Desde que eché a andar este blog vengo preguntándome
cuál debería ser el primer disco de rock argentino en aparecer por acá. Y ha
sido recién esta mañana que, sin forzar demasiado la memoria ni los hechos, he
caído en la cuenta de que dos efemérides casi se superponen y tienen a un mismo
protagonista: David Lebón. El pasado 5 de octubre el Ruso, lejos de todo tipo de alharaca
mediática, cumplió 60 años. Y en algún momento, antes de de que termine también
este mes de octubre, se habrán cumplido 30 años de la edición de “El tiempo es
veloz” -apreciado a la distancia- tal vez el álbum más consistente de su
carrera solista. En la historia del rock argentino sin dudas un mojón que se
suele pasar de largo.
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| El cassette de "El tiempo es veloz": aún pasado a retiro, en algún momento se coló en el equipaje y llegó hasta acá... |
“El tiempo es veloz” fue editado en una época en la que, en materia de rock local y disponiendo de no taaaaanto dinero, era posible hacerse de los discos fundamentales apenas aparecían. Pero algo de capital inicial era necesario. Entre mis compañeros de clase yo era uno de los que no recibía mensualidad y, en casa, mis padres ya demasiado esfuerzo hacían para sacar adelante su plan de familia. Así, reclamar fondos especiales para fomentar mi socialización musical era, en el mejor de los casos, algo impropio. Entonces yo recurría a medidas tales como ir y venir a pie a la escuela durante una semana (obviamente, en secreto) para dejar luego el importe ahorrado en la caja de alguna de las disquerías del centro de Rosario. Pero, a veces, la ansiedad y la estrechez económica eran el motor de la incursión en la ilegalidad. Ilegalidad que tenía lugar en el mostrador de esas mismas disquerías a un precio sensiblemente menor: un cassette virgen, una lista con la música a grabar y pasar a buscarlo uno o dos días después. De ese modo me hice de mi primera versión de “El tiempo es veloz”. La segunda fue unos cuantos años después, cuando encontré el cassette original (a pesar de que ya no era mi formato predilecto) en una mesa de ofertas.
Lejos de la minuciosidad y la pulcritud sonora que
venía cultivando con Serú Girán (prácticamente la única referencia para los
que, por una mera cuestión etaria, estábamos despertando al mal llamado “rock
nacional”), Lebón había retomado su carrera solista con un manifiesto crudo,
candente, que ponía en evidencia todas sus virtudes, pero también algunos de sus manierismos (como compositor, más concretamente). Acostumbrado el oído a la base muscular pero
sofisticada que solían garantizarle a sus canciones Oscar Moro y Pedro Aznar,
escuchar esa batería seca, de timbre totalmente extemporáneo y ejecutada por el
mismo Lebón, generaba un desplacer que solamente podían compensar sus
performances vocales y -como si hiciera falta destacarlo- su guitarra en
llamas. Inspiración pura: no debo ser el único guitarrero de mi generación en
Argentina cuyos dedos -amateurismo de más, profesionalismo de menos- desatan todavía
yeites de pura cepa leboniana, casi como parte de la carga genética.
Haciendo la vista (¿el oído?) gorda sobre los tres
momentos instrumentales -a mi gusto- totalmente prescindibles del álbum y
dejando en claro mi complacencia casi incondicional sobre el resto, quiero
detenerme en dos momentos. “Sin vos voy a estallar” tiene unos arreglos tan
simples como adictivos, que llegan a un climax cada vez que la guitarra líder
toma la posta. Para esa época ya había decidido que quería tocar la eléctrica y
esos solos no hacían más que darme argumentos.
Por su lado, “El tiempo es veloz”
(el tema) no sólo le da nombre y un final emotivo a la obra (y a Lebón un éxito
crossover a través de la versión de Mercedes Sosa): el acompañamiento musical
está a cargo del piano Rhodes de Diego Rapoport, quien con el mismo instrumento
acababa de engalanar “Barro tal vez” de Luis Alberto Spinetta, otra de las
reflexiones musicales más conmovedoras de aquel 1982. La muerte repentina de
Rapoport apenas semanas antes de la de Spinetta extiende hoy un extraño manto
de pesar sobre esta coincidencia.
*****
Pero el haber podido asistir a la presentación en vivo
de “El tiempo...” le dio un valor agregado inestimable al hecho banal de tener
esas canciones en un cassette provisorio.
Club Sportivo América de Rosario
8
de julio de 1983 (muy probablemente 21 hs.)
David Lebón: guitarras, percusión y voz
Héctor Starc:
guitarras
Beto Satragni: bajo
Daniel Colombres: batería
Diego Rapoport: piano eléctrico
Algunos recuerdan formaciones célebres de equipos de fútbol, otros...
