miércoles, 24 de octubre de 2012

El payaso que sonreía mientras se comía a sus ex-compañeros.



Cada año que se inicia trae consigo una serie de expectativas e interrogantes, algunos más sustanciosos que otros: “¿estaré yo o los que me rodean hoy dentro de 12 meses celebrando lo mismo?”, por caso. Otros, como “¿cuál será el disco que más veces escucharé este año?“, son definitivamente más ligeros y le van de perillas al perfil de este modesto espacio. 

2012 aún no ha terminado pero ya sé cuáles son los discos que más a menudo habré escuchado hasta el 31 de diciembre: “Eat’em and smile” y “Skyscraper”, los dos primeros álbumes solistas de David Lee Roth. ¿Por qué precisamente dos trabajos aparecidos entre 1986-88, que ni siquiera suelen tener gravitación a la hora de los balances (“lo mejor del año X“, “discos fundamentales del género X”, etc.) y que suelen ser valorados solamente por los respectivos fans de los músicos involucrados? Si lo supiera, a principios de año no habría interrogantes sino una to-do list

Pero la gracia del blog está en contar una historia alrededor de la música y supongo que, aunque sea rascando la olla, algo debe haber. Cuando a principios de año se anunció la salida del nuevo álbum de Van Halen, el primero después de 28 años (!!!) con David Lee Roth (DLR) al micrófono, se me entreveraron el escepticismo y la ilusión, pero igualmente empecé a hacer la entrada en calor volviendo a escuchar discos de rock inoxidable como “Van Halen 1” o “1984”.  El regreso efectivo finalmente se produjo semanas más tarde, bajo el nombre “A different kind of truth”. El material, que dio por tierra con los pronósticos agoreros y renovó la alegría de saberse fan desde “aquella época”, me dejó con ganas de más. Entonces me zambullí a escuchar -vía streaming- los dos discos que son objeto de este artículo. En un momento me di cuenta que se había transformado en un acto casi diario conectarme a Spotify, buscar una o dos novedades hip recomendadas en Pitchfork o Rolling Stone y terminar tipeando “David Lee Ro...” para volver a escuchar esos álbumes. Siempre de a dos. O de a tres, como se verá luego (*).


Cuando DLR anunció en 1985 que abandonaría Van Halen, se formaron -lógica pero tontamente- dos bandos. Yo quedé en el de los supuestamente “leales”, porque el valor agregado del grupo para mí residía en los yeites predeciblemente impredecibles de la guitarra de Eddie Van Halen llenando el espacio y desafiando la capacidad de asombro.  Meses después aparecieron casi simultáneamente (al menos en Argentina) “5150”, donde Van Halen presentaba a Sammy Hagar como nuevo cantante, e “Eat’em and smile”, en el cual DLR estaba prácticamente obligado a poner toda la carne en el asador, después de la exitosa broma que había resultado “Crazy from the heat”, su EP de 1985. En ese contexto, una vez escuché a alguien decir “Van Halen se quedó con la guitarra, pero DLR se llevó la onda”. Si mi desprecio hubiera tenido potencia láser habría fulminado a esa persona en el acto y sin miramientos. Hoy debo admitir que mi gusto y preferencia por “5150” fue un mero acto de obstinación adolescente, a lo que se sumaba el hecho de haber recibido el disco como un regalo y que éste fuera mi primer vinilo importado (*si bien “sólo” de Brasil, pero hasta Brasil estaba en aquellos días lo suficientemente lejos de mis horizontes).

Efectivamente Van Halen se había quedado con la guitarra y había hecho migas con un cantante que traía en el bolso algunos de los trucos más mersas del rock norteamericano. Además había recurrido a Mick Jones como productor. Para los neófitos: Mick Jones es el cantante/guitarrista/compositor inglés que, invocando el nombre Foreigner, desde hace décadas suele rodearse de músicos más o menos competentes para publicar discos de pop-rock de confección con ínfulas de duro, de esos que les encantan a los programadores de radios inofensivas.

DLR, en cambio, se había asegurado el apoyo de Ted Templeman, el productor que, a lo largo de seis discos, había ayudado a moldear la matriz inconfundible del “sonido Van Halen”. Para nivelar las cosas desde el aspecto instrumental había formado una banda en la que sobresalían el bajista Billy Shehann y Steve Vai, la supernova más brillante en el firmamento guitarrístico de aquellos días. Vai, que venía de interpretar “partes de guitarra imposibles” que Frank Zappa escribía para su propia banda pero él mismo no podía ejecutar, calentaba el ambiente con una plétora de recursos técnicos ingeniosos y virtuosismo salvaje, sin dejar de lado la gracia y el buen gusto. Que además hubiera co-escrito la mitad del material no es un detalle menor, porque la vigencia de “Eat’em...” no radica sólo en las preformances explosivas de DLR o en el dream-team de músicos convocados para la ocasión, sino en la consistencia de las canciones. El hard rock de festichola, salpicado de pop, funk  y vodevil, potencia la vena de comediante de Roth, que desde el principio lo había colocado en un lugar diferente (superior, para mi gusto) al de la mayoría de sus colegas. El resultado final es un affaire tan explícitamente hedonista como las calzas de spandex de rigor, pero de una musicalidad avasalladora.


