Büchner, no por mi domicilio) es que el premio literario más importante de Alemania se entrega anualmente aquí y no en ciudades de mayor fama. Es así con la cuota de patriotismo local...

La historia de “Woyzeck” (basada en una figura real) tiene puntos de contacto con “The wall”, el megalodrama en clave de pompa y rock de Pink Floyd: la historia de un carácter vulnerable/vulnerado (Woyzeck, un soldado) al cual el trato impiadoso de su entorno lo lleva a la locura. Sin embargo, Tom Waits y su esposa Kathleen Brennan (desde hace años co-escribe las letras) lejos están de haber creado una obra comprensible solamente a partir de la lógica de un guión. Se trata más bien de una colección de típicas canciones waitsianas, con espacio para el romanticismo, la melancolía y pinceladas de causticidad.   
  

En “Misery Is The River of the World” y “God's Away On Busines“ Tom vuelve a calibrar su garganta en la misma frecuencia que Lucas, el monstruo comegalletas de Plaza Sésamo; “Coney Island Baby” y “The Part You Throw Away” son el espacio para el baladista sentido de timbre áspero, mientras “A Good Man Is Hard To Find” cierra el ciclo trayendo los ecos de Louis Armstrong al siglo XXI. En síntesis: la receta con los probados ingredientes de siempre.

Del mismo modo, la música recorre los andariveles estilísticos que Tom Waits conoce de memoria. En este caso, los elementos deudores del vodevil alemán que hizo popular la dupla Kurt Weill/Bertolt Brecht dan cuenta de una simpática coincidencia, en tanto Brecht era un confeso admirador de... Georg Büchner.

Tampoco es casualidad que sea en una de las salas del Staatstheater (teatro municipal) de Darmstadt donde desde 2011 se representa esta adaptación de “Woyzeck”, en una puesta ambiciosa que incluye una banda en vivo interpretando la partitura de Waits/Brennan con un instrumental como de casa de empeños similar al registrado en “Blood money”.

A propósito: Fito Páez incluyó en “La la la”, su colaboración con Spinetta de 1986, una pieza instrumental llamada “Woyzeck”. El joven Páez ya era habilidoso en cuestiones de name-dropping. No recuerdo cómo sonaba su tema. Si quiero tengo “La la la” al alcance de la mano, pero hoy prefiero volver a escuchar los gloriosos gruñidos de Tom.

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