Uno se convirtió
en un médico de vasta trayectoria, otro es un historietista consagrado, otro es
representante de una multinacional maldita (o, por lo menos, altamente
controvertida). Y yo estoy retomando este blog que desconoce el favor de las
masas.
Con esas
personas a las que acabo de enunciar según su derrotero profesional éramos
compañeros de curso y -en mayor o menor medida- amigos. Y en ese formato de
cuarteto (que no era una constelación muy habitual y de la que eventualmente
podría haber tomado parte un quinto integrante que no recuerdo) fuimos una
noche de noviembre de 1986 al cine a ver “The breakfast club”, película que había
llegado a la Argentina con casi dos años de atraso, precedida por el dato de
que la música original incluía “’Donchu’ de Simple Minds”. Que el film presentaba a nuestra coetánea Molly Ringwald no nos lo había dicho nadie, pero ese es otro
tema.
Estábamos a
semanas de terminar el secundario, era sábado y -por alguna razón que escapa a
mi memoria- después de la película no quisimos aterrizar en una pizzería, así
que nos metimos en el único supermercado rosarino que tenía abiertas las 24
horas (*en aquella época algo exótico y banalmente revolucionario), compramos
Coca-panlactal-quesocortado-fiambrecortado-sachetdemayonesa y nos fuimos a los
bancos de la paqueta Plaza Pringles a preparar nuestros sánguches y comentar la
película.
De ésta y un
puñado más de situaciones de aquella época me acordé el martes pasado mientras
esperaba que empezara el concierto de Simple Minds que fui a ver/escuchar en Mainz.
Algunos temas de “Once upon a time” (el álbum al que Simple Minds probablemente
le deban su carrera fuera de Europa y que yo compré recién hace un par de años
por € 4,99) enhebrados en el repertorio potenciaron los recuerdos. En este
mismo momento estoy volviendo a escuchar “Once upon...”. En realidad, en estos
días estoy volviendo a escuchar todos los discos de Simple Minds que tengo en
el estante, buena parte de los cuales también fueron botín de rebajas.
Compruebo que si escuchar “Once
upon a time” a casi 30 años de su edicición sigue siendo un disfrute se debe a
que las composiciones son inspiradas (lo cual no las libra de algún que otro
lugar común) y el sonido musculoso (*¡pero musculoso de anabólicos!), cortesía
de la dupla Jimmy Iovine y Bob Clearmountain, no alcanza a lavar la escencia de
su música.
Simple Minds se
metió en el oído argentino -supongo- a través del airplay consecuente que
recibían en la vieja Radio Del Plata. En las noches del verano de 1986, de
vacaciones en mi pueblo natal, haciendo malabares con la sintonía fina y la
orientación de la antena, el premio podía ser captar “All the things she said” o “Sanctify yourself” sin descarga. Y de yapa, The Cure, U2 o Depeche Mode: las bandas
consagradas afuera que todavía sonaban frescas aunque en las pampas fueran sólo
un asunto para iniciados. Cuando
finalmente fue editado, uno de mis amigos se hizo del disco y procedió acto
seguido a grabármelo en un cassette que tuvo alta rotación en mi dormitorio
durante un año y medio, algo así como los meses previos al viaje de egresados y
los meses que luego tomó el rumiar las anécdotas del mismo
El concierto de
hace unos días tuvo lugar en una sala llamada “Phönix-Halle” (Sala Fénix), edificada
sobre las ruinas de una antigua fábrica de vagones que fue destruída durante la
Segunda Guerra Mundial. Me resulta una coincidencia simpática, considerando el
hecho de que conozco la banda desde hace más de 25 años, haber podido verla en
vivo por primera vez en ese lugar, porque no son pocos (supongo que esto
incluye a los mismos músicos) los que observan el presente de Simple Minds
emparentándolo con el ave mitológica. Después de haber (norte)americanizado su
art-rock y hacerlo compatible para los estadios, los 90s los encontraron
empantanados en un embrollo de sonido grandilocuente que apenas alcanzaba a
ocultar el agotamiento de ideas. De esa sequía creativa dan cuenta álbumes como
“Cry” y “Neápolis”, que su compañía discográfica ni siquiera se animó a editar en
EE.UU.. Echando mano a una muletilla coloquial: quedaron “quemados”. Como el
Ave Fénix...
