sábado, 15 de septiembre de 2012

Veladas de gala, parte 2: Un clásico en la mesa de disección



Un encadenamiento de actos reflejo difícil de cronometrar de modo manual:
- la cajera pasa el CD por el escáner > el display de la caja muestra € 14,99 en lugar de los € 8,99 de la etiqueta > enarco las cejas como gesto de sorpresa y pienso “¡ni loco a ese precio!” > la cajera comienza a llamar a un supervisor para que le autorice el cambio de precio.
Todo en dos segundos y fracción, como máximo.

El CD finalmente durmió en mi mochila  una noche hasta que lo desempaqué y me dispuse a escucharlo. Con auriculares, política que si no pongo en práctica más a menudo es porque en esta casa/teléfono/casilla de correo electrónico constantemente hay alguien requiriendo mi atención... Reprimiendo todos los calificativos-cliché (“clásico”, “obra cumbre”, etc.) que se apilaban frente al hecho de no haber escuchado NUNCA AÚN este puñado de canciones tal como fueron ordenadas allá por 1975 y sosteniendo el sobre (booklet, en este caso) correspondiente.

Queen nunca publicó lo que se conoce como un “álbum conceptual”: en ese sentido y teniendo en cuenta algunos derrapes poéticos de la banda en sus momentos épicos,  se podría decir que Dios nos salvó de la Reina. Pero el título “A night at the opera”, al margen de haber sido un robo poco imaginativo a los Hermanos Marx, tiene justamente un tufillo a eso. Los temas del disco están entrelazados (no temáticamente, sino por la ausencia casi total de pausas entre uno y otro) y sin embargo creo que sería un error abordarlo como si el tracking estuviera pensado para su desarrollo en una sala dedicada al canto lírico (*¡qué largo viene esto!). Entonces, mejor encararlo como lo que es: la cuarta entrega de una de las bandas más ambiciosas de la historia del rock... en doce actos.

Death on two legs - Una introducción al piano, cortada por el ataque punzante de la guitarra, precede al chorro de bilis salpicando en una dirección recurrente en la historia del rock: un ex-manager que abusa de la confianza puesta en él por una banda joven. Las diatribas se suceden sin pausa. Seguramente muchos tipos que sufrieron bajo el pulgar de un jefe tiránico llamaron alguna vez a la radio pidiendo este tema. Es comprensible; no así el hecho de que el mismo haya ocupado durante años un lugar fijo en el set-list de sus conciertos.

Lazing on a Sunday Afternoon - no hace falta más que leer el título (“haraganeando en una tarde de domingo”) para saber que se está en presencia de un pequeño manifiesto sobre dandismo hedonista. La banda es puro júbilo decadente en este canapé musical.

I'm in Love with My Car - canciones apologéticas sobre autos pueden resultarme tan interesantes como una discusión sobre mediciones geodésicas. Líneas del tipo “le dije a mi chica que tenía que olvidarla/ y que prefería comprar un nuevo carburador” no ayudan precisamente a moderar esa posición. Sin embargo, los temas de Roger Taylor, desde lo musical y sus performances vocales, siempre tuvieron para mí un atractivo especial: “Drowse”, incluído en el álbum posterior, es un claro ejemplo de ello.

You're My Best Friend - uno se imagina a John Deacon, rey sin corona del perfil bajo, arrimando sus “temitas” en los ensayos, tratando de hacerles un lugar entre el pool de éxitos-casi-seguros de compositores/performers como Mercury y May; digo, uno piensa en ese cuadro posible y no puede sentir sino un poco de ternura. También son imaginables los resquemores de divo de Freddie ante un autor consumado que presenta sus credenciales a través de una canción pop perfecta, compuesta mientras aprendía a tocar el piano... Encima, cortado como single. Encima, un éxito total. Una mojada de oreja histórica.

'39 - May en sus temas nunca se privó de echar mano a la música que escuchó en sus años formativos, en una época en que el concepto de “retro” no existía. Así que acá va al frente con un skiffle de su propia cosecha, 10 años después de que la beatlemania le pusiera la tapa al fenómeno skiffle en el Reino Unido. Inevitablemente decorado con los barroquismos-marca-registrada del bueno de Brian. Por una vez, Deacon apoya el Fender Precision en una silla y se para detrás del contrabajo.

Sweet Lady - Queen resbalando en el charco de su propia fórmula. Una de esas piezas que odiosa pero justicieramente suelen ser puestas en el cajoncito de los “temas de relleno”.

Seaside Rendezvous - como si el protagonista de “Lazing on a...” hubiera conseguido un/a amante. Musicalmente, Mercury no suelta la rienda del vodevil y, a falta de una sección de vientos propiamente dicha, él y Taylor la imitan con la boca.

The Prophet's Song – Si el tema anterior hablaba de un rendezvouz, siguiendo la veta francofónica, éste es un verdadero tour de force, en un sentido no precisamente positivo. El título promete una épica digna de las cabalgatas de Iron Maiden, pero claro: en esa época IM todavía no existía, así que la promesa queda incumplida. En cambio, Queen sirve una colección de meandros melódicos que desembocan en la exhibición de Mercury haciendo un canon consigo mismo > 2 minutos de perfecto multi-tracking con pátina mántrica que en 1975 deben haber sonado revolucionarios; reitero: en 1975.

Love of My Life - Soy de los que conoció esta canción en su versión fogonera (¡pero qué fogón!) de “Live killers”, así que la primera vez que escuché esta (también en mi pre-adolescencia), me resultó deliberadamente soporífera. Hoy sólo se me dibuja (en el rostro y en el alma) un gesto atónito ante la versatilidad tímbrica de la guitarra de May. Eso sí: el arreglo de arpa y la letra corren una carrera de cursilería con un final cabeza a cabeza. 
 

Good Company - tal vez uno de los mejores ejemplos de la genialidad de Brian May como orquestador de guitarras. Manipulando los controles de su legendaria Red Special hasta exprimirles el último matiz de su paleta sonora, May emula los trombones y clarinetes de los que la canción -un dixieland pura sangre- no puede prescindir. Una perla para escuchar hasta el cansancio...¡sin cansarse!

Bohemian Rhapsody - todo lo que se pueda escribir a esta altura sobre BR es absolutamente innecesario. Sólo agregaré que estoy haciendo progresos notables en términos de aprender las majestuosas partes de guitarra de May, aún cuando el resultado final recuerde más a las chapucerías de Neil Young.

God Save the Queen – En plan benévolo se lo puede pensar como un guiño irónico hacia el arreglo de “Star spangled banner” de Hendrix, pero... mmmhhh... y encima, Roger Taylor como percusionista de cámara tiene la ductilidad de Godzilla tocando el timbre en un templo zen.


Deuda saldada.
Y es obvio que me gusta.

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