martes, 21 de mayo de 2013

Memorias de un gran país


El título suena grandilocuente, como de esas editoriales periodísticas (conservadoras o psico-progresistas, qué más da...) que mezclan la indignación con las lágrimas de cocodrilo, arriesgando teorías  sobre el destino de un país y ucronías sobre supuestas chances desperdiciadas. Entonces aviso: nada que ver, sólo un juego de palabras, casi un cazabobos. Es más, en el plan para hoy no figuraba escribir y la próxima entrada del blog debía tratar sobre otro artista. Pero, bien temprano y antes de desayunar, me encontré en internet con una salva de recordaciones y obituarios por el deceso de Ray Manzarek. Y en el medio de todo eso, una efeméride apenas visible para los ojos de todo el mundo pero imperdible para el corazón de los iniciados (entre los cuales me cuento, sin falsa modestia): hoy, hace 30 años, se editó como simple “In a big country”. Como sugerí un renglón más arriba, nada que las masas vayan a conmemorar alrededor del mundo, pero para un puñado generoso de fanáticos en la diáspora seguramente un dato simpático a recordar. Cada uno tendrá sus motivos; yo, los míos.

In a Big Country by Big Country on Grooveshark



En uno de sus números de verano (austral) de 1984 la revista Pelo publicó un informe-balance sobre el acontecer musical del año anterior en el Hemisferio Norte. Era una época en la que las -ejem- novedades podían tardar un año en llegar (*en caso de que llegaran) a las bateas argentinas. En aquel informe se mencionaba el curioso caso de dos bandas nuevas que habían despertado especial atención en las orillas opuestas a sus lugares de origen: unos tal R.E.M. (estadounidenses) en Inglaterra y unos tal Big Country (escoceses) en EE.UU.. Los nombres me parecieron un espanto y, como suponía que en Argentina nadie iba a mover un pelo por editarlos, los dejé pasar... sólo una semanas, hasta que Big Country (los del nombre más flojo) actuaron en la ceremonia de entrega de los premios Grammy y me dejaron boquiabierto frente a la tele. En la temporada en la que el mundo giraba alrededor de Michael Jackson, descubrir una banda nueva que hacía rock de guitarras sin ser necesariamente heavy metal era poco menos que una revelación (*justamente en aquella oportunidad habían sido nominados para el Grammy a Artista Revelación, premio que perdieron a manos de -ay- Culture Club).

Contra todos los pronósticos “The crossing”, su álbum debut, se publicó en Argentina y vagamente recuerdo haberlos escuchado un par de veces en la radio. En las vacaciones de invierno finalmente me compré el álbum, en cassette vaya uno a saber por qué. Y durante semanas lo escuché sin pausa, en ese rito (hoy de museo) de dar vuelta el lado A para escuchar el lado B y luego el lado A, y luego... Durante la siesta la única interferencia consistía en poner la radio, donde los programadores mayormente se engolosinaban con los temas de “Hotel Calamaro” como si fuera una epifanía.

Inwards by Big Country on Grooveshark


“In a big country”, la canción de la efeméride, abre el álbum mostrando absolutamente todos los elementos que hicieron de la banda un asunto singular, entre ellos las guitarras-gaita. Supuestamente, cuando un artista se propone enhebrar en su música elementos de la tradición celta, una de las alternativas más prácticas es incorporar a un gaitero. A la hora de rendir tributo a sus raíces musicales Big Country eligieron el camino menos fácil y más ingenioso: echar mano a la tecnología disponible y acercar sus guitarras eléctricas al sonido de las gaitas. El arma secreta para lograr ese objetivo parece haber sido un procesador de efectos de la firma MXR crípticamente denominado “M-129 PitchTransposer” que básicamente permite alterar y/o manipular la altura del sonido de un instrumento. Para crear otro tipo de texturas sonoras incorporaron también el E-Bow, un dispositivo manual que hace vibrar las cuerdas de modo similar al que lo haría un arco de violoncello. Y, como si esos detalles meramente tímbricos fueran poco, el tándem de dos guitarras se reparte tareas de un modo totalmente creativo, aprovechando las posibilidades de la mezcla en estéreo y dotando de sentido el acto de escucharla con auriculares: una guitarra por lado armonizando en un sistema donde el tamborileo potente y preciso de Mark Brzezicki y el bajo sobrio de Tony Butler construyen historias musicales cuyas líricas, tanto las que abordan relaciones de pareja como temáticas de matiz social, están atravesadas por la desazón que generaba el thatcherismo en su propia tierra (*a esa altura, en la Argentina ya habíamos probado una cucharada bien amarga). Y esto, lejos de ser una apreciación romántica, está corroborado por el hecho de que Big Country apoyaron explícitamente las huelgas de los mineros locales, entre los cuales estaba el padre del guitarrista Bruce WatsonY aún cuando la lámina interna del cassette no incluyera las letras y mi inglés de oído de aquella época no me permitiera entender mucho de que iban, estaba claro que la voz particular de Stuart Adamson no conjuraba ni un ápice del hedonismo multicolor por el cual se suele recordar buena parte de los años 80s.

