lunes, 21 de enero de 2013

Nada de guitarras callejeras



No me pregunten cuál fue el cuarto, pero de cuáles fueron mis primeros 3 CDs me acuerdo perfectamente: el primero, “Jeff Beck’s Guitar Shop”, se lo encargué a una compañera de trabajo que viajaba a EE.UU.; los dos siguientes llegaron apenas unas semanas después dentro del equipaje de mi novia, que había hecho un viaje hasta Tierra del Fuego y aprovechado las ventajas de Ushuaia como zona franca, también a sabiendas que un portalápices hecho de piñas de araucaria con la inscripción “Recuerdo de Ushuaia” era el peor souvenir posible. Ah, los discos: “For Unlawful Carnal Knowledge” de Van Halen y “On every street” de Dire Straits.



El de Van Halen era una apuesta segura. Cómo se le ocurrió traerme el de Dire Straits puede deberse a que Mark Knopfler y sus muchachos se habían convertido en uno de los casos más típicos de “banda de consenso”: su penúltimo álbum, “Brothers in arms” (1985), se había vendido trillones de veces, pasando a ser uno de los objetos decorativos más habituales en los livings de gente que suele comprar uno o dos discos por año, más allá de saciar los cambiantes ánimos de la radio FM a fuerza de un sonido pasteurizado y hits instantáneos. Así las cosas, en 1992, “el nuevo de Dire Straits” había que tenerlo por pura inercia. Y yo lo tuve. Y escuchaba el de Van Halen de punta a punta, pero abusaba de la teclita de “skip” para escuchar las dos o tres canciones que me gustaban de “On every...”. Y un día -años después- lo llevé a una tienda de usados como parte de pago de algún disco caro que ya ni recuerdo.



Cierto es que ese par de canciones que me gustaban volvió a aparecer en todo este tiempo con una frecuencia cíclica. Hace un par de años estaba en lo de un amigo, intercambiando yeites de guitarra y escuchando fragmentos de su colección de discos. Como no lo había visto durante mucho tiempo, ignoraba que se hubiera vuelto un adorador incondicional de cualquier cosa que llevara la firma de Mark Knopfler. Cuando puso “Fade to black”,  caí en la cuenta de que había por lo menos una razón de cuatro minutos para, en algún momento futuro y a un precio accesible, volver a hacerme del álbum de marras.


Ese momento llegó hace algunas semanas. Versión remasterizada por € 5 (*al estar el mercado mundial saturado de ellos, el destino de los discos-de-bandas-de-consenso parece ser aterrizar indefectiblemente en las bateas de oferta... excepto que hablemos de Beatles o Queen). Es obvio que el disco no ha cambiado, más allá de que la remasterización haya emperifollado un poquito los planos sonoros. Tampoco ha cambiado el arte gráfica, que sigue siendo tan feucha como otrora. Sí han cambiado mis oídos y mi predisposición a buscar un poco de... vaya uno a saber qué.


Después de una primera oída he comprobado que los temas que no me gustaban hace 20 años tampoco me gustan hoy: “Ticket to heaven” (*si el punk no hubiera surgido como reacción a Yes y EL&P probablemente lo habría hecho en reacción a esto), “My parties”, “When it comes to you”, “Iron hand”... En cambio, aquellos que me habían gustado desde el principio renuevan méritos con cada nueva escuchada. Afinando el oído y habiendo enriquecido mi vocabulario guitarrístico en todo este tiempo, puedo hacer el esfuerzo necesario para desmadejar la opulencia (por momentos abrumadora, en un sentido negativo) instrumental y concentrarme en la estrella tapada de este disco: Paul Franklin, ejecutante exquisito de lapsteel y pedalsteel. Cuando un escucha a Dire Straits es casi un acto reflejo esperar los momentos dominantes de la guitarra de Knopfler, con su variedad de matices, la dinámica altamente expresiva de su fingerpicking y su timbre, algunas veces cristalino, otras saturado y ronco; dicho esto, es una delicia escuchar los instrumentos de Knopfler y Franklin “conversando” a lo largo de todo “Calling Elvis”. En el blues “Fade to black” sucede algo similar, pero con el freno de mano, como para no desentonar con la cadencia jazzeada de la canción (bah, al bueno de Mark se le escapan los dedos en un par de compases).

 

Mi favorito fue, es y probablemente siga siendo “You and your friend”, una canción donde todos los elementos son imprescindibles: una armonía cautivante, el reproche despechado y minimalista de Knopfler a su amante (“... ¿van a pasar vos y tu amigo?... hacémelo saber, así yo puedo hacer mis planes…“), declamado con un desgano nasal á la Dylan... y otra vez la alternancia brillante de guitarras: la eléctrica del jefe y otra que -supongo- es un Dobro a cargo de Franklin, con su ataque rústico e intimidante.


Si agrego “On every street” (la canción) y “Planet of New Orleans” a la lista de títulos positivos, está claro que este álbum me puede ahí donde los predecibles rockitos country le dejan lugar a los climas melancólicos que Mark Knopfler y sus muchachos solían poner tan bien en escena. Y no tiene nada que ver con el hecho de que afuera esté nevando sin cesar...

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