Después de mucho tiempo una entrada que -sin ambages-
le hace honor al nombre del blog.
En la noche del
miércoles, durante la tanda publicitaria en TV, me enteré (de eso se trata la
publicidad) que a partir de ayer una de las cadenas de tiendas de
electrodomésticos y electrónica más grandes de por acá iniciaba otra de sus
(cada vez más frecuentes) campañas de oferta de CDs y/o DVD/BluRay; esta vez
bajo el lema “500 CDs a € 5 c/u”. O sea: un claro llamado a las armas. Así, organicé mis
trámites para la mañana de ayer de modo tal que fuera posible estar apenas
pasadas las 10 h. (horario de apertura) parado sobre la escalera mecánica que me
depositaría frente a las bateas.
Ya en el lugar, la búsqueda estaba acotada a un par de
títulos que había pispado la noche anterior en la página web de la tienda.
Comencé a buscar entonces con avidez en las cajas de cartón (*¡las bateas son para los
artículos full price, nene!),
luchando contra la potente iluminación del local reflejada sobre el lomo de los
cientos y cientos de cajitas de plástico y el celofán, que las recubre y
potencia ese brillo tan desagradable a la vista. Cuando finalmente encontré LOW (David Bowie) y THE SOUND OF THE SMITHS me dirigí CASI sin titubear a la caja
repitiéndome como mantra “para mayo, ya está bien”. Pero resulta que... ay,
esos imponderables... sobre una isla de ofertas ubicada justo al bajar de la
escalera mecánica y acceder a las cajas, había una pila de ejemplares de
PARKLIVE (Blur), que también formaba parte de la selección de 500 cedés
rebajados y en mi pesquisa doméstica
se me había pasado por alto. Y, si la duda es realmente una jactancia de los
intelectuales, en el acto me asumí como un cabeza,
decreté la necesidad y urgencia súbitas y manoteé sin miramientos.
Hábito objetable el de los empleados de comercio que
resuelven cuestiones laborales internas en los puntos de atención al cliente.
Por eso, a pesar de ser el primero en la cola de la única caja habilitada a esa
hora de la mañana, me armé de paciencia pensando en la panzada de música que me
daría al llegar a casa. En eso, caí en la cuenta de que tenía en la mano los
álbumes de tres artistas que no sólo eran ingleses, sino que -a juzgar por su
modo particular de hacer propia esta cosa del rock- tampoco podrían haber
surgido de otro lugar que no fuera Inglaterra. La de los 60s, la de los 80s y
la de los 90s. Entonces, mientras metía el botín en la mochila y a mí, que no
soy fan ni del “Genesis con Gabriel” ni del “Genesis de Phil Collins”, se me
ocurrió que acababa no de vender Inglaterra por una libra,
sino de -en cierto modo- comprarla por 15 euros.
En vísperas de las últimas Pascuas me escapé con mi esposa en una visita relámpago a Londres, que implicó para mí poner un pie por
primera vez fuera del lujo estandarizado del gigantesco aeropuerto de Heathrow... entre otras cosas porque esta vez hicimos el viaje en tren. Si bien
en tres intensos días de estadía la impresión más fuerte fue la del carácter
apabullante de la mayor metrópoli europea, los recorridos incesantes de A hasta
B (*y de ahí hasta C, pasando antes por H y J), sirvieron para captar mucho de
la atmósfera de la ciudad, incluso haciendo (o intentando, al menos) el
ejercico mental de trasladarse hacia atrás en el tiempo para entender momentos
y movimientos, con la ayuda de esas esquinas y coordenadas sobre las que uno ha
leído durante años, siguiendo la trayectoria de The Fulanos, The Menganos y
demás. En ese sentido fue fundamental disponer de la compañía e inconmensurable
paciencia de mi esposa, baqueana experimentada en estas lides de mostrarles a
los demás los edificios soberbios y también los callejones mal iluminados de la
capital imperial.
Una escucha (por primera vez el álbum completo; nunca
es tarde...) a LOW confirma mi idea de que las trilladas loas a la trilogía berlinesa de Bowie rayan la exageración. Nunca voy a terminar de amigarme con
esos pasajes puramente instrumentales, que derrochan más pretensión que
horizonte y probablemente estarían más a gusto en el contexto de una banda de
sonido que en el de un disco de música pop. Todavía estoy dudando si se queda o
se va.
Bowie en los 70s tardíos: un londinense errante re-formateando
su dandismo en la ambivalencia de la Berlín dividida.
THE SOUND OF THE SMITHS probablemente sea uno de los best of más completos (y, por ende, menos mezquinos) que conozco,
de esos que alivian el trámite cuando uno se halla ante el dilema de “mmmh...
taaan fanático no soy, tengo problemas de espacio y no suficiente tiempo para
dedicarle a la discografía completa”. Las canciones recontra-escuchadas y que
siguen gustando, las menos conocidas para los legos pero dignas de ser
descubiertas... y un puñadito de las otras. Veintitrés en total. Un triunfo.
The Smiths en los 80s: cuatro paisanos de Manchester
cantando (¿conjurando?) sobre el pánico en las urbes del Reino Unido, renegando
ácidamente del thatcherismo y esperando el día en que los miembros de la
familia real se conviertan en homeless.
PARKLIVE, que documenta el apoteósico concierto que
dio Blur dentro del programa de clausura de los juegos olímpicos de Londres
2012, todavía está sin abrir, si no es como cuando te regalan una caja de
bombones y a las 7 de la tarde te das cuenta que te los comiste todos solo y en
una siesta. Cuando salió sólo escuché un par de cosas en streaming, así que no
sé exactamente qué me espera, más allá de las críticas entusiastas que el álbum
cosechó cuando fue publicado.
El trip londinense de abril estuvo definitivamente marcado
por Blur: un par de semanas antes de la edición de su primer álbum de estudio
en más de una década, la máquina promocional había llegado a velocidad crucero
y uno de mis souvenirs consistió en comprar el número de MOJO con la banda en la
tapa y un informe hasta la médula (como es saludable costumbre en MOJO) en un
kiosco de King’s Cross. El obligado paseo por Hyde Park tuvo lugar bajo la
invocación del espíritu de Live 8 y -justamente- ParkLive, y no tanto la idea
de estar gastando suela en un imponente espacio verde de más de 250 ha. de superficie.
Blur en los 90s “y en el 2000 también”: aguafuertes de
la sociedad inglesa, a veces con el preciosismo de unos Kinks 2.0, otras veces
tomando distancia para tratar de ver más claro y encontrar al individuo.
En el noticiero de la noche el premier británico David Cameron en la cumbre de ministros de hacienda de la Unión Europea en Dresden, haciendo declaraciones a la prensa como si sus interlocutores fueran pasantes de un periódico escolar. Y uno lo escucha y piensa que hay una forma de soberbia imperial que es como los restos de comida entre los dientes, que salen a la luz cada vez que la persona abre la boca. Ignora que en las tiendas de discos alemanas, lo que verdaderamente importa de su Inglaterra, se consigue por €15.


