Este disco lo he
comprado hasta ahora dos veces: en vinilo y en CD. Entre las dos veces deben
haber mediado poco más de diez años. Las dos veces fueron un negocio
espectacular, en términos de precio/beneficio. Lo que pasa es que, aún cuando hubiera que pagar una pequeña fortuna por él, “Armchair theatre”, debut solista de Jeff Lynne, siempre tiene una recompensa
amable para el oído dispuesto.
Fijo un límite
temporal arbitrario: a partir de 1982 estaba tácitamente prohibido reconocerse
públicamente como fan de la Electric Light Orchestra. No significaba un
problema para mí, que en ese momento estaba ocupado con otras músicas, además
de no entender cómo los ingleses en el último minuto nos robaron el partido si
los locutores de Galtieri se habían pasado dos meses diciendo “vamos ganando”.
Pero en la escuela conocí a un tipo (dos cursos por encima) que en un recreo me
contó, que no sólo le encantaba ELO, sino también Journey, una banda cuyos
discos -en Argentina- han sido puntualmente editados tanto como consecuentemente
ignorados. En tren de
confesiones, para aquella época yo también había deportado mis cassettes y
vinilos de ABBA al fondo de la caja y la pila, respectivamente, donde los
guardaba.
Jeff Lynne llamó
mi atención por primera vez cuando en el período 1987-1989, ya liberado del
pesado lastre de la ELO y el compromiso de tener que arreglar siempre una parte
de violín eléctrico/cello (*marca sonora registrada de la banda) para sus
canciones, le puso su sello de productor a un puñado de discos fantásticos:
Todos esos
álbumes fueron -en un acto de justicia- un éxito de críticas y ventas. A la
cola de ellos Lynne editó “Armchair theatre”, que quedó como pegado a las
bateas, a pesar de sus méritos. Tanto fue así, que en el verano de 1991 (con
apenas un año en la calle), me lo llevé a casa por un importe que debe haber
sido menos al de una gaseosa en un bar. Conocía dos canciones: “Lift me up” y
“Every little thing” cuyos vídeos de estética naíf se podían ver seguido en un
espantoso programa musical en las siestas sabatinas de Rosario, en la era
pre-MTV.
Es curioso: mientras
esos vídeos gemelos (*basta verlos para comprobar que la única diferencia
sustancial está en las canciones) son -a la luz de los recursos técnicos
disponibles actualmente- un documento de cándido anacronismo, no sucede lo
mismo con la música. Como si hubiera experimentado una epifanía después del fracasado “Balance of power” (1986), Lynne tiró
por borda cualquier vislumbre de modernismo tecnológico para concentrarse en
reproducir una matriz sonora orgánica y atemporal, en la que -a juzgar por
“Long wave”, su álbum de versiones aparecido hace semanas- sigue encapsulado
hasta el día de hoy.
Lejos del
ascetismo de colegas más jóvenes, también gendarmes de "lo orgánico", como Rick Rubin o Steve Albini, el sonido Lynne está lleno de detalles
elaborados con la meticulosidad de un orfebre. Los materiales son un kiosco de
instrumentos de antaño (OK, usemos la palabreja de rigor: vintage) y un lenguaje musical adquirido en sus años formativos y
madurado durante décadas. Ahí está la impronta beatle, con un olfato (casi)
infalible para encontrar esas melodías que suelen llegar para plantar bandera
en el oído medio y en la memoria. Ahí están las armonías vocales, deudoras de
los Beach Boys. Ahí están las consultas en el cancionero (norte)americano, evocado no sólo a
través de las versiones de “September song” y “Stormy weather”. Ahí están los
toquecitos de psicodelia light. Ahí están los 36’ de manufactura (= “hecho a
mano”) pop que, de tan precisos y placenteros, invitan a ser escuchados una y otra vez.
Hay quienes sostienen -no sin algo de razón- que, cuando Jeff Lynne produce a un artista, le imprime su perspectiva sonora en un nivel demasiado patente. Visto de ese modo es comprensible que esa práctica genere cierta aversión hacia Lynne. Sin embargo -tal vez sea una simple cuestión de gustos- fue justamente el carácter único de ese sonido lo que a mí me llevó -entre otras cosas- a revisar mi indiferencia hacia la música de ELO... ¡y salí ganando!
Mi vinilo de “Armchair theatre” reposó durante varios años en
la casa de mis padres hasta que en 2001 coincidimos con mi amigo José Luis en
una charla muy entusiasta sobre el formidable “Zoom”, el disco con el que Jeff Lynne había reactivado el nombre de su antigua banda
para los viejos fans y los llegados tarde. Como José Luis trabajaba con música
y discos, me pareció lógico que mi ejemplar de “Armchair...” quedara en sus manos. Apenas meses más
tarde, en las bateas de una tienda de electrónica hoy desaparecida y otrora muy
empeñada en alivianar el contenido de sus bateas, encontré la versión en CD (a
esa altura un inhallable) por € 1,50, un precio absolutamente indigno... que no
me impidió abalanzarme sobre el disquito para disfrutar mi suerte. José Luis
falleció unos años después y su familia se deshizo de todas sus pertenencias,
así que mi disco de “Armchair theatre” se ha perdido por ahí (*es más que obvio señalar que ese
detalle no me molesta tanto como la ausencia de mi amigo).
Sobre la curva final de 2012
y después de haber dejado atrás otro largo período sabático, a Jeff Lynne se le ha dado por
hacer ejercicios de nostalgia, publicando un disco con canciones que seguramente sonaban durante su infancia en la radio de su casa paterna y otro en el que ha regrabado
una selección de temas de su banda madre. O sea: piloto automático, de alto
nivel pero absolutamente prescindible. Y ahora que ha tomado envión, también
deja la puerta entreabierta para nuevo material en 2013... Y: una re-edición
aumentada, mejorada y posiblemente poco publicitada de “Armchair theatre”.
Ahora tengo once melodías que, como dice una vieja canción, no puedo sacarme de la cabeza. Hay cosas peores.


Acá tengo una deuda gigante, me debo una escucha de este señor, al que me han recomendado desde The Move en adelante. Sí tengo buenos recuerdos de los Traveling, y del disco de Harrison, pero fui víctima de todos los prejuicios habidos y por haber con respecto a ELO. En casa, ya con audio, escucho estos temas (Recuerdo haber pasado horas y horas libres de laburo, en una empresa por entonces en vias de extinción, jugando al bizarro arcade de Journey. No linkeo nada porque desconozco con qué tipo de bloqueos tenes configurado el blog. Pero con googlear "journey + arcade" se podrá saber de qué se trata)
ResponderBorrarYo he comprobado que con un "grandes éxitos" de la ELO tengo suficiente (*se entiende que un par de temas raros-pero-buenos quedan afuera, pero bueh..).
BorrarPulgares recontra-en alto para los TW y para "Cloud nine", que me ayudó a descubrir que mi Beatle preferido es George.
Capaz que ya conocés la anécdota, pero por las dudas: Cuando los Beatles sobrevivientes encararon la grabación de "Free as a bird" lo hablaron a George Martin, quien declinó el convite, diciendo algo como "muchachos, yo estoy medio viejo y ya no escucho tan bien; ¿por qué no lo llaman a Jeff Lynne". Algo habrá hecho...
Desconocía lo del arcade de Journey, pero encontré en YT un video muy divertido de un flaco jugándolo y comentando. ¡Al final uno de los grupos más mainstream del mainstream resultaron unos visionarios!