Tapa fondo amarillo y
letras verdes, montaje fotográfico en blanco y negro (Nito de perfil, Charly García
en segundo plano con un teclado frente a sí). “Lo mejor de La Máquina de Hacer Pájaros y Nito Mestre & Los Desconocidos de Siempre”: esa ¿obra? de título
sobrexplícito fue mi primer cassette de rock argentino. A principios de 1981,
en ocasión de un congreso profesional en Buenos Aires, mi padre aprovechó el
viaje y se dio una vuelta por un evento llamado “Feria Internacional del Disco”
(o algo así), que tenía lugar en ese mismo momento en la capital. Además del ya
mencionado, también recibí como souvenir (*en una época en que -viviendo en el
campo- cada viaje a Buenos Aires tenía casi el mismo valor simbólico de “una
escapadita a Miami”) otro de tapa celeste con una foto espantosa, titulado
simplemente “Manal”. Ambos producto de sendas vejaciones del sello Microfón a
su propio catálogo, como para vender en estaciones de servicio y/o paradores
ruteros. Desconozco cuál fue el criterio de elección a la hora de comprarme
esos cassettes, sobre todo por parte de alguien que en aquel momento estaba
parado (¡y a mucha honra!) justo en la tanguerísima vereda de enfrente y con un
par de cañones apuntando prestos hacia el lado del rock; tampoco es cuestión de
ser un desagradecido...
Empecé por el de
Manal, que tenía 6 (!!!) temas y le faltaban un par de fundamentales (“Jugo de tomate frío”, “Una casa con diez pinos”, etc.). La voz aguardentosa de Javier Martínez resultó poco menos que perturbadora y el sonido rudo de la banda un
contraste... quiero decir: esas canciones, que tenían mi edad, no sonaban ni
“clásicas” ni “atemporales”, sino decididamente viejas. Arañando los 12 años,
en 1981 los tempranos 70s se percibían lejanos.
El otro cassette,
donde los temas de La Máquina y los de Mestre estaban intercalados, empezaba
con “Boletos, pases y abonos” y cerraba el Lado A con “Hipercandombe”. En el
Lado B estaban “Rock” y “No te dejes desanimar”. Los temas de Mestre eran...
bueno, eran los que separaban a los de La Máquina de Hacer Pájaros (LMDHP) unos
de otros. No puedo explicar qué era lo que me atraía de aquellas canciones al
punto de acordarme todavía hoy el orden en el que estaban ubicadas en ese
cassette. Si aún a través del parlante de mi flamante National Panasonic seguir a la voz principal (en términos de entenderla) era casi una odisea, sobre todo
porque en los temas más ampulosamente orquestados (que en LMDHP eran la mayoría) estaba integrada al conjunto casi como un instrumento más.
Años después, cuando ya los tempranos 80s eran un tiempo lejano, un camarada del servicio militar me pidió que fuera su padrino de bautismo dentro del cuartel. Gustavo, mi ahijado militar, era un raro espécimen con tanto de hippie como de pendenciero, con matices de Robin Hood vicioso (*quien haya pertenecido por algún tiempo al zócalo de la pirámide dentro de un cuartel militar sabrá ordenar este manojo de rasgos de conducta) y con la frase “tocate alguna de Sui” a flor de labios cada vez que aparecía una guitarra en los momentos de ocio cuartelario. Como a los ahijados (aunque algunos tengan ese estatus sólo pro forma) se estila hacerles un regalo y yo en ese tiempo era algo así como la bancarrota con uniforme y fusil, decidí hurgar en mis portacassettes en casa y encontré el de Manal y el split tape de LMDHP. Hacía mucho que no los escuchaba, no me desesperaba por volver a hacerlo y estaba seguro que Gustavo los apreciaría. ¡Vaya si lo hizo! Sólo espero que después no hayan pasado al inventario de bienes malhabidos que solía revender con éxito entre los soldados.
