Durante la
semana hay una serie de actividades de rutina que tienen lugar en el
escritorio, frente a la computadora. Y si el dichoso aparato dispusiera de un
expendedor de café y tostadas ni siquiera existiría la necesidad de interrumpir
el flujo de actividades para ir a preparar el desayuno en la cocina. Como
complemento de un colación sustanciosa para arrancar el día resulta fundamental
la elección de la música que va a acompañar el proceso. En ese sentido podría
echar mano a un estante con algunos cientos de discos (*esto no es
exhibicionismo: este blog es consecuencia directa de esos cientos de discos;
así de simple), elegir un puñado y resolver el asunto libre de riesgos. Pero, a
su vez, de ese modo estaría poniéndole un cepo a dos de los aspectos más
apasionantes de este dulce incordio que implica la melomanía: la curiosidad y
el azar.
Entonces, a esa
hora temprana, suelo dejar los discos en el estante y me dejo musicalizar el
primer rato de la mañana por los algoritmos de un servicio de streaming y sus
variables muchas veces rayanas con el capricho. A saber: el servicio “recuerda”
algunas de las cosas que yo he estado escuchando últimamente y en base a eso me
sugiere un menú de música relacionada a través de uno o varios parámetros
comunes (*género, década, etc.) con la que he venido programando.
Así, en algún
momento de febrero de este año, una mañana me apareció la sugerencia de
seleccionar a The Fixx por haber estado flirteando con canciones new wave y bandas de los
80s en los días anteriores. Acepté el consejo bajo el ascéptico criterio del
“por qué no” y ya al tercer tema la música había dejado caer sobre mí una
avalancha de déjà-vu. En casa de mis padres tengo dos vinilos de The Fixx, con
las tapas super-ajadas, no por mi descuido, sino por la desidia reinante en las
disquerías donde los compré, hace más de 25 años.
Polizones de la
segunda invasión británica en los tempranos 80s, con Duran Duran, Culture Club y SpandauBallet (¿o eran los Thompson Twins?) al comando, los vientos del suceso comercial soplaron para The Fixx lo
suficiente como para catapultarlos a lo más alto de una imaginaria segunda
línea y permitirles algo así como una carrera fuera de su propia tierra, pero
cuando esos vientos cambiaron de dirección poco quedó del impulso inicial y la
banda con el nombre provocativo (*”el pico”) pasó a alternar separaciones con un
estatus casi para iniciados. Si bien en
Argentina hubo una edición medianamente ordenada de sus primeros 4 o 5 discos,
los mismos pasaron casi desapercibidos, excepto para algún que otro programador
de radio que de vez en cuando sigue haciéndole un lugar a esto:
Gracias a esas
escuchas matutinas online me enteré de las actividades recientes de The Fixx,
que incluyen un nuevo álbum (“Beautiful friction”, 2012) y un volumen constante de actuaciones aquí y allá. Pero lo más
importante fue volver a meterme en el misterio de su música, que no es tan
intrincada ni experimental ni... pero sí cautivante para quien le preste un
oído atento. Tanto que, después de no haberlos escuchado por 20 años, terminé
comprando 3 discos al mismo tiempo (*excepto el último -que también estaba
ligeramente rebajado- todo ofertas, redondeando un paquete económico y sumamente
gratificante):
“Reach the beach”
(dig.rem. 2003) > un álbum fundamental para desterrar ese cliché prejuicioso
y cómodo de los 80s fueron una porquería;
“Ultimate collection” (1999) > de las incontables recopilaciones disponibles, sin dudas
la más completa;
Con la edición
de “Reach the beach” en 1983, The Fixx pusieron la vara tan alta que a ellos
mismos les resultó imposible superarla. Lo cautivante respecto a su música que
mencioné unas líneas más arriba no se ciñe a un aspecto determinado sino a la sinergía
entre varios y, en lo personal, tiene que hoy día una fundamentación diferente
a la que habría tenido cuando compré el LP, allá por 1985, cuando eran una -ejem-
banda moderna. Estilísticamente
su música combina elementos de ese ¿“pop diferente“? que decantó David Bowie a
través de su célebre trilogía berlinesa, a los que habría que sumarle la
impronta new wave de The Police (*en términos de definir el género a través de
uno de sus nombres más representativos), con quienes compartían también matices
temáticos a la hora de encarar las letras de sus temas: las relaciones de
pareja suelen ser vistas a través de un prisma intelectualista antes que acudir
a un romanticismo de fórmulas, mientras que en la percepción de lo individual y
lo colectivo subyace la angustia propia de la última etapa de la Guerra Fría.