Mi amigo Raúl (13) y yo (14 recién cumplidos) nos
pusimos en camino con una mochila mental cargada de advertencias de nuestros
padres sobre cómo movernos/comportarnos en ese submundo de los recitales de
rock, que yo -a esa altura- visitaba por segunda vez, a diferencia de mis padres
que no lo habían hecho nunca. Ni una palabra sobre el estado de sitio. Ni una
medida de control en la entrada. Antes de poder ingresar al estadio propiamente
dicho un pasillo o una puerta equivocada nos depositó en el bar del club. Allí,
alrededor de dos mesas juntadas sobre las cuales se multiplicaban botellas,
sifones y platitos de picada, departía animadamente un grupo de personas, entre
los cuales alcancé a reconocer a dos, gracias a la fotos de la revista Pelo: Starc y -creo- Colombres. Estoy
seguro de que Lebón no estaba. No recuerdo tanto las instancias musicales del
recital como sí este momento tan brutalmente desprovisto de divismo, con un
grumo de ¿estrellas? de rock haciendo la suya en ese bar de piso de baldosas
rotas, indiferentes a lo que sucedía a su alrededor... media hora antes de
prender la mecha de sus cartuchos para volar escenarios y cabezas.
Volviendo al objeto que me ocupa, hubo que esperar
hasta 2004 para que alguien pusiera en marcha el acto de reparación que
implicaba la edición de “El tiempo...” por primera vez en CD. De manera
consecuente con el destrato conferido a buena parte del catálogo de rock
argentino por parte de manos no-idóneas, la edición resultó algo desangelada: si bien se
realizó una puesta al día del audio, la gráfica (cortesía del Flaco Spinetta, ¡nada
menos!) fue respetada sólo parcialmente y completada con un diseño genérico que
deshonra el concepto estético original.
A través de los años seguí a David Lebón como pude,
pero con un interés que decrecía de manera directamente proporcional con el
rumbo sinuoso que el artista le daba a su propia carrera. Discos flojos que
todavía tengo en cassette (originales, pero rescatados a precio de liquidación), el papelón sin brújula de “Seru Giran 92” y la búsqueda de otras músicas,
me llevaron a perderle el rastro a su obra posterior y valorarlo sólo por lo hecho en un pasado cuyos
momentos más recientes tuvieron lugar hace más de 20 años. Su disco en vivo en
el Teatro Coliseo (1999) me despertó expectativas que su material posterior no
correspondió.
Esta mañana, en una pausa durante la confección de este
artículo, me metí por curiosidad en su sitio web y tuve una grata sorpresa: a
diferencia de años anteriores, la información disponible tiene un grado de
cohesión que va desde los epígrafes de foto hasta el semblante del propio David,
quien da toda la impresión de haber llegado a una orilla para andar por tierra
firme, personal y artísticamente. Viviendo a 12.000 km. de su radio de
operaciones estimo escasas las posibilidades de constatar en vivo si esa
impresión se condice con la realidad de Lebón hoy. Pero la sola conjetura me
alegra.
Y el tiempo es -efectivamente- veloz: me basta mirar a
mi hija menor, que tiene la misma edad que tenía yo cuando salió este disco.
¡Qué grande el Ruso!

Voy a ver breve, creo que ya hablamos sobre los vivos de Lebón (todas las veces yo lo vi con él como única viola), y el momento culminante de "Sin tu amor voy a estallar". Calculo que la presencia de Starc tiene que ver con un resabio del Starc-Lebón con el que se presentaron en Barrock. Dos anécdotas con respecto a Lebon: durante años en un cassete virgen grabado de la radio tuve grabado "Tienmpo sin sueño" con la voz de Badía pisándole la intro. La segunda: una entrevista en Cable con Gustavo Luteral a fines de los '90, cuando se decidió a hacer "Vivo en el Coliseo", porque las discográficas no le editaban sus discos en CD (????) y quería que las nuevas generaciones accedan a su obra.
ResponderBorrarCon esa mismísima banda unos meses después (en la época en que los tipos sacaban un disco por año) editó "Siempre estaré": lo tengo en vinilo en lo de mis viejos y a la viola de Starc la tenés que buscar con el microscopio.
BorrarEl disco en el Coliseo lo volví a poner ayer mientras escribía: está buenísimo. Yo le sacaría los vientos... e Iván Noble.
Ya que estamos: muchas gracias por comentar seguido > esto de escribir "al aire" cobra más sentido cuando uno sabe positivamente que alguien lo lee.
Ah y lo que le dijo a Luteral no me extraña, porque en la misma época leí una entrevista en la que contaba que Afo Verde lo llamó para preguntarle si necesitaba algo y el Ruso le contestó "Sí, un contrato". Más allá de que su obra solista sea despareja, la industria lo ha tratado muy mal.
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