En noviembre de 1986 nos aprestábamos a
terminar la escuela secundaria y, con ese trámite casi resuelto, nos
encontramos un atardecer de sábado en el departamento de Javier, el único de mi
clique con canal de música en su TV por cable, como paso previo a una salida
nocturna. En un momento apareció un vídeo que mostraba a un grupo desconocido
para todos. Sin embargo Javier ya lo conocía y me recomendó prestarle atención.
Era colorido (¿qué vídeo musical de mediados de los 80s no lo era...?) e incorporaba ingeniosos elementos de
animación sobre la imagen de los músicos tocando. La canción tenía un tono
optimista y trasuntaba un aire de sinceridad, de falta de impostación. Raro en
mí, ni se me ocurrió anotarme el nombre.
Cuando tres meses más tarde terminó el verano,
y con él la garantía de adolescencia protegida en un colegio privado, me enteré
que esa banda se llamaba Crowded House (Neil Finn, guitarra y voz, Paul Hester,
batería y voz, y Nick Seymour, bajo y voz), eran neocelandeces, tenían un
simple de alta rotación en la radio (“Don’t dream it’s over”) y un álbum
homónimo que valía la pena escuchar de punta a punta... y que yo no estaba en
condiciones de comprar porque lo antecedía una lista de prioridades imposible
de financiar.
No pasó mucho tiempo hasta que mi amigo José Luis (que con su
pyme como DJ no sólo empezaba a hacer buen dinero, sino que TENÍA QUE comprarse
discos como material de trabajo) accedió a grabármelo. En un cassette virgen
Grundig, cajita color marrón traslúcido, etiqueta amarilla cuadriculada... no es un
acto prodigioso de memoria: el cassette todavía anda dando vueltas en una pila
que me ha acompañado hasta acá y me niego a eliminar.
Cuando pienso en 1987 la banda sonora es ese
disco. O, mejor dicho, escuchar ese disco es pensar inevitablemente en 1987, un
año lleno de vaivenes, cambios de clima, desafíos y un desaire amoroso feo-feo.
Y sí, escuchar “Crowded House” (el álbum) tiene algo de masoquista para mí.
Entonces, ¿por qué volver a él con más frecuencia que a otros de los cientos de
discos disponibles? Es fácil: porque las canciones de ese disco, con toda su
frescura de pura cepa beatle y su melancolía bien dosificada, son simplemente
irresistibles.
“Mean to me” (la canción con el vídeo
colorido), “Something so strong”, “World where you live” y el archiconocido “Don’t dream it’s over” (una
balada tan perfecta que podría soportar incluso un tratamiento a manos de
Celine Dion) son canciones creadas para ser clásicos inmediatos y -hasta cierto
punto- se convirtieron en tales.
Pero, si bien el álbum es un disfrute de punta
a punta (OK: dos temas flojitos), mis preferidas son otras: “Hole in the river”,
donde Neil Finn (sobre quien me voy a deshacer en alabanzas en otra
oportunidad) cuenta la historia de una tía que, de camino a visitarlos a él y a
su padre, hizo una parada para un chapuzón en el río y nunca más volvió a
aparecer. La angustia e incertidumbre descriptas con sobriedad en la letra,
potenciadas por una melodía de ojos vidriosos. Y las dos canciones que llevan
la palabra “amor” tatuada en la frente, “Love you ‘til the day I die” y “That’s what I
call love”, las cuales lejos están de hacer realidad la promesa de balada edulcorante
que sugieren los títulos: declaración apasionada con pulso de rock una, funk vehemente la otra, ambas desnudan lo que ESE sentimiento puede tener de agotador
y manipulador, por encima de cualquier goce.
La gracia natural del trío en esta carta de
presentación está sostenida por el oficio de Mitchell Froom, no sólo como
productor artístico sino también como tecladista exquisito. Una mención aparte
merecen las intervenciones de los Heart Attack Horns, una sección de vientos
que -como indica su nombre- toca arreglos para el infarto, siempre al servicio
de la canción.
Compré “Crowded House”, usado y casi regalado (€ 1,50 o algo así), cuando ya tenía varios de los álbumes subsiguientes de la banda. Casi todos son disparadores de recuerdos bastante precisos, pero nunca tan patentes como los que suele conjurar aquel debut.
Y ya es de nuevo 1987. ¡Ufa!


Salvo por aquel hit, no tenía mucha referencia a Crowed House. Más de una vez me sorprendí disfrutando un tema desconocido en alguna radio (incluso a veces en transporte público) y esperé ansioso saber qué banda o solista era, hasta reencontrarme con ese nombre. Cuando leí la famosa sentencia de McCartney (“Ojalá pudiera componer música como lo hace Neil Finn”), decidí que tenía que adentarme en serio. Confieso que nunca continué con la carrera solista de Finn, y sé que hice y hago mal.
ResponderBorrarNeil Finn como solista está en las gateras del blog: estaba embalado como para mandar los dos artículos juntos, pero quiero publicar un poco más de variedad antes de volver sobre algunos nombres.
ResponderBorrar