domingo, 10 de marzo de 2013

Salud metálica vs. deleite psicobolche

Sueño con serpientes, con serpientes de mar,
con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo.
Largas, transparentes, y en sus barrigas llevan
lo que puedan arrebatarle al amor.

("Sueño con serpientes", Silvio Rodríguez)


Volate la cabeza,
despertá a los muertos. 
Somos todos locos del metal, 
es todo lo que tenés. 
Así que volate la cabeza 
y levantá a los muertos. 
¡Oh sí! 
La salud metálica no es tan mala.
("Metal health", Quiet Riot)




Ah, ese verano del ’83-’84... 
¡Cuántas expectativas...! 
¡Cuánto por hacer…!

¡Cuántas hormonas…! 

¡Qué largo se hacía el estío en el campo, mientras la revista Pelo salía una vez al mes y se terminaba en una siesta y media! Una alternativa era Hum®, que se compraba en casa desde 1980 y era quincenal, pero ya en esos meses empezaba a dar tímidas muestras del pasquín en el que se convertiría algunos años más tarde, casi como un vocero-con-el-dedo-levantado del alfonsinismo. Si mal no recuerdo, por aquella época Hum® había comenzado a editar sus split tapes, obviamente no bajo ese rótulo extranjerizante sino como una serie intitulada  “Encuentro de Música Popular”:  cassettes con el lado A dedicado a un intérprete y el lado B dedicado a otro. Silvio Rodriguez y Víctor Heredia, por ejemplo. O el Cuarteto Zupay y Mercedes Sosa. U otros para paladares más negros, como el madrileño Patxi Andión, maridado en el cassette con quién sabe qué otro cantautor  idolatrado por la grey psicobolche.

Irónicamente me enteré de la existencia del término “psicobolche” a través de las páginas de Hum®, al principio sin saber muy bien de qué se trataba. Pero ni bien volví en marzo a la escuela (y, por consiguiente, a Rosario) empezaron a llover los ejemplos de psicobolchismo por todos los flancos. Había -por ejemplo- una disquería llamada “¡Viva la Pepa!” (SIC) cerca de la escuela, donde yo conseguía algunos de los discos que en las otras no había. Tenía una vidriera a la calle y la otra hacia el interior. Hacia la calle estaban expuestas las novedades de rock y pop, y en la otra comenzaban a aglutinarse las ediciones de Quilapayún, DanielViglietti, Mercedes Sosa y los omnipresentes “Silvio y Pablo”, figuras sacrosantas del imaginario psicobolche y responsables de lo que -en mi mezquindad- considero la obra cumbre de ese pintoresco momento del cantautorismo militante: “Silvio Rodriguez – Pablo Milanés: En vivo en Argentina” > un álbum doble, cuya impronta de hecho-a-los-apurones-antes-de-que-pase-el-fervor-latinoamericanista se traduce en una presentación gráfica totalmente deleznable y -lo que es peor, porque estamos hablando de música- performances con nivel de fogón trasnochado (*¡la guitarra desafinada de Silvio!). Pero el público cautivo es así y, si la memoria no me engaña, ese disco se vendió en cantidades siderales. Hablando de memoria: mi altanería respecto de este engendro de disco no es producto de prejuicios fermentados por el paso del tiempo > en pro de algo parecido al rigor periodístico, en este momento estoy escuchándolo en stream y refrendando cada una de mis apreciaciones.

¡Hasta en mi colegio privado, para adolescentes de clase media acomodada, había docentes que denostaban nuestro flirteo cachondo con “la música del imperio” y nos recomendaban prestarle oído a la canción popular latinoamericana.

Es curioso: en aquella época era tan común oir hablar de la “primavera democrática” y sin embargo, según el dictado tácito del mundillo bienpensante, la banda de sonido debía estar compuesta por artistas que, desde lo taciturno y politizado de su propuesta, parecían conjurar el ocre de un otoño largo. Y del otro lado estaban Virus, Los Twist y Los Abuelos de la Nada. Y Van Halen. Y -por un año- Quiet Riot.

Run for Cover by Quiet Riot on Grooveshark

Por entonces no tenía ni un disco de hard rock / heavy metal (*y pasarían unos meses hasta que tuviera el primero), pero sí un cassette bastante baqueteado en el cual un amigo me había grabado dos temas de V8 (“Destrucción” y “Muy cansado estoy”) y dos de Van Halen (el iniciático “Eruption” y “You really got me”). De pronto, como si fuera un ataque sincronizado, MI revista, MI estación de radio y MI programa de videoclips musicales (en realidad, el único que había en frecuencia semanal), empezaron a ocuparse de Quiet Riot, una banda californiana que había explotado medio año antes en el hemisferio norte y cuyo integrante más célebre ya había muerto trágicamente cuando despuntaba 1982.

Germán y su hermano menor, Leonardo, compañero mío en la escuela, solían dejar buena parte de sus mensualidades en la caja de una tienda de discos importados. Durante un buen tiempo se transformaron en la mejor fuente de provisión de novedades en materia de rock duro. Ignoro por qué Germán, vinilista consecuente, tuvo la ocurrencia de comprarse “Metal health” (el debut internacional de Quiet Riot) en cassette, pero sí valoro la generosidad de habérmelo prestado por un fin de semana para que yo me copiara los temas que más me gustaran... que resultaron ser todos.

En aquel momento yo ignoraba que 1984 sería un año complicado, con la palabra “adolescencia” encarnando una posible sigla: “a” de “abulia”, “d” de “desidia”, “o” de “obligado”, etc..  Pero el cassette AGFA (¿verde o bordó?) con Quiet Riot, cumplía a rajatabla la máxima hedonista del hard rock (“sólo queremos que te olvides por un rato de tus problemas”), además de cuajar casi en el acto el olor a espíritu adolescente, algo que la Nueva Trova Cubana y demás combatientes del capital, con su lastre discursivo y sus cuerdas de nylon, estaban lejos de lograr. Un antídoto a volumen brutal contra el canto consternado y los unicornios azules.

