Uno se convirtió
en un médico de vasta trayectoria, otro es un historietista consagrado, otro es
representante de una multinacional maldita (o, por lo menos, altamente
controvertida). Y yo estoy retomando este blog que desconoce el favor de las
masas.
Con esas
personas a las que acabo de enunciar según su derrotero profesional éramos
compañeros de curso y -en mayor o menor medida- amigos. Y en ese formato de
cuarteto (que no era una constelación muy habitual y de la que eventualmente
podría haber tomado parte un quinto integrante que no recuerdo) fuimos una
noche de noviembre de 1986 al cine a ver “The breakfast club”, película que había
llegado a la Argentina con casi dos años de atraso, precedida por el dato de
que la música original incluía “’Donchu’ de Simple Minds”. Que el film presentaba a nuestra coetánea Molly Ringwald no nos lo había dicho nadie, pero ese es otro
tema.
Estábamos a
semanas de terminar el secundario, era sábado y -por alguna razón que escapa a
mi memoria- después de la película no quisimos aterrizar en una pizzería, así
que nos metimos en el único supermercado rosarino que tenía abiertas las 24
horas (*en aquella época algo exótico y banalmente revolucionario), compramos
Coca-panlactal-quesocortado-fiambrecortado-sachetdemayonesa y nos fuimos a los
bancos de la paqueta Plaza Pringles a preparar nuestros sánguches y comentar la
película.
