No me pregunten cuál fue el cuarto, pero de cuáles
fueron mis primeros 3 CDs me acuerdo perfectamente: el primero, “Jeff Beck’s Guitar Shop”, se lo encargué a una compañera de trabajo que viajaba a EE.UU.;
los dos siguientes llegaron apenas unas semanas después dentro del equipaje de
mi novia, que había hecho un viaje hasta Tierra del Fuego y aprovechado las
ventajas de Ushuaia como zona franca, también a sabiendas que un portalápices
hecho de piñas de araucaria con la inscripción “Recuerdo de Ushuaia” era el
peor souvenir posible. Ah, los discos: “For Unlawful Carnal Knowledge” de Van
Halen y “On every street” de Dire Straits.
El de Van Halen era una apuesta segura. Cómo se le
ocurrió traerme el de Dire Straits puede deberse a que Mark Knopfler y sus
muchachos se habían convertido en uno de los casos más típicos de “banda de
consenso”: su penúltimo álbum, “Brothers in arms” (1985), se había vendido
trillones de veces, pasando a ser uno de los objetos decorativos más habituales
en los livings de gente que suele
comprar uno o dos discos por año, más allá de saciar los cambiantes ánimos de
la radio FM a fuerza de un sonido pasteurizado y hits instantáneos. Así las
cosas, en 1992, “el nuevo de Dire Straits” había que tenerlo por pura inercia.
Y yo lo tuve. Y escuchaba el de Van Halen de punta a punta, pero abusaba de la
teclita de “skip” para escuchar las dos o tres canciones que me gustaban de “On
every...”. Y un día -años después- lo llevé a una tienda de usados como parte
de pago de algún disco caro que ya ni recuerdo.
Cierto es que ese par de canciones que me gustaban
volvió a aparecer en todo este tiempo con una frecuencia cíclica. Hace un par
de años estaba en lo de un amigo, intercambiando yeites de guitarra y
escuchando fragmentos de su colección de discos. Como no lo había visto durante
mucho tiempo, ignoraba que se hubiera vuelto un adorador incondicional de
cualquier cosa que llevara la firma de Mark Knopfler. Cuando puso “Fade to
black”, caí en la cuenta de que había
por lo menos una razón de cuatro minutos para, en algún momento futuro y a un
precio accesible, volver a hacerme del álbum de marras.
Ese momento llegó hace algunas semanas. Versión
remasterizada por € 5 (*al estar el mercado mundial saturado de ellos, el
destino de los discos-de-bandas-de-consenso parece ser aterrizar
indefectiblemente en las bateas de oferta... excepto que hablemos de Beatles o
Queen). Es obvio que el disco no ha cambiado, más allá de que la
remasterización haya emperifollado un poquito los planos sonoros. Tampoco ha
cambiado el arte gráfica, que sigue siendo tan feucha como otrora. Sí han cambiado
mis oídos y mi predisposición a buscar un poco de... vaya uno a saber qué.
Después de una primera oída he comprobado que los
temas que no me gustaban hace 20 años tampoco me gustan hoy: “Ticket to heaven”
(*si el punk no hubiera surgido como reacción a Yes y EL&P probablemente lo
habría hecho en reacción a esto), “My parties”, “When it comes to you”, “Iron
hand”... En cambio, aquellos que me habían gustado desde el
principio renuevan méritos con cada nueva escuchada. Afinando el oído y
habiendo enriquecido mi vocabulario guitarrístico en todo este tiempo, puedo
hacer el esfuerzo necesario para desmadejar la opulencia (por momentos
abrumadora, en un sentido negativo) instrumental y concentrarme en la estrella
tapada de este disco: Paul Franklin, ejecutante exquisito de lapsteel y
pedalsteel. Cuando un escucha a Dire Straits es casi un acto reflejo esperar
los momentos dominantes de la guitarra de Knopfler, con su variedad de matices,
la dinámica altamente expresiva de su fingerpicking y su timbre, algunas veces
cristalino, otras saturado y ronco; dicho esto, es una delicia escuchar los
instrumentos de Knopfler y Franklin “conversando” a lo largo de todo “Calling
Elvis”. En el blues “Fade to black” sucede algo similar, pero con el freno de
mano, como para no desentonar con la cadencia jazzeada de la canción (bah, al
bueno de Mark se le escapan los dedos en un par de compases).
Mi favorito fue, es y probablemente siga siendo “You
and your friend”, una canción donde todos los elementos son imprescindibles:
una armonía cautivante, el reproche despechado y minimalista de Knopfler a su
amante (“... ¿van a pasar vos y tu amigo?... hacémelo saber, así yo puedo hacer
mis planes…“), declamado con un desgano nasal á la Dylan... y otra vez la
alternancia brillante de guitarras: la eléctrica del jefe y otra que -supongo-
es un Dobro a cargo de Franklin, con su ataque rústico e intimidante.
Si agrego “On every street” (la canción) y “Planet of
New Orleans” a la lista de títulos positivos, está claro que este álbum me
puede ahí donde los predecibles rockitos country le dejan lugar a los climas
melancólicos que Mark Knopfler y sus muchachos solían poner tan bien en escena.
Y no tiene nada que ver con el hecho de que afuera esté nevando sin cesar...


No hay comentarios.:
Publicar un comentario