Dando vueltas una tarde de diciembre de 2009 por Buenos Aires, con unos euros en el bolsillo y antes de que en Argentina se instalara nuevamente el sarpullido inflacionario, me metí en una disquería. Oportunidad propicia para rellenar huecos en la discoteca personal. La disquería tenía una batea repleta con las reediciones que Sony/BMG había hecho con el cambio de siglo de su catálogo de rock argentino; esas en el sobrecito de cartulina, reproduciendo en miniatura a los que contenían vinilos. Me llevé entonces los dos álbumes originales de LMDHP por $ 30. Necesitaba tener “Hípercandombe” y “Cómo mata el viento norte” al alcance de la mano; escuchar “Por probar el vino y el agua salada” de la fuente original para exorcisar el recuerdo de ese reggae domesticado con el que Baglietto la versionó en 1986. También era hora de tener "No te dejes desanimar", la canción prístina donde McCartney se abraza con el Piazzolla más universal mientras el mejor García tiene la batuta y la voz cantante. Y esa letra que articula todo aquello que los autores de libros de autoayuda no saben ni cómo se escribe.
Aún cuando llevo la música de Charly García inoculada
por pertenencia cultural no soy un apologeta de tooooooda su obra. Haciendo esa
salvedad, mi gusto personal me dice que de los dos discos de LMDHP podría
desechar algunos momentos que se me ocurren autoindulgentes y ensamblar un sólo
álbum que, en cuanto a composición y performance, tendría una unicidad difícil
de empardar en el rock vernáculo. El arte de tapa de ese volumen único de LMDHP
no sólo carecería del espantoso
holograma IFPI, sino que estaría OBVIAMENTE ornamentado con las mismas,
geniales viñetas de Crist del álbum debut.
Son ya muchos
años viviendo fuera del país y cada visita “allá” culmina con el inevitable
ritual de la despedida, una práctica donde lo afectivo se cruza con lo cultural
y la certeza de que cada día (¡ni hablar de meses o años!) que pasa es un poco
menos de hilo en el ovillo, que además es finito. Así las cosas, a ese ritual
de despedida le sigue (en mi caso) una agotadora continuidad de buses y
trámites de aeropuerto durante los cuales la búsqueda de distracción es una
probada estrategia contra los chuceos de la nostalgia. En enero último, después
de un periplo de unas 30 horas, por fin subí al tren interurbano que me
depositaría casi en la puerta de casa. El vagón estaba lleno y obligaba a
viajar parado, haciéndose delgado para hacer del equipaje y el propio cuerpo un
solo bulto. El paisaje afuera, típico de los atardeceres de invierno por estos
lares: frío, gris y amenazante. De pronto, la función random de mi reproductor de MP3 me regaló “No te dejes desanimar”.
La máquina de hacer feliz.


Hola Viejo AMIGO !!
ResponderBorrarNo solo que me gustó MUCHO el tema, sino que también me trajo muchos recuerdos ! GRANDE !!!
1)¡gracias por la lectura y el comentario!
Borrar2) cuidado con lo que escuchás en estos feriados con poco sol. Te lo digo yo que en este momento me estoy castigando con Baglietto modelo '83 ;-)
Para mí "Películas" está entre los mejores discos de rock Nacional de todos los tiempos, aunque esas encuestas no se hagan más (y si se hacen, la suma de nuevas generaciones la vuelve viciada de nulidad, cuando yo votaba en esas encuestas conocía casi todo). "Hipercandombe" es otro momento Piazzoleano tremendo, y siempre lo tuve entre lo más alto de Charly. Me pasó que escuché "Películas" antes que el primero, y cuando lo hice su estilo menos prog no me entusiasmó de la misma manera. Después sí lo valoré. Tengo de amigo en el facebook a un tal Jose Luis Fernandez, que me jura que fuimos varios los que le preguntamos si era el bajista de La Maquina.
ResponderBorrarNito Mestre tenía canciones lindas, pero siempre lo escuché con culpa.
"Hipercandombe" es vértigo puro, "la argentinidad al palo" en el mejor sentido. /// En el cassette que mencioné en el relato había un tema de Nito y Los Desconocidos, llamado "Juego de voces"... y es eso: como "Great gig in the sky" pero en plan James Taylor (??!!). Yo tuve el disco en vivo de Nito del año 82, que estaba bastante bien, pero le faltaba un tema fundamental: "Afuera de la ciudad", probablemente el mejor tema de Charly jamás grabado por él mismo.
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