Un
encadenamiento de actos reflejo difícil de cronometrar de modo manual:
- la
cajera pasa el CD por el escáner > el display de la caja muestra € 14,99 en
lugar de los € 8,99 de la etiqueta > enarco las cejas como gesto de sorpresa
y pienso “¡ni loco a ese precio!” > la cajera comienza a llamar a un
supervisor para que le autorice el cambio de precio.
Todo en
dos segundos y fracción, como máximo.
El CD
finalmente durmió en mi mochila una
noche hasta que lo desempaqué y me dispuse a escucharlo. Con auriculares,
política que si no pongo en práctica más a menudo es porque en esta
casa/teléfono/casilla de correo electrónico constantemente hay alguien
requiriendo mi atención... Reprimiendo todos los calificativos-cliché
(“clásico”, “obra cumbre”, etc.) que se apilaban frente al hecho de no haber
escuchado NUNCA AÚN este puñado de canciones tal como fueron ordenadas allá por
1975 y sosteniendo el sobre (booklet, en este caso) correspondiente.
Queen
nunca publicó lo que se conoce como un “álbum conceptual”: en ese sentido y teniendo en cuenta algunos derrapes poéticos de la banda en sus momentos épicos, se podría decir que Dios nos salvó de la Reina. Pero el título “A
night at the opera”, al margen de haber sido un robo poco imaginativo a los
Hermanos Marx, tiene justamente un tufillo a eso. Los temas
del disco están entrelazados (no temáticamente, sino por la ausencia casi total
de pausas entre uno y otro) y sin embargo creo que sería un error abordarlo como si el
tracking estuviera pensado para su desarrollo en una
sala dedicada al canto lírico (*¡qué largo viene esto!). Entonces, mejor encararlo
como lo que es: la cuarta entrega de una de las bandas más ambiciosas de la
historia del rock... en doce actos.
Death on two legs - Una
introducción al piano, cortada por el ataque punzante de la guitarra, precede
al chorro de bilis salpicando en una dirección recurrente en la historia del
rock: un ex-manager que abusa de la confianza puesta en él por una banda joven.
Las diatribas se suceden sin pausa. Seguramente muchos tipos que sufrieron bajo
el pulgar de un jefe tiránico llamaron alguna vez a la radio pidiendo este
tema. Es comprensible; no así el hecho de que el mismo haya ocupado durante años
un lugar fijo en el set-list de sus conciertos.
Lazing on a Sunday Afternoon
- no hace falta más que leer el título (“haraganeando en una tarde de domingo”)
para saber que se está en presencia de un pequeño manifiesto sobre dandismo
hedonista. La banda es puro júbilo decadente en este canapé musical.
I'm in Love with My Car - canciones
apologéticas sobre autos pueden resultarme tan interesantes como una discusión
sobre mediciones geodésicas. Líneas del tipo “le dije a mi chica que tenía que
olvidarla/ y que prefería comprar un nuevo carburador” no ayudan precisamente a
moderar esa posición. Sin embargo, los temas de Roger Taylor, desde lo musical
y sus performances vocales, siempre tuvieron para mí un atractivo especial:
“Drowse”, incluído en el álbum posterior, es un claro ejemplo de ello.
You're My Best Friend - uno se
imagina a John Deacon, rey sin corona del perfil bajo, arrimando sus “temitas” en
los ensayos, tratando de hacerles un lugar entre el pool de éxitos-casi-seguros
de compositores/performers como Mercury y May; digo, uno piensa en ese cuadro
posible y no puede sentir sino un poco de ternura. También son imaginables los
resquemores de divo de Freddie ante un autor consumado que presenta sus
credenciales a través de una canción pop perfecta, compuesta mientras aprendía
a tocar el piano... Encima, cortado como single. Encima, un éxito total. Una
mojada de oreja histórica.
'39 - May en sus temas nunca se
privó de echar mano a la música que escuchó en sus años formativos, en una época
en que el concepto de “retro” no existía. Así que acá va al frente con un skiffle de su propia cosecha, 10 años
después de que la beatlemania le pusiera la tapa al fenómeno skiffle en el
Reino Unido. Inevitablemente decorado con los barroquismos-marca-registrada del
bueno de Brian. Por una vez, Deacon apoya el Fender Precision en una silla y se
para detrás del contrabajo.
Sweet Lady - Queen
resbalando en el charco de su propia fórmula. Una de esas piezas que odiosa
pero justicieramente suelen ser puestas en el cajoncito de los “temas de
relleno”.
Seaside Rendezvous - como si
el protagonista de “Lazing on a...” hubiera conseguido un/a amante.
Musicalmente, Mercury no suelta la rienda del vodevil y, a falta de una sección
de vientos propiamente dicha, él y Taylor la imitan con la boca.
The Prophet's Song – Si el
tema anterior hablaba de un rendezvouz,
siguiendo la veta francofónica, éste es un verdadero tour de force, en un sentido no precisamente positivo. El título
promete una épica digna de las cabalgatas de Iron Maiden, pero claro: en esa
época IM todavía no existía, así que la promesa queda incumplida. En cambio,
Queen sirve una colección de meandros melódicos que desembocan en la exhibición
de Mercury haciendo un canon consigo mismo > 2 minutos de perfecto
multi-tracking con pátina mántrica que en 1975 deben haber sonado revolucionarios;
reitero: en 1975.
Love of My Life - Soy de
los que conoció esta canción en su versión fogonera (¡pero qué fogón!) de “Live
killers”, así que la primera vez que escuché esta (también en mi
pre-adolescencia), me resultó deliberadamente soporífera. Hoy sólo se me dibuja
(en el rostro y en el alma) un gesto atónito ante la versatilidad tímbrica de
la guitarra de May. Eso sí: el arreglo de arpa y la letra corren una carrera de cursilería
con un final cabeza a cabeza.
Good Company - tal vez uno de los mejores ejemplos de la genialidad de Brian May como orquestador de guitarras. Manipulando los controles de su legendaria Red Special hasta exprimirles el último matiz de su paleta sonora, May emula los trombones y clarinetes de los que la canción -un dixieland pura sangre- no puede prescindir. Una perla para escuchar hasta el cansancio...¡sin cansarse!
Bohemian Rhapsody - todo
lo que se pueda escribir a esta altura sobre BR es absolutamente innecesario.
Sólo agregaré que estoy haciendo progresos notables en términos de aprender las
majestuosas partes de guitarra de May, aún cuando el resultado final recuerde
más a las chapucerías de Neil Young.
God Save the Queen – En
plan benévolo se lo puede pensar como un guiño irónico hacia el arreglo de
“Star spangled banner” de Hendrix, pero... mmmhhh... y encima, Roger Taylor
como percusionista de cámara tiene la ductilidad de Godzilla tocando el timbre
en un templo zen.
Deuda saldada.
Y es obvio que me gusta.
Y es obvio que me gusta.


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