Love's a Bitch by Quiet Riot on Grooveshark

Quiet Riot eran -si se quiere- una banda medio ordinaria que, mediante una versión magnífica, se apropió de un hit añejo de Slade, otra banda ordinaria. “Cum on, feel the noize”, era el título, pero en el cassette de la edición argentina se llamaba pertinentemente “Ven, siente el ruido”. Menos suerte por esa caprichosa costumbre de traducir títulos había tenido “Love’s a bitch”, a la cual la autocensura de alguna cabecita de CBS (o SADAIC o quién sabe quién) le dispensó un “El amor es una mala palabra”, ahí donde la “mala palabra” era “puta” o “perra”.

Volviendo a la música, sin ser (lejos) lo más iluminado que tuvo para ofrecer el hard rock de los 80s, los Quiet Riot habían reunido para aquel disco un puñado de buenas canciones de género, arregladas con un poquito más de originalidad que la media (dentro de lo que indica el libreto, se entiende). Y además habían tenido el buen tino de no adulterar la tosquedad de su sonido con ningún tipo de suavizante, al contrario de lo que se estilaba en la época. Pero cometieron un error fatal: apenas un año después repitieron la fórmula hasta lo exasperante (¡hasta versionaron otro hit de Slade!), sólo que esta vez el material no era tan consistente. El público se dio por subestimado, les bajó el pulgar y su carrera entró en una espiral de intermitencias, cada vez más lejos de los radares de la masividad. En 1985 tocaron en Buenos Aires  y, según las crónicas, algo de bardo entre el público hubo, de otro modo la postal metalera habría sido defetuosa para los parámetros de la década en Argentina.
Viviendo ya en Alemania le hice un guiño a la nostalgia y lo compré por poco dinero en una batea de CDs discontinuados. En 2001, un semanario de distribucion gratuita enmi ciudad consignaba, entre inauguraciones de jardines maternales y anuncios de trabajos de bacheo en el casco central, la re-edición (digitalmente remasterizada, of course) de “Metal health” al tiempo que sorteaba entre sus lectores 5 ejemplares del CD de marras. Estoy seguro que, de haber enviado 5 cupones, habría ganado todos los premios; pero, como envié sólo uno, diez días después tenía en el buzón mi flamante (y único) ejemplar. 
Hoy día, cuando lo pongo, me sigue gustando. No sé si es porque el álbum ha superado sobriamente la prueba del tiempo por mérito propio o porque hay una parte de mí se niega a salir de 1984... estrategia no tan descabellada, considerando que la amenaza del aburrimiento psicobolche vuelve a asomar de cuando en cuando su fea cabeza...

2 comentarios:

  1. Mas allá del juicio musical de la edición del disco en vivo de Silvio y Pablo, aquel trabajo compilaba grandes canciones (más que nada las de Milanes). Mi memoria me engaña, porque volví a buscar el tracklist de ese disco y hubiese jurado que Silvio Rodriguez tenía cosas mejores allí. Aún así, "oleo..." me sigue gustando. Dejemos esto de lado por ahora.
    De Quiet Riot me acuerdo de las dos versiones de Slade, de Carlos Cavazzo y algún solo, la crónica del show caótico del Luna y poco más. Incluso con el tiempo busqué más las versiones originales de esos dos hits, antes que las de QR. Les reconozco un gran mérito en no seguir hurgando en la discografía de Slade, un cover de "My oh My" hubiese merecido su presencia en las Torres Gemelas el 11/9/01. Aún así "Come on..." estuvo en cuando compilado se armó en cassette virgen, y al igual que, por ejemplo, "We're not gonna take it", sigue provocando aún hoy una repentina inflamación espirtual.
    Ya que mezclaste los temas, te cuento que hace una semana volvía en un taxi que sintonizaba el programa de Heavy de Rock and Pop. Allí, un pibe de una banda a la que no llegué a escuchar su nombre, presentó en exclusiva una versión metalera de "Yo pisaré las calles nuevamente". Los estilos se cruzan. La versión me resultó innecesaria. Mantenía la lírica de la original, se notaba a leguas la falta de sintonía entre estilos, y la distorsión de la guitarra, el golpe seco de la batería y la voz exagerando el dramatismo de la letra, eran las características que la hacían "metalera". (Acabo de googlear Quiet Riot y me encuentro con una fantasmal y decadent foto de la banda en los 30 años de "Metal health" que jamás debería haber visto.

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    1. Bueno, tampoco soy tan sordo ni tan cuadrado como para no apreciar/valorar una buena poesía o una buena armonía ... y Silvio tiene varias. Muchas. Mi problema era más con esa cosa medio coercitiva y pedante de los tipos (que también tuvieron sus representantes en el ámbito universitario) de "si escuchás rock no sos digno; ¡tenés que sentir la voz de Latinoamérica!".

      No me habría extrañado si en alguno de esos compilados navideños apareciera Quiet Riot haciendo "Merry Xmas Everybody".

      Respecto al cover metalero de "Yo pisaré...": eso de versionar un buen tema cruzándolo con un género totalmente antagónico es algo que cansa un poquito ya, ¿no? Además, no todo el mundo tiene la visión y el talento que tuvo -por ejemplo- Divididos con "El arriero".

      En los 90s Quiet Riot se convirtió en un nombre con puerta vaivén, pero hace un par de años murió Kevin DuBrow y tampoco han sido tan legendarios como para ponerse a hacer "la gran INXS". Carlos Cavazo se convirtió en uno de los violeros de Ratt.

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