Durante la
semana hay una serie de actividades de rutina que tienen lugar en el
escritorio, frente a la computadora. Y si el dichoso aparato dispusiera de un
expendedor de café y tostadas ni siquiera existiría la necesidad de interrumpir
el flujo de actividades para ir a preparar el desayuno en la cocina. Como
complemento de un colación sustanciosa para arrancar el día resulta fundamental
la elección de la música que va a acompañar el proceso. En ese sentido podría
echar mano a un estante con algunos cientos de discos (*esto no es
exhibicionismo: este blog es consecuencia directa de esos cientos de discos;
así de simple), elegir un puñado y resolver el asunto libre de riesgos. Pero, a
su vez, de ese modo estaría poniéndole un cepo a dos de los aspectos más
apasionantes de este dulce incordio que implica la melomanía: la curiosidad y
el azar.