 Cuando apareció “Skyscraper”, en 1988, yo estaba transitando ese limbo de hastío y humillación conocido como “servicio militar obligatorio” y sólo me enteré de su existencia porque fue consignada con alguna reseña en la revista Rock&Pop

A principios de 1990, con la economía -en general y la mía propia- todavía diezmada por la hiperinflación del año anterior, mi única fuente para seguir cultivando el hábito del coleccionismo discográfico eran las bateas y mesas de ofertas. Así, en una de mis recorridas semanales, di con “Skyscraper” rebajado a una fracción del precio de lista y no dudé.  

El disco no tenía el impacto inmediato de su predecesor, lo cual obligaba a escucharlo más veces para entenderlo/apreciarlo/enamorarse. Estaba claro que, a pesar de mantener todo el personal de “Eat’em...”, había una búsqueda sonora diferente. Incluso la atmósfera general tiene arrebatos (poquitos, mínimos, pero...) de algo que –cuidadosamente- podría definirse como “instrospección”. Resulta en cierto sentido paradójico que, habiéndose hecho cargo de la producción Steve Vai, los teclados pasaran a ocupar un lugar tan preminente, lo cual -dicho sea de paso- no implica que las guitarras no siguieran aportando el elemento musical decisivo. En el plano de las novedades, Roth se daba el lujo de incluir “Damn good”, mi preferida entre todas las baladas zeppelinianas que Page&Plant jamás compusieron, con Vai haciendo pases de magia negra desde su guitarra de 12 cuerdas. Pero, a pesar de las virtudes del disco, yo seguí apostando mis fichas a Van Halen. 


Un viejo adagio aconseja que nunca hay que cambiar un equipo ganador. Sin embargo, cuando DLR tuvo que encarar lo que sería su tercer trabajo solista, “A little ain’t enough”, no pudo retener a su super-banda y tuvo que recurrir a músicos solventes pero intercambiables, mientras componía junto a gente que sólo le ayudaba a repetir fórmulas. Así, tanto éste como los álbumes posteriores condujeron su carrera solista hacia una espiral descendente, con un premio similar a la irrelevancia al final del recorrido. En perspectiva, a Van Halen (y la música rock en general) también le habría hecho bien hacer las paces con Roth en aquel tiempo, para no manchar su trayectoria con esos discos en buena medida deshonrosos (aún cuando comercialmente muy redituables) que editaron hasta fines de los 90s.

Cómo sea, redescubrí estos dos discos que, con sus diferencias, para mí conforman una unidad y, al ser relativamente breves, se dejan escuchar sin problemas uno detrás del otro. Creo que “Eat’em...” ha superado con más entereza la prueba del tiempo, pero “Knucklebones”, la ya mencionada “Damn good”, “Hot dog and a shake” y “Two fools in a minute” son perlitas tan disfrutables hoy como hace 24 años.

  





Hace unas semanas, en una tienda online, los descubrí en oferta. ¿Precio? Una risa. Para disfrutar de estos discos ya no dependo de la gratuidad o no del servicio de streaming. ¡Satisfacción garantizada!



(*) existe una versión completa de "Eat'em and smile" en español bastante difícil de conseguir en formato físico. Apenas subsanada esa falta, el disco será motivo de una actualización de esta entrada.

3 comentarios:

  1. Me pasó igual que a vos, quedé debajo de la bandera de Van Halen. David Lee Roth era el de los videos divertidos, y poco más. En las notas de las revistas "especializadas", Eddie hablaba de música y DLR de chicas. Y una vez salido 5150, me decepcioné bastante con VH, ni hablar con OU812. Recien con "F.U.C.K." me reconcilié. Aún así, "Why can't this be love" me sigue resultando irresistible. Cuando vino al Lua Park una de las versiones de G3, disfruté de la dupla Sheehan-Vai (con McAlpine en teclados, que cuando agarraba la guitarra, merecía hacerse un lugar en un eventual G4) y me pasaron por arriba. En vivo, y con la limitación inherente al hecho de no ser guitarrista, Satriani siempre me pareció más interesante que Vai. Menos previsible y tribunero. Pero Vai entiende mucho mejor el concepto de banda, es menos "solista" que Satriani. Hoy ando bastante alejado de esos virtuosismos, y confieso que aún cuando me gustó, no le dediqué al regreso de Van Halen el tiempo que se merece.

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    1. Creo que "F.U.C.K.", como álbum, es el único rescatable de la era "Van Hagar" > tiene en promedio muchos más temas ganadores que los otros.

      Una de las cosas para las cuales me sirvió volver a escuchar estos dos discos es "ubicarlo" definitivamente a Vai en mis preferencias: el formato-canción le va perfecto y tiene 10.500 ideas para meter en un tema y todas quedan bárbaro; en cambio, sus discos instrumentales me resultan i-nes-cu-cha-bles. Cuestión de gustos.

      Tony McAlpine es un tapado legendario, también como tecladista.

      Los G3, en sus más variadas formas, tienden a aburrirme, excepto que en algún momento pongan a un tipo que haga algo diferente... qué sé yo... alguien como Andy Summers (*una de las encarnaciones ya fue con Fripp, creo)

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    2. Yo vi esa versión, y Fripp se perdió. Tocó 15 minutos de Landscapes colgadísimos para un público en su mayoría metalero, que lo respetó porque era Fripp y solo porque era Fripp. Al final, todos juntos, hicieron de "Red" una sucesión interminable e innecesaria de solos pirotécnicos

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