Chance by Big Country on Grooveshark


En abril de 1993 emprendí mi primer viaje a Europa (*el que terminaría definiendo mi posterior radicación por estos pagos). Mi novia me buscó del aeropuerto y en el camino a casa, mientras se me escapaban los ojos de sus órbitas observando el flujo vertiginoso por la Autobahn, me preguntó “¿a que no adivinás quien toca la semana que viene en Frankfurt?”, con tono de “a ver cómo reacciona cuándo se lo diga”. Con el jet-lag y el deslumbramiento visual no estaba en condiciones de adivinar nada. La respuesta sería tan inesperada como emocionante: “Big Country”. Cuando en Argentina dejaron de editarse sus discos y en tiempos en que la internet era parte del discurso de algún profesor universitario que sus alumnos asimilábamos como simple delirio, yo simplemente les había perdido el rastro. Pero seguían ahí, venían con “Buffalo Skinners” bajo el brazo y tocando en lugares más bien modestos. ¿200 espectadores? Si esa primera estadía europea implicaba una montaña rusa de sensaciones, mi banda-favorita-más-desconocida les ponía música a apenas un par de metros de distancia. ¿Alguien dijo „sueño cumplido”? Dicho sea de paso: mi primerísima salida solo al centro de la ciudad fue buscando una disquería. En la puerta de la primera que encontré había una batea de CDs en oferta donde me estaba esperando... sí, por supuesto, con la sobría elegancia del logo plateado sobre fondo azul y esas once canciones que hacía más de 5 años no escuchaba porque el cassette había fenecido. "Inwards", "Chance", "Lost Patrol", "Close Action"... en casi 30 años no he podido definir cuál me gusta más. Son tan buenas que amenazan con opacar a "In a Big Country" con todas sus cualidades hímnicas.

Lost Patrol by Big Country on Grooveshark


En 2002 aproveché las bondades de la jornada inaugural de una disquería a un par de kilómetros de casa y me hice de “The crossing” en su versión remasterizada de 1996, incluyendo unos bonus-tracks más o menos prescindibles, con el azul de la cubierta transformado en rojo y el plateado en dorado. En 2012 se publicó la “Deluxe Edition” de 2 CDs, con B-sides y demos originales y el rojo mutando en verde. El mercado ya se encargará de regular el precio, volviéndolo accesible para los fans con el presupuesto venido a menos.

Y hace un par de semanas una pyme musical que insiste en llamarse “Big Country”, aunque incluya sólo a dos de sus miembros originales salió al ruedo con un nuevo álbum de estudio (el primero desde 1999) y de gira, pasando a una distancia que me permitiría tomarme la molestia de ir a pispear. Pero no: Stuart Adamson, instrumentista y cantante singular, alma mater de la banda, se suicidó en 2001 y resulta que era uno de esos irreemplazables...
Haberme enterado hoy, de casualidad, de esta efeméride chiquita de los 30 años de „In a big country” no me ha empujado de cabeza al charco de la nostalgia, pero sí a saldar en mi blog una deuda con un disco que sigue sonando como un universo particular y una banda de tipos de los que me hice amigo hace mucho, aunque ellos nunca se vayan a enterar.



2 comentarios:

  1. Pasé los temas porque no me los acordaba. Bueno, el primero. Al resto ni siquiera los tenía. Me sorprenden dos cosas: "Lost patrol" suena diferente, muy rock de guitarras americano (entendiendo América del rio Bravo para allá), poco que ver con las otras, a las que hasta el más desprevenido ubicaría con el sello de los '80. Y la voz me recuerda por momentos al de Men at Work.
    Bueno, aunque sabía de la existencia de la banda, y del hit, la asociación de las palabras big y country me remitían a Country House de Blur. Ahora por un rato vuelven al significado original.

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. 1) Con el correr de los discos se fueron poniendo lamentablemente cada vez más (norte)americanos,tanto es así que el "sonido gaita" fue desapareciendo. Hay un tema del '88 llamado "King of emotion" que parece Springsteen... y no les queda muy bien, aunque haya sido un hit.
      2) Stuart Adamson, el cantante, fue -antes- el líder de los Skids, que para nosotros (digo, los de nuestra generación criados en Argentina) se hicieron conocidos por el cover que hicieron U2/Green Day hace unos años ("The saints are coming", para las víctimas del Katrina).
      3) Pil Trafa los votaba siempre en las encustas de fin de año y en el disco "Fuera de sektor" se puede rastrear la influencia (así como la del primer U2, que también comparte con Big Country la conexión celta)
      4) Lo de la voz de Colin Hay, el de MAW, es cierto: tienen un registro parecido y bien raro.

      Borrar