De un tiempo a
esta parte, seguramente envalentonados por el reconocimiento obtenido a través
de “Black&White 050505” (2005) y “Graffiti soul” (2009) y el
redescubrimiento de su discografía temprana por parte de una nueva generación
de bandas independientes británicas, salieron a quemar las naves. Primero con
una extensa gira cuyo concepto era un repertorio rotativo de cinco canciones de
cada uno de sus cinco primeros discos, ergo: conciertos de 25 temas, incluyendo
hits menores y golosinas para la perseverancia de los fans acérrimos. ¿Hace
falta decir que el tour se llamó „5x5“?
Y ahora están
girando por Europa bajo el lema “Grandes éxitos”. Lema que viene con un guiño,
porque cuando se les viene en gana mechan un par de lados B absolutamente olvidados o
un cover de Patti Smith. O las dos cosas...
Simple Minds,
con su profusión de gestos orillando la demagogia y su sonido pulido, son una
invitación abierta para los arrogantes que no dudan en tildar la comunión entre
la banda y su público como un rendez-vouz
con la nostalgia, obviamente entendiendo la nostalgia como algo execrable o al
menos ridículo. Pero cuando una banda suena bien y se da el lujo de pasear a su
público durante dos horas y media por la montaña rusa de los climas, alternando
“las que sabemos todos” con aquellas que “uh, cuando llegue a casa me voy a
tener que fijar cuál era”... Quiero decir... ¿de qué estamos hablando?
„Párarara, p-pararara,
p-para oh-oh, para oh-oh“
“La lalalalá,
lalalalá, lala lalala lalala lalá”
Los coros que
acompañé sin culpas (*determinar a qué temas corresponden es la tarea para el
fin de semana, niños), junto con la señora de atuendo informal y aspecto de
haber terminado el secundario un par de años antes de que yo lo empezara, la
rubia de mediana estatura y ca. 35 que no paró de saltar ni siquiera tras clavar el taco de sus botas
en uno de mis pies, y el muchacho (probablemente de mi misma edad) cuyos
intentos por ser chistoso naufragaban por el puñado de cervezas demás que tenía
encima. Con ellos y otros 3.000 más, orgullosos colados en el DeLorean.


Banda rara que nunca terminé de procesar. "Don't you", "Alive and kicking"....esos temas no había más remedio que saberselos de memoria, pero no me convencian. Jim Kerr en Live Aid, algún reportaje por allí, y un video de apertura de un VHS con "Ghost dancing" y una iluminación "duranduranesca", me llamaron la atención, pero hasta ahí. Peeeeero "every record tells a story" y no le han mentido, sucedió que un día me siento en un asiento vacío en un colectivo, y caido contra uno de los laterales me encontré el cassete de "Live in the city of light". Como a caballo regalado no se le miran los dientes, llegué a casa y lo puse. Creo que durante unas semanas la cinta tuvo su desgaste, la banda ganó mi tardío respeto, y al poco tiempo le regalé el cassete a mi hermano, a quien sí le llamaba más la atención Simple Minds. Recuerdo un cover de "Don't you (forget about me)" Billy Idol, y su voz casi que le sentaba casi mejor a la canción que la de Kerr. Pero puedo estar exagerando.
ResponderBorrarHernán: no suelo NO responder a los comentarios, pero estaba ojeando las estadísticas del blog y me apareció este comentarios como "no leído", así que 1 año y medio después y con las disculpas del caso > cuenta la leyenda que Keith Forsey (*productor de los 3 primeros discos de Billy Idol) le ofreció "Don't you..." (*tema de su autoría) primero a Billy y este declinó. Por eso la versión que BI hizo para uno de sus "Best of" no deja de trasuntar cierta ironía ;-)
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