domingo, 23 de septiembre de 2012

Una afición llamada Elbow



Primavera de 2011 > ELBOW “Build a rocket boys!” > si se otorgara algún tipo de premio al peor timing para editar discos, esa edición no habría tenido competidores. Justo en la estación del año en la que el verde furioso invita a dejar tras de sí todas las tribulaciones del gris-frío-sin-pausa, un disco nuevo de una banda que habitualmente le pone paños fríos a la euforia y que, aún en los momentos en que cae en arrebatos de exultación, no deja de poner eso mismo en suspenso.


Además de todas las cosas horribles que en el año 2001 hicieron del mundo un lugar un poquito más espantoso, recuerdo la profusión de bandas de diverso pelaje que, colgadas del hype de los debutantes The Strokes, inundaron la escena con niveles definitivamente bajos de originalidad: desde su nombres con uso inflacionario del artículo determinante hasta el approach musical, remedo de algo que alguna vez se llamó new wave. Me dediqué entonces a no escuchar ni curiosear nada que a priori pudiera asociar a un capricho pergeñado en la redacción de un medio influyente para consagrar la-nueva-gran-cosa-pan-para-hoy-hambre-para-mañana. ¡Bienvenidos todos al reino del prejuicio, pónganse incómodos! 

Y el modesto acto de compunción que implica reconocer los propios prejuicios tiene que ver con que esa cerrazón me impidió presenciar el surgimiento de algún que otro artista interesante. Nada demasiado trascendente, más allá de la bobada de luego poder decir “yo ya tenía sus discos cuando no los conocía nadie”. Así fue que en 2001 “Asleep in the back”, el álbum debut de Elbow, cayó injustamente (*porque lo suyo no tenía ni tiene nada que ver con lo que musicalmente surgió en ese momento) dentro de mi bolsa de gatos y  pude descubrir a la banda tiempo después, a través de un camino impensado pero no libre de lógica.

Entre los extras del DVD de Peter Gabriel “Growing up live” (2003), en un rinconcito, se consigna como bonus track (en realidad: fondo musical para un álbum de fotos de gira) un remix del tema “More than this” a cargo de Elbow.  En lo que a mí respecta, suele ser el término “remix”sinónimo de sopor garantizado. No es este el caso, pero tampoco es un remix en sentido estricto, sino un híbrido que combina la pista vocal original de Gabriel con Elbow oficiando de banda de apoyo.  El nuevo arreglo inocula la armonía con un tono menor y trueca docenas de capas sonoras por una performance despojada, permitiendo que la canción respire. De pronto, el mensaje esperanzador de la letra parece cantado por alguien que camina cabizbajo. Pura paradoja, pero es el tipo de canción capaz de iluminarme el día.

En la misma época empecé a disfrutar de algunos beneficios (entre los cuales el precio no calificaba como tal) de mi flamante conexión a internet por banda ancha. Uno de ellos estaba en la página de inicio de mi servidor y era un menú de estaciones de radio temáticas. “UK Rock” se convirtió rápidamente en una de mis preferidas. Además de números previsibles como Blur, Oasis y Suede, sonaban en alta rotación los Kaisers Chiefs (con su prometedor 1er álbum), los sobrevalorados Libertines y también “Red” y “Powder blue”, dos canciones que definieron una compra (la del disco que las incluía) y encauzaron una aficción (la mía por Elbow). Hasta ese momento eran para mí una banda instrumental; escuchar la voz de Guy Garvey me llevó a pensar que, antes del convite a remixar uno de sus temas, Peter Gabriel escuchó en él a una versión mucho más joven de si mismo, al tiempo que percibió en la banda a los tempranos Genesis, pero sin tanto énfasis en los lucimientos individuales. Círculo más o menos perfecto.



La canción que da título a su tercer trabajo, “Leaders of the free world” (2005, sustancioso por donde se lo escuche), contiene el brillante estribillo

“...Los líderes del mundo libre
son sólo muchachitos tirando piedras.
Y es fácil ignorarlos
hasta que golpean a tu puerta...”

En 2008 llegó la consagración con “The seldom seen kid” y para mí la posibilidad de verlos en vivo ya que tocaban prácticamente acá a la vuelta. Un pequeño teatro (capacidad: 250 espectadores) abarrotado en el sector de butacas, pero también sobre el escenario, adonde la banda no se privó de llevar un trío de cuerdas para reproducir algo de la opulencia plasmada en el trabajo de estudio.  A la hora de mostrar credenciales no dejaron dudas ni rincones vacíos: sutiles para manejar los climas, generosos en la entrega y en la interacción (al final siempre se luce la banda) y un repertorio capaz de cautivar a los desprevenidos (como mi esposa, que pagó su entrada sólo a instancias mías y salió convertida en fan). Debo admitir que, cuando en algunos de sus temas manotean de los trucos del gospel, mi atención y entusiasmo quedan en stand-by en lugar de corear y prenderse, pero en el resto de la gente la movida evidentemente surte el efecto buscado. Me alegro por ellos.

“Build a rocket, boys!” (que compré a € 4,99 -1/3 del precio original- apenas medio año después de su edición, o sea, pasado el verano, con el aire  y la luzque su música demanda) es el resultado de la siesta después del cenit de popularidad. Un álbum absolutamente libre de sorpresas, en el cual Garvey y sus muchachos, con su pinta de parroquianos de los 1001 pubs, siguen consecuentemente la ruta trazada en su propio GPS; una ruta que es fácil imaginar como esos caminos rurales donde los límites de velocidad permiten disfrutar más de la inmensidad del paisaje. Un álbum que no pide a gritos ser pasado en la radio y que se da el lujo de incluir un mismo tema (“The birds”, ¿alguien preguntó por Scott Walker?) en dos versiones: una que abre el disco y la segunda, donde la banda acompaña en puntas de pie la voz temblorosa de John Moseley, un jubilado que durante 50 años fue el afinador de los pianos de una escuela de música de Manchester (ciudad de origen de Elbow), a cuyos becarios la banda apoya con conciertos a beneficio. Si esto no es romanticismo...

Y hablando de “hacer la suya” y paisajes y eso... en la música de Elbow el oyente avezado no debería tener dificultades en reconocer la influencia de sus connacionales de Talk Talk, que se desvanecieron hace décadas tras desertar de las mieles del éxito comercial.

El mes pasado Elbow musicalizaron el ingreso de los atletas en la ceremonia de cierre de los JJ.OO. Londres 2012. Hace dos semanas editaron “Dead on the boot”, una colección de lados B que no sólo huele a final de contrato con la discográfica, sino que hace pensar en lo disfrutables que son estos mancunianos, aún en los momentos que ellos mismos alguna vez juzgaron como “de segunda selección”.

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