No tengo licencia de conducir. Tampoco SÉ conducir. Es
por eso que por lo menos intento ser un copiloto competente. En los viajes
largos, entre otras cosas, me hago cargo de escudriñar el paisaje; no sólo para
solaz de mi propia vista, sino para eventualmente arrebatarle a la geografía
algún detalle que, a su vez, inspire un comentario interesante que -¡uf!-
acompañe la atención del conductor.
El miércoles pasado emprendimos con mi familia uno de
esos viajes largos: el regreso de nuestras vacaciones en Italia; una travesía
que no suele tomar menos de trece horas de autopista, en sus sabores
“italiana”, “suiza” y “alemana”. La región de Le Marche, que es la que
visitamos habitualmente, es pródiga en postales inabarcables, de montaña hacia
un lado y de mar (el Adriático) hacia el otro. Así las cosas, nos pusimos en
marcha después de haber llenado el tanque con el combustible probablemente más
caro de toda la UE.
El amanecer todavía joven me (*no es “nos” porque mi esposa
debía concentrarse en la zigzagueante ruta provincial y los chicos estaban en
otra cosa) regaló una imagen de esas que inspiran contemplación a la vez que
disparan asociaciones diversas en la cabeza. El cielo azul, el mar plateado y
una bruma difuminando la línea del horizonte. “¡Esa foto la conozco, pero en
blanco y negro!“, me dije y acto seguido le comenté a mi esposa que un paisaje
similar adorna la tapa del penúltimo disco de U2, justamente titulado No line on the horizon. Uno a esta altura sabe leer entre líneas, entonces el “ah,
mirá vos...” no debe ser interpretado como falta de interés, sino como “suerte
la tuya que no tenés que concentrarte en el tráfico, ni te quedó la sangre en
el ojo por haber pagado € 1,70 el litro de nafta por no haberte fijado en el
cartel, mientras te espera medio día planchando el asfalto”. No
tengo smartphone y muy pocas veces una cámara fotográfica presta para capturar
instantáneas; de todos modos, la serena majestuosidad de esa foto viviente
quedó en mi retina.
Después de tres horas y con el sol impiadoso del
mediodía acompañando nuestra travesía, hicimos la primera parada, para comer de
la vianda e ir al baño en el área de servicio, un templo rutero dedicado al
consumo y diseñado cual laberinto, en cuya salida -entre montañas de golosinas y estantes con best-sellers, justo enfrente de la caja- se encontraba UNA BATEA
DE CDs EN OFERTA. Tenía calor y quería llegar a casa cuanto antes, pero no pude
evitar la tentación de ponerme a revolver. Incontables CDs de italo-pop,
Aerosmith (puaj), Madonna (recontra-puaj), póstumos de Michael Jackson (¡tierra,
trágame!)... y un puñado de ejemplares de -¡ta-táaa!- No line on the horizon.
En este punto y antes de perder la compostura editorial, disertando sobre -por ejemplo-
“nuestras vidas hechas de pequeñas-felices coincidencias en un mundito de
piedra”, debo decir: ya lo tenía, desde la semana de su aparición, allá por
febrero de 2009. Por
inercia seguí revolviendo y tuve premio: un único ejemplar del susodicho No
line on the horizon (NLOTH), PERO en edición limitada y al mismo precio que
cualquiera de los otros. Fue un trámite breve y adrenalínico, y me dibujó una
sonrisa que no pudo borrar ni un tedioso embotellamiento de una hora y media
cruzando los Alpes con 34°C a la sombra.
Es lícito preguntarse por qué alguien habría de
comprarse un disco que ya tiene y que además -en su valoración del contenido
estrictamente musical- ni siquiera le resulta indispensable. Para empezar NLOTH
es un álbum que en su momento me hizo ilusionar con la posibilidad de que U2
volviera a la senda de editar material no-mediocre. Lamentablemente, a esas
ilusiones les puso un freno amargo Songs of innocence, edición sobre la cual
ya me extendí en una entrada a fines del año pasado. Lo cierto es que NLOTH,
sin ser un dechado de cohesión, tiene un puñado de canciones emotivas y hasta
originales (para los parámetros de una banda con tres décadas sobre el lomo), dignas
de volver a ser escuchadas de tanto en tanto. Contrariamente a la práctica
habitual en las llamadas limited editions, la yapa de los bonus tracks brilla
por su ausencia. ¿Y entonces, cuál es la gracia? A la hora de fustigar al
formato-CD (*que hace 25 años primereaba en un podio tecnológico y hoy es
abofeteado por no ser algo del pasado: un disco de vinilo), suele consignarse
el hecho de que el aspecto del arte gráfico (*decisivo en el concepto de obra de arte total) sufre las limitaciones de un objeto que se llama justamente “disco
compacto”. Muchas bandas y solistas se empeñan sin embargo en ofrecerles un
plus a quienes aún cultivan el hábito (en apariencia anacrónico) de comprar
discos; para eso hacen migas con diseñadores y artistas plásticos capaces de reforzar
el mensaje estético de su música. En el caso de U2 ese comodín es desde hace
una punta de años el fotógrafo y cineasta holandés Anton Corbijn.
Hace tiempo que Corbijn dejó de disparar su cámara
para hacer meros retratos de los integrantes de la banda; ya la gráfica de Achtung baby (1991) estaba mechada con fotos
del entorno en el que las canciones y/o las sesiones de grabación vieron la
luz. Las fotos entonces no ilustran solamente, sino que con la música, como en un
mosaico, se complementan y se dan sentido recíprocamente. NLOTH fue
compuesto y grabado en Marruecos, Nueva York y Londres; el grueso digipack revela
entonces en abundancia los contrastes entre Occidente y la huella árabe en Noráfrica,
alternando papel satinado para los colores vivos con otro de textura aspera para
las fotos en sepia, con un detallado librillo para letras y créditos en el ala
anterior y un poster despeglable de doble cara en el ala posterior. Una
propuesta que invita a perderse en la música y las imágenes, en un ritual
análogo al que practicaba en mi adolescencia con los discos de vinilo. Para una referencia más contemporánea: todos esos estímulos que iTunes, Spotify y el
mejor FLAC jamás podrán ofrecer.
Justo hoy, que me he puesto a escribir sobre esto que
pasó hace unos días, es el cumpleaños de The Edge: nuestras vidas hechas de pequeñas-felices
coincidencias en un mundito de piedra. O, en la voz nasal de un ícono del italo-pop: “Son las cosas de laaaa vida...”





