Leo en Wikipedia que a la madre de Layne Staley no le
entusiasmaba mucho el nombre de la banda de su hijo porque podía remitía a una
escena de bondage. E imagino que
habrá sido el menor de sus temores al lado de la adicción a la heroína que
acabó con la vida de Staley antes de cumplir 35 años.
Desde la primera vez que leí el nombre Alice In Chains, imaginé a la chica de la historia de Lewis Carroll, con la candidez
hecha harapos en un oscuro rincón de mazmorra y pesados grilletes ajándole las
muñecas (o los tobillos, qué más da). La imaginería BDSM nunca se me pasó por
la cabeza. Tiempo después, cuando pude escuchar la música, confirmé que había
arrimado bastente cerca la bocha, porque si hay algo de lo que AIC adolesce es
erotismo.
Eso fue en 1994, apenas radicado en Alemania, de
visita en lo de un amigo de mi esposa, que solía comprarse manojos de novedades
discográficas con frecuencia semanal (*accionar básico de cualquier melómano
con un saludable poder adquisitivo). Se trataba de Jar of flies, un EP indispensable,
editado apenas un año después de la que es considerada su obra cumbre: Dirt.
Y comencé a seguirlos. Vino el álbum homónimo, seguido
por el unplugged de rigor de aquellos años. Y luego, un devenir pendulante
entre lo errático y la nada, entendible para una banda que no estaba dispuesta
a desahuciar a su cantante. El desenlace llegó en 2002 y el motivo está
comentado en el primer párrafo de esta entrada.
En 2006 AIC volvió al ruedo con nuevo frontman, una
movida riesgosa, teniendo en cuenta, por ejemplo, la experiencia de INXS o -más
notoriamente- Queen. Pero AIC siempre había sido una entidad bifronte: la
hosquedad decorada con anteojos oscuros de Staley era la cara de la banda y su
bramido nasal, la voz; todo lo demás (*¡incluída la mitad de las voces!) fue y
es Jerry Cantrell, el rubio con la guitarra y la (ahora diezmada) melena lacia.
Black Gives Way to Blue se llamó el regreso y The
Devil Put Dinosaurs Here el siguiente capítulo de AIC 2.0, el sujeto de este
devaneo textual. Por esa asimetría de grandes stocks/bajas ventas en algunas
tiendas, The Devil Put... llegó a mis manos como super-oferta apenas un año
después de haber sido editado.
De todas las bandas de Seattle a las que les
pegotearon el sello grunge, AIC probablemente haya sido la que más abrevó en el
charco de agua espesa que dejó -con carácter fundacional- Black Sabbath a
comienzos de los 70s. Así, su música suele renegar del tempo vertiginoso;
después de todo, ¿quién tiene ganas de hablar (OK: cantar), montado a un tren a
toda velocidad, sobre alienación, existencias pesadillescas y desánimo? Bueno,
sí, existe el thrash metal, pero... La puesta en escena de climas por momentos
abrumadores parte de la guitarra de Cantrell, sea con un rasgido lacónico o un
riff híper-saturado y minimalista, tradición de la casa. Las melodías
opresivas-pero-pegadizas se dan la mano con las típicas armonías vocales (*WilliamDuVall, el reemplazante de Staley, es un calibre menor pero aporta), dispuestas
a instalarse en el oído y quedarse por un tiempo. Como sucede con los llamados
hits. Y de esos The Devil Put... aguarda con un puñado generoso. Obviamente, no
se trata de material que los programadores de radio vayan a meter en su carpeta
de “éxitos del verano”.
Al contario de lo que se comenta en ciertos ámbitos de
la opinología, su nuevo material demuestra que la banda no murió con Staley.
Más bien recuerda a una persona que ha podido rehacer su vida sentimental
después de haber enviudado, recuperando en el trámite algo de su salud.
Que Cantrell haya declarado que en el nuevo disco hay
letras que hablan de lo que generalmente no debería hablarse para evitar
problemas (política y religión) será un detalle secundario mientras la nubes
más plomizas del cielo de su Seattle natal sigan a AIC a dónde vaya y a ese
fenómeno la banda continúe escribiéndole la banda sonora.





