sábado, 8 de agosto de 2015

Nessuna linea sull’orizzonte


No tengo licencia de conducir. Tampoco SÉ conducir. Es por eso que por lo menos intento ser un copiloto competente. En los viajes largos, entre otras cosas, me hago cargo de escudriñar el paisaje; no sólo para solaz de mi propia vista, sino para eventualmente arrebatarle a la geografía algún detalle que, a su vez, inspire un comentario interesante que -¡uf!- acompañe la atención del conductor.
El miércoles pasado emprendimos con mi familia uno de esos viajes largos: el regreso de nuestras vacaciones en Italia; una travesía que no suele tomar menos de trece horas de autopista, en sus sabores “italiana”, “suiza” y “alemana”. La región de Le Marche, que es la que visitamos habitualmente, es pródiga en postales inabarcables, de montaña hacia un lado y de mar (el Adriático) hacia el otro. Así las cosas, nos pusimos en marcha después de haber llenado el tanque con el combustible probablemente más caro de toda la UE. 

El amanecer todavía joven me (*no es “nos” porque mi esposa debía concentrarse en la zigzagueante ruta provincial y los chicos estaban en otra cosa) regaló una imagen de esas que inspiran contemplación a la vez que disparan asociaciones diversas en la cabeza. El cielo azul, el mar plateado y una bruma difuminando la línea del horizonte. “¡Esa foto la conozco, pero en blanco y negro!“, me dije y acto seguido le comenté a mi esposa que un paisaje similar adorna la tapa del penúltimo disco de U2, justamente titulado No line on the horizon. Uno a esta altura sabe leer entre líneas, entonces el “ah, mirá vos...” no debe ser interpretado como falta de interés, sino como “suerte la tuya que no tenés que concentrarte en el tráfico, ni te quedó la sangre en el ojo por haber pagado € 1,70 el litro de nafta por no haberte fijado en el cartel, mientras te espera medio día planchando el asfalto”. No tengo smartphone y muy pocas veces una cámara fotográfica presta para capturar instantáneas; de todos modos, la serena majestuosidad de esa foto viviente quedó en mi retina.

Después de tres horas y con el sol impiadoso del mediodía acompañando nuestra travesía, hicimos la primera parada, para comer de la vianda e ir al baño en el área de servicio, un templo rutero dedicado al consumo y diseñado cual laberinto, en cuya salida -entre montañas de golosinas y estantes con best-sellers, justo enfrente de la caja- se encontraba UNA BATEA DE CDs EN OFERTA. Tenía calor y quería llegar a casa cuanto antes, pero no pude evitar la tentación de ponerme a revolver. Incontables CDs de italo-pop, Aerosmith (puaj), Madonna (recontra-puaj), póstumos de Michael Jackson (¡tierra, trágame!)... y un puñado de ejemplares de -¡ta-táaa!- No line on the horizon. En este punto y antes de perder la compostura editorial, disertando sobre -por ejemplo- “nuestras vidas hechas de pequeñas-felices coincidencias en un mundito de piedra”, debo decir: ya lo tenía, desde la semana de su aparición, allá por febrero de 2009. Por inercia seguí revolviendo y tuve premio: un único ejemplar del susodicho No line on the horizon (NLOTH), PERO en edición limitada y al mismo precio que cualquiera de los otros. Fue un trámite breve y adrenalínico, y me dibujó una sonrisa que no pudo borrar ni un tedioso embotellamiento de una hora y media cruzando los Alpes con 34°C a la sombra.



Es lícito preguntarse por qué alguien habría de comprarse un disco que ya tiene y que además -en su valoración del contenido estrictamente musical- ni siquiera le resulta indispensable. Para empezar NLOTH es un álbum que en su momento me hizo ilusionar con la posibilidad de que U2 volviera a la senda de editar material no-mediocre. Lamentablemente, a esas ilusiones les puso un freno amargo Songs of innocence, edición sobre la cual ya me extendí en una entrada a fines del año pasado. Lo cierto es que NLOTH, sin ser un dechado de cohesión, tiene un puñado de canciones emotivas y hasta originales (para los parámetros de una banda con tres décadas sobre el lomo), dignas de volver a ser escuchadas de tanto en tanto. Contrariamente a la práctica habitual en las llamadas limited editions, la yapa de los bonus tracks brilla por su ausencia. ¿Y entonces, cuál es la gracia? A la hora de fustigar al formato-CD (*que hace 25 años primereaba en un podio tecnológico y hoy es abofeteado por no ser algo del pasado: un disco de vinilo), suele consignarse el hecho de que el aspecto del arte gráfico (*decisivo en el concepto de obra de arte total) sufre las limitaciones de un objeto que se llama justamente “disco compacto”. Muchas bandas y solistas se empeñan sin embargo en ofrecerles un plus a quienes aún cultivan el hábito (en apariencia anacrónico) de comprar discos; para eso hacen migas con diseñadores y artistas plásticos capaces de reforzar el mensaje estético de su música. En el caso de U2 ese comodín es desde hace una punta de años el fotógrafo y cineasta holandés Anton Corbijn.

Hace tiempo que Corbijn dejó de disparar su cámara para hacer meros retratos de los integrantes de la banda; ya la gráfica de Achtung baby (1991) estaba  mechada con fotos del entorno en el que las canciones y/o las sesiones de grabación vieron la luz. Las fotos entonces no ilustran solamente, sino que con la música, como en un mosaico, se complementan y se dan sentido recíprocamente. NLOTH fue compuesto y grabado en Marruecos, Nueva York y Londres; el grueso digipack revela entonces en abundancia los contrastes entre Occidente y la huella árabe en Noráfrica, alternando papel satinado para los colores vivos con otro de textura aspera para las fotos en sepia, con un detallado librillo para letras y créditos en el ala anterior y un poster despeglable de doble cara en el ala posterior. Una propuesta que invita a perderse en la música y las imágenes, en un ritual análogo al que practicaba en mi adolescencia con los discos de vinilo. Para una referencia más contemporánea: todos esos estímulos que iTunes, Spotify y el mejor FLAC jamás podrán ofrecer.


Justo hoy, que me he puesto a escribir sobre esto que pasó hace unos días, es el cumpleaños de The Edge: nuestras vidas hechas de pequeñas-felices coincidencias en un mundito de piedra. O, en la voz nasal de un ícono del italo-pop: “Son las cosas de laaaa vida...”

viernes, 29 de mayo de 2015

Comprando Inglaterra por 15 euros

Después de mucho tiempo una entrada que -sin ambages- le hace honor al nombre del blog.                                 
En la noche del miércoles, durante la tanda publicitaria en TV, me enteré (de eso se trata la publicidad) que a partir de ayer una de las cadenas de tiendas de electrodomésticos y electrónica más grandes de por acá iniciaba otra de sus (cada vez más frecuentes) campañas de oferta de CDs y/o DVD/BluRay; esta vez bajo el lema “500 CDs a € 5 c/u”. O sea: un claro llamado a las armas. Así, organicé mis trámites para la mañana de ayer de modo tal que fuera posible estar apenas pasadas las 10 h. (horario de apertura) parado sobre la escalera mecánica que me depositaría frente a las bateas.

Ya en el lugar, la búsqueda estaba acotada a un par de títulos que había pispado la noche anterior en la página web de la tienda. Comencé a buscar entonces con avidez en las cajas de cartón (*¡las bateas son para los artículos full price, nene!), luchando contra la potente iluminación del local reflejada sobre el lomo de los cientos y cientos de cajitas de plástico y el celofán, que las recubre y potencia ese brillo tan desagradable a la vista. Cuando finalmente encontré LOW (David Bowie) y THE SOUND OF THE SMITHS me dirigí CASI sin titubear a la caja repitiéndome como mantra “para mayo, ya está bien”. Pero resulta que... ay, esos imponderables... sobre una isla de ofertas ubicada justo al bajar de la escalera mecánica y acceder a las cajas, había una pila de ejemplares de PARKLIVE (Blur), que también formaba parte de la selección de 500 cedés rebajados y en mi pesquisa doméstica se me había pasado por alto. Y, si la duda es realmente una jactancia de los intelectuales, en el acto me asumí como un cabeza, decreté la necesidad y urgencia súbitas y manoteé sin miramientos.

Hábito objetable el de los empleados de comercio que resuelven cuestiones laborales internas en los puntos de atención al cliente. Por eso, a pesar de ser el primero en la cola de la única caja habilitada a esa hora de la mañana, me armé de paciencia pensando en la panzada de música que me daría al llegar a casa. En eso, caí en la cuenta de que tenía en la mano los álbumes de tres artistas que no sólo eran ingleses, sino que -a juzgar por su modo particular de hacer propia esta cosa del rock- tampoco podrían haber surgido de otro lugar que no fuera Inglaterra. La de los 60s, la de los 80s y la de los 90s. Entonces, mientras metía el botín en la mochila y a mí, que no soy fan ni del “Genesis con Gabriel” ni del “Genesis de Phil Collins”, se me ocurrió que acababa no de vender Inglaterra por una libra, sino de -en cierto modo- comprarla por 15 euros.

En vísperas de las últimas Pascuas me escapé con mi esposa en una visita relámpago a Londres, que implicó para mí poner un pie por primera vez fuera del lujo estandarizado del gigantesco aeropuerto de Heathrow... entre otras cosas porque esta vez hicimos el viaje en tren. Si bien en tres intensos días de estadía la impresión más fuerte fue la del carácter apabullante de la mayor metrópoli europea, los recorridos incesantes de A hasta B (*y de ahí hasta C, pasando antes por H y J), sirvieron para captar mucho de la atmósfera de la ciudad, incluso haciendo (o intentando, al menos) el ejercico mental de trasladarse hacia atrás en el tiempo para entender momentos y movimientos, con la ayuda de esas esquinas y coordenadas sobre las que uno ha leído durante años, siguiendo la trayectoria de The Fulanos, The Menganos y demás. En ese sentido fue fundamental disponer de la compañía e inconmensurable paciencia de mi esposa, baqueana experimentada en estas lides de mostrarles a los demás los edificios soberbios y también los callejones mal iluminados de la capital imperial.

Una escucha (por primera vez el álbum completo; nunca es tarde...) a LOW confirma mi idea de que las trilladas loas a la trilogía berlinesa de Bowie rayan la exageración. Nunca voy a terminar de amigarme con esos pasajes puramente instrumentales, que derrochan más pretensión que horizonte y probablemente estarían más a gusto en el contexto de una banda de sonido que en el de un disco de música pop. Todavía estoy dudando si se queda o se va.

Bowie en los 70s tardíos: un londinense errante re-formateando su dandismo en la ambivalencia de la Berlín dividida.




THE SOUND OF THE SMITHS probablemente sea uno de los best of más completos  (y, por ende, menos mezquinos) que conozco, de esos que alivian el trámite cuando uno se halla ante el dilema de “mmmh... taaan fanático no soy, tengo problemas de espacio y no suficiente tiempo para dedicarle a la discografía completa”. Las canciones recontra-escuchadas y que siguen gustando, las menos conocidas para los legos pero dignas de ser descubiertas... y un puñadito de las otras. Veintitrés en total. Un triunfo.

The Smiths en los 80s: cuatro paisanos de Manchester cantando (¿conjurando?) sobre el pánico en las urbes del Reino Unido, renegando ácidamente del thatcherismo y esperando el día en que los miembros de la familia real se conviertan en homeless.





PARKLIVE, que documenta el apoteósico concierto que dio Blur dentro del programa de clausura de los juegos olímpicos de Londres 2012, todavía está sin abrir, si no es como cuando te regalan una caja de bombones y a las 7 de la tarde te das cuenta que te los comiste todos solo y en una siesta. Cuando salió sólo escuché un par de cosas en streaming, así que no sé exactamente qué me espera, más allá de las críticas entusiastas que el álbum cosechó cuando fue publicado.

El trip londinense de abril estuvo definitivamente marcado por Blur: un par de semanas antes de la edición de su primer álbum de estudio en más de una década, la máquina promocional había llegado a velocidad crucero y uno de mis souvenirs consistió en comprar el número de MOJO con la banda en la tapa y un informe hasta la médula (como es saludable costumbre en MOJO) en un kiosco de King’s Cross. El obligado paseo por Hyde Park tuvo lugar bajo la invocación del espíritu de Live 8 y -justamente- ParkLive, y no tanto la idea de estar gastando suela en un imponente espacio verde de más de 250 ha. de superficie.

Blur en los 90s “y en el 2000 también”: aguafuertes de la sociedad inglesa, a veces con el preciosismo de unos Kinks 2.0, otras veces tomando distancia para tratar de ver más claro y encontrar al individuo.





En el noticiero de la noche el premier británico David Cameron en la cumbre de ministros de hacienda de la Unión Europea en Dresden, haciendo declaraciones a la prensa como si sus interlocutores fueran pasantes de un periódico escolar. Y uno lo escucha y piensa que hay una forma de soberbia imperial que es como los restos de comida entre los dientes, que salen a la luz cada vez que la persona abre la boca. Ignora que en las tiendas de discos alemanas, lo que verdaderamente importa de su Inglaterra, se consigue por €15.