Cy Curnin, cantante y letrista de la banda, pone esos textos en un marco de
expresividad donde su voz vigorosa se funde con los trucos adquiridos en su
formación actoral.
Los instrumentistas
de The Fixx suenan -a primera oída- correctos, con el guitarrista Jamie
West-Oram alcanzando prominencia como príncipe sin corona de la guitarra comprimida
(*la historia de la música contemporánea tal vez recuerde al señor Andy Summers
como rey indiscutido en esta categoría). En una época en la que el virtuosismo
guitarrístico solía medirse con parámetros más cercanos a los de la competencia
atlética que a los de la musicalidad, West-Oram le arrancaba a su Fender Stratocaster
algunos de los riffs más sobrios y cristalinos de los que se tenga registro. Sin
embargo, escuchando el todo con los oídos cargando veintipico de años más de
experiencia, se me ocurre que el as en la manga de The Fixx son las ideas que
Rupert Greenall aporta desde sus teclados. Lo de Greenall tampoco es el arte de
quemar teclas a fuerza de vértigo, sino la capas (¡no frazadas!) de sonido y
las pinceladas oportunas, valiéndose de una paleta tímbrica que suma sin
estridencias.
En “Beautiful
friction”, la banda -que sigue adelante con sus miembros originales- hace bien
en cultivar su estilo con dosis espartanas de aggiornamiento, poniendo sobre la
mesa más virtudes que achaques y dejando en claro que lo de “pop para adultos”
no debería ser un rótulo mayormente despectivo.
No recuerdo qué tenía ganas de escuchar aquella mañana de febrero, que debe haber sido tan fría como lo fueron todas las de febrero. Sí estoy seguro de que ni se me habría ocurrido curiosear en los viejos discos (¡ni hablar del nuevo, cuya existencia ignoraba!) de The Fixx, pero afortunadamente a veces una cosa lleva a la otra...
No los tengo y no los recuerdo. Seguro hablé escuchado algún tema, pero el nombre no me provoca tentación: Me suena a Styx, y eso no es un buen augurio. Las referencias new romantic tampoco me tientan. duran Duran nunca me dijo mucho, y dentro del rubro son de lo mejorcito. Aún así, gustoso hubiera aprovechado tu posta para cliquear en los temas que dejaste, pero no andan. Acá no andan, en el laburo. Veré si en casa tengo mejor suerte. Y si no recurriré a otro sistema de streaming, que por suerte abundan.
¡Bueno, tampoco tenés que obligarte por cortesía! ;-) Una mezcla de Styx con Duran Duran para mí sería también candidato a los pulgares hacia abajo. The Fixx es diferente.
Cristián, esto no es de mi palo, pero como siempre es un gusto leerte. Alguna vez escribirás algo para mi sitio web? ;-)
ResponderBorrarPor partes:
Borrar1) No estaría tan seguro de afirmar que esto no es de tu palo > sonido prolijito y fino, buenas letras, buen cantante... never say never!
2) Siempre es un gusto leer comentarios elogiosos.
3) Escucho propuestas... ;-)
No los tengo y no los recuerdo. Seguro hablé escuchado algún tema, pero el nombre no me provoca tentación: Me suena a Styx, y eso no es un buen augurio. Las referencias new romantic tampoco me tientan. duran Duran nunca me dijo mucho, y dentro del rubro son de lo mejorcito. Aún así, gustoso hubiera aprovechado tu posta para cliquear en los temas que dejaste, pero no andan. Acá no andan, en el laburo. Veré si en casa tengo mejor suerte. Y si no recurriré a otro sistema de streaming, que por suerte abundan.
ResponderBorrar¡Bueno, tampoco tenés que obligarte por cortesía! ;-)
BorrarUna mezcla de Styx con Duran Duran para mí sería también candidato a los pulgares hacia abajo.
The Fixx